Tauromaquia.-Por Alcalino. - Ese " viejo" y "oloroso" Zapata

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Foto de Juan Angel Sainos, colega fotógrafo de Altoromèxico)

Estábamos en que las últimas generaciones toreras de México –por lo pronto, el siglo presente--, aunque abundantes en toreros con cualidades muy apreciables, carecían del filo, el acento, el arrebato que las liberara de las garras de un academicismo técnico propio de los adocenados productos de las escuelas de tauromaquia hispanas en las que casi todos cursaron buena parte de su formación inicial, sin conseguir desprenderse cabalmente de esa marca de fábrica para emprender el vuelo hacia el cielo de las figuras con sello y expresión propios, capaces por lo tanto de generar pasiones, arrastrar partidarios y devolverle a la fiesta su perdido esplendor. Y estando en ésas, he aquí que llega un José Mauricio dispuesto a darle el mentís a tal situación, aparentemente insuperable, y extiende sobre el tapete de Insurgentes una manera propia de entender la lidia, hecha de estética personal y reminiscencias añejas, de toreo de hoy, erguido y diferente, unido a una elegante manera de doblarse y poderles a los toros. Si el capitalino no cuaja aún con la solidez requerida lleva buen camino de hacerlo, y sólo será cuestión de que le den toros y ocasiones para que lo veamos reafirmar su mensaje y consolidar su recia impronta torera.

Y en ésas estábamos cuando llega El Zapata desde su Tlaxcala nativa, olorosa a toro bravo, rico neutle y frutos agridulces, y da en la México un curso completo de lo que es, en la época más repetitiva y monótona del toreo –Talavante y Roca Rey a salvo— la variedad de la lidia, espoleada por la florida imaginación de Uriel Moreno para devolverle a la fiesta el hálito de novedad y sorpresa que tanto se echa de menos, por la afición, sí, pero también por las empresas, que han desbravados –el dichoso post toro de lidia mexicano--. Indeseable realidad que sólo podrá ser revertida mediante el advenimiento de artistas convencidos de que no basta con vestirse de luces para salir a la plaza a hacer, mejor o peor, lo mismo de siempre, y ganaderos y apoderados impregnados de la valentía que se requieren para entender que sin bravura cabal esto durará lo que tarden en llegar al punto muerto unas inercias que ya anuncian, sin que muchos se enteren, el final de siglos de un recorrido espléndido en perspectiva histórica pero fatalmente perecedero.

Nada es casual.
Lo que El Zapata logró delante de “Señorito” y “Gitano” de Pozo Hondo, su desparpajo para andarles, poderles y torearlos sereno y dueño de sí, con esa manera alegre y resuelta de estar en la cara del toro, no puede ser obra de la casualidad. Tampoco se debe a la simple y tenaz suma de años en el oficio. Es algo más. No una mera acumulación de visto cómo las plazas se han ido vaciando como resultado de la perversa combinación de toreros demasiado técnicos y previsibles con astados inexpresivos y experiencias, sino un proceso al que el torero ha sabido aportarle cantidades ingentes de sed de gloria, valor infatigable y esfuerzo imaginativo hasta conseguir posicionarse como un artista con expresión propia y acento inconfundible. Y madurez, claro. Y autoestima. Y la convicción de que las cosas no se logran sin soñarlas, sentirlas, buscarlas, trabajarlas y corregirlas día con día en todos sus detalles.

Hoy podemos decir que Uriel está más cerca de la meta que nunca. Y como tiene un alto sentido de la autocrítica, y como no está dispuesto a dejar de buscar y hacer lo suyo, huyendo de la tentación de copiar pero no de la humildad indispensable para seguir aprendiendo, podemos decir que hay en él un torero de largo aliento, capaz de animar como nadie los dos primeros tercios de la lidia: tiene para lograrlo desde lances de recibo y quites de gran originalidad hasta suertes banderilleras tan creativas y bien ensambladas como ese tres en uno que ofreció el domingo 12, luciendo la alegría de “Gitano” hasta provocar que el público le solicitara espontáneamente que diese la vuelta al ruedo, arrestado de emoción y belleza por uno de los momentos estelares de la temporada.

Muletero poderoso y rotundamente personal, se le echa en cara a Uriel cierta ligereza y alguna que otra manía que resta profundidad a su hacer en el tercio de muerte. Los que hemos visto a El Zapata bordar el toreo mecido y sentido, de pulso suave y mano baja incluso cuando era novillero, sabemos que cualquier día de éstos, a poco que se inspire, dejará sin argumentos a quienes le hacen tales reparos. Bastará con que le den toros con clase, poder y bravura, y con que los publicronistas, casados con los nombres-marca y solapadores de los ases foráneos y las reses descastadas e insípidas que tales figurines acostumbran imponer, le hagan ver al espectador desprejuiciado que hay aquí –en El Zapata, en José Mauricio, en cualquiera de nuestros buenos toreros dispuesto como ellos a romper el cerco de la monotonía imperante con decisión, fantasía y sello propio— artistas capaces de devolverle a la fiesta los valores que ha ido perdiendo en este camino sembrado de cardos que ha tenido que recorrer en el siglo XXI.

