TAUROMAQUIA. Alcalino.- Sin novilladas no hay futuro

Un tema el de los festejos chicos que pareciera dormir en el arcón del olvido, atentos como estamos a la rabiosa actualidad, y enredados en las incesantes pugnas internas y externas al toreo. Pero a nadie se le oculta que, sin novilleros con posibilidades de crecimiento, seguimiento y maduración, la Fiesta no tiene futuro ni aquí ni en Dinamarca.

El factor económico

Si hemos de hacer caso a los directamente involucrados, la decadencia de los festejos menores guarda relación estrecha con la economía: no es que sean un negocio aventurado, es que su organización, dicen, sólo garantiza pérdidas. De manera que algún atisbo de racionalidad acusaron nuestros taurinos el año pasado al planificar la serie Soñadores de Gloria, que no era sino un modo de reconocer ambas realidades: que la simiente del futuro sólo puede estar en el escalafón novilleril, y que la única manera de hacer menos onerosas las novilladas era compartiendo pérdidas, a cambio de esa pérdida mayor consistente en cerrarse las puertas del porvenir. Y resulta que en términos de prospectos interesantes la cosa no salió mal. Sólo que, como es natural, el crecimiento de muchachos con posibilidades –los Héctor Gutiérrez, José María Hermosillo, Francisco Martínez, Juan Pedro Llaguno…– exige continuidad. Y salvo Aguascalientes y Guadalajara no hay más empresas dispuestas a recoger la estafeta. Total, una reedición de la fábula de la serpiente que acabó mordiéndose la cola.

Mal universal

Evidentemente, no se trata de un problema exclusivamente nacional. Una mirada a lo que sucede en los demás países donde se dan toros no mejora el panorama en absoluto. En España misma, la cifra de novilladas desciende año con año y el relevo generacional está en crisis. Que de repente la disimule un fenómeno de las inusuales dimensiones del peruano Andrés Roca Rey en 2014-15 –o, para el caso, Luis David Adame, la gran revelación de 2016– no desmiente la persistente cuesta abajo.

Y eso que está más que demostrado que América sigue siendo una cantera taurina de primera, con el afianzamiento de valores como Joaquín Galdós, paisano de Roca Rey, o el venezolano Jesús Enrique Colombo. Notorias sus cualidades, loable su esfuerzo, pero el desarrollo de ambos, ya como matadores, sigue en veremos. Que ése es otro problema.

Rigidez contra flexibilidad

No es seguro que las novilladas hayan enfrentado siempre penurias económicas. Y es que primaba una fórmula empresarial, mil veces repetida con éxito, consistente en disponer de unos filtros adecuados para separar la mies del rastrojo y quedarse con lo mejor de la cosecha a fin de darle juego en la parte final y decisiva de cada temporada.

En el concepto mismo de temporada estaba una de las claves, tanto en México (la capital, Guadalajara y Monterrey tradicionalmente, y más tarde Acapulco, Puerto Vallarta, Puebla…) como en España (Madrid y Barcelona, principalmente). Y en cuanto cuajaba algún chico con empuje y personalidad, claro que se ganaba dinero. No se requerían añadas memorables, como la de la dupla Litri-Aparicio en la península o "Los Tres Mosqueteros" en México, para reventar la taquilla. Bastaba un buen cartel novilleril –bien filtrado y bien armado– para llenar cualquier plaza. ¿Cuestión de publicidad atinada, de avidez natural del verdadero aficionado, de modos de gestionar la fiesta más inteligentes e imaginativos… ?

El tema es que el público se ha alejado de las plazas de toros y, como el hilo se rompe por lo delgado, las novilladas pagaron el pato. Las empresas se limitan a constarlo y quejarse, en vez de tomar al toro por los cuernos y dejar volar la creatividad con audacia y valentía, cualidades toreras donde las haya que, para nuestro mal, tienden a desvanecerse bajo el manto perverso de la globalización. Que, entre otras cosas, lo ha encarecido y enrarecido todo, incluidos los costos de manutención y puesta a punto del ganado y de organización de los festejos. Al tiempo que en la sociedad se ahondan las desigualdades económicas, alejando la Fiesta del alcance de los bolsillos del aficionado de toda la vida. Y en lugar de ideas frescas para rescatar y renovar afición, vengan más y más aumentos al precio del boletaje. Las plazas vacías tienen todas las trazas de una profecía autocumplida.

El remolino ya se tragó, entre otras cosas, la antigua y exitosa receta de las temporadas largas, los públicos y las empresas pacientes, los ganaderos que protegían y patrocinaban novilleros prometedores, y el hallazgo y pulimento de diamantes en bruto en el interés central de las empresas. Todo eso que daba presencia y continuidad generacional al toreo.

Los problemas como retos asumidos

El escueto análisis de cómo se manejaba la Fiesta en sus mejores tiempos y cómo se lleva actualmente no significa que antaño dejaran de producirse etapas de franca sequía de nuevos valores, de desencanto y alejamiento de los públicos o de problemas administrativos más o menos graves. El historial de nuestras temporadas chicas permite detectar casos como los siguientes.

El Toreo, 1938

Desvanecidos los ecos de un invierno histórico –fue en 1937-38 cuando Domingo Dominguín padre trajo a México cuatro o cinco corridas españolas, y Fermín Espinosa "Armillita", Lorenzo Garza, Alberto Balderas, Jesús Solórzano y Luis Castro "El Soldado" se afianzaron como figurones–, la temporada chica se hacía esperar más de la cuenta. ¿Razones? Poco a poco, los socios de la empresa veraniega –tan eran rentables las novilladas que había empresarios especializados en ellas– al fin la inauguraron el 1 de mayo (El Vizcaíno, Julián Pastor y El Ahijado del Matadero en el cartel); hubo luego un extraño parón de varias semanas –primera vez que ocurría–, se dio festejo el domingo 22 y se cerró nuevamente la plaza.

¿Qué estaba sucediendo? Ante el clamor público por conocer las razones, la gerencia –Jorge Álvarez– salió a informar lo siguiente: las novilladas se habían hecho incosteables, el aumento de cada uno de los insumos requeridos para su realización se disparó brutalmente, de modo que el precio del ganado subió a 1000 pesos por encierro (250 hasta el año anterior), el impuesto pasó del 5% al 17.5%, los novilleros punteros exigían sueldos de mil 500 pesos (en vez de 500, que era el máximo acostumbrado), los subalternos sindicalizados solicitaron se les doblara el salario (de 30 a 60 pesos) y hasta la publicidad incrementó sus costos de 28 centavos línea ágata a 40. El desastre programado.

Parece ser que ese anuncio, y desde luego la pericia negociadora de la empresa, consiguió reducir exigencias y, a partir del 24 de julio, la temporada se reanudó. Y aunque quedara como una de las más cortas de cuantas se desarrollaron en El Toreo de La Condesa –terminó el 27 de noviembre con el festejo número 20– el público pudo disfrutar con las proezas de novilleros como Silverio Pérez, Carlos Arruza, Eduardo Solórzano, Alfonso Ramírez "Calesero" –que ganó la Oreja de Plata bordando a "Jardinero" de San Mateo, faena célebre– y hasta el maestro David Liceaga, que renunció a la alternativa para recuperarla de inmediato.

Plaza México

En mitad de la temporada chica de 1950, la Unión Mexicana de Picadores y Banderilleros le exigió al empresario Alfonso Gaona sustancioso aumento al sueldo a las cuadrillas. Y el sagaz optometrista optó por suspender los festejos para, al trabarse la pugna, darse a recolectar aquí y allá esquiroles que suplieran a los subalternos de la Unión. El cierre del coso abarcó del 20 de abril al 16 de julio, y la jugada le salió a pedir de boca: alcanzó a organizar 30 novilladas, y llenó el aforo cuantas veces anunció a Jorge "El Ranchero" Aguilar y Humberto Moro, que se ganaron a ley la alternativa.

Cuando, en 1957, las desavenencias entre empresa y propiedad del coso determinaron un nuevo cierre que duraría año y medio, la reapertura fue con una serie novilleril de ¡38 festejos!, que si bien no produjo figuras –Emilio Rodríguez y Jesús Delgadillo "Estudiante" fueron los triunfadores–, le llenó la plaza y la bolsa a El Vizcaíno, empresario emergente.

El último receso, seguido de una temporada de novilladas que constituyó un enorme éxito de público, ocurrió cuando Alfonso Gaona tiró el arpa en abril de 1988 y la plaza tuvo que ser rescatada por el gobierno capitalino a mediados del año siguiente. La temporada chica se inició el 4 de junio de 1989, los jueves nocturnos se daban con los numerados a tope y la suma fue de 28 festejos chicos, con Alfredo Lomelí y Enrique Garza como triunfadores y candidatos al doctorado, aunque ninguno de los dos alcanzara después a descollar.

Hay salidas

Claro que las hay. A condición de que se asuma con seriedad el problema, se analicen presente y pasado de la fiesta y se busquen soluciones que abreven de las mejores enseñanzas de la historia y sepan burlar y superar creativamente las acechanzas de hoy. Será indispensable la participación decidida de los diversos actores y factores de la fiesta, habrá que huir de la repetición servil de fórmulas fracasadas –los carteles prefabricados en primer término– y gastar dinero en promover la cultura taurina y en publicidad innovadora. La duda es lo que puedan dar de sí los taurinos actuales.

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