Muchas cosas quedan aún por corregir. Pero alegra saber que contamos con lo principal para salir adelante: toreros de verdad y sangre brava suficiente, a la espera de ser aprovechada. Unir ambas cosas y airearlas de tal manera que lleven público a las plazas es tarea inaplazable que a todos nos corresponde cumplir. Cada cual desde su trinchera.

Muchas orejas, poca bravura. Claro que si uno revisa lo que ha ocurrido en la México a lo largo de las primeras doce fechas de la temporada dicha tarea dista de estarse cumpliendo, y no nos alcanza con simples amagos –los dos toreros dichos, algunos bureles de divisas bien identificadas aunque poco solicitadas—, porque una golondrina no hace verano y porque, sin propósitos de enmienda, esa guerra estaría perdida de antemano.

La epidemia de orejitis llegó a la México de la mano del operador en jefe de la empresa anterior, persuadido el hombre, en su burda candidez, de que si forzaba a sus jueces de plaza a asomar el pañuelo blanco a la menor provocación –o incluso sin ella y sobre pedido--, crearía una sensación de auge de la fiesta capaz de hacer que la gente arrebatara los boletos de la corrida siguiente. Hoy todos sabemos que la medida resultó contraproducente, y que antes que atraer ahuyentó al grueso de la verdadera afición metropolitana, que en algún tiempo lejano llegó a ser mayoría en los tendidos de la gran cazuela. Lo asombroso es que sabiéndolo de sobra todo mundo, la falsa receta se mantenga vigente, y que los ocupantes del palco de la autoridad continúen aplicando con entusiasmo los mismos criterios de pueblo para el otorgamiento de
apéndices, no se sabe ya bien si con para halagar a la empresa –muy lerda tendría que ser ésta para dejarse dar coba con semejante patraña— o para colmar de dicha a familiares y amigos de los diestros actuantes, mezclados en los semidesiertos tendidos con los pocos y estoicos tenedores de derecho de apartado que a pesar de los pesares se mantienen firmes en sus puestos.

Así las cosas, apenas cuenta como aliciente que la torería azteca lleve clara ventaja en el recuento de apéndices, sumadas las cuatro orejas conquistadas por Joselito Adame y José Mauricio, cada cual en dos tardes, en tanto El Zapata se alzaba con tres orejas en su única actuación –obligada es su presencia en el cartel del 5 de febrero--, mientras con una por coleta figuran el precozmente alternativado y luego olvidado José María Hermosillo, y sus colegas Juan Pablo Sánchez, Sergio Flores, Fermín Rivera y Jerónimo, que tuvo un toro de dos orejas y se conformó con dibujarle al buen “Barba Azul”, de Pozo Hondo los naturales más hondos y sentidos de la temporada. 16 orejas, que sumadas a la solitaria de Morante de la Puebla en el segundo festejo de la serie totalizan 17, lo que no es gran cosa para doce corridas, considerando que el dispendio de apéndices sólo sirve para devaluarlos. En cambio, no sería justo omitir la calidad de excelentes faenas, malogradas con la espada, de Arturo Saldívar –con “Mezcal Blanco” y “Tequila” de La Estancia--, Octavio García “El Payo” –con “Planeador” de Xajay—y Ginés Marín –con “Ojos Míos” de De la Mora--.

En el capítulo ganadero, hay que mencionar que lograron eludir la deplorable proliferación del post toro de lidia divisas como Reyes Huerta –buen pretexto el viento para alzarles pelo y evitar riesgos por parte de los dos hispanos del quinto cartel--, Jaral de Peñas –ese mismo primero de diciembre--, Barralva, Vistahermosa y Piedras Negras, más algún toro suelto de Xajay, Montecristo y Pozo Hondo.

Y están, desde luego, los indultos de “Gaspar”, de Vistahermosa (Emiliano Gamero) y “Siglo y Medio”, de Piedras Negras (Gerardo Rivera) como los puntos más altos del reparto, si bien lastrados los perdones por la ligereza con que fueron concedidos.
Todo eso es lo que mantiene en vilo, entre la decepción y la esperanza, la actual temporada invernal en la Plaza México. Que ya aborda un tercio final que ojalá incline la balanza hacia el lado bueno. Porque lo estamos necesitando.

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