Tauromaquia. Alcalino-.. Silverio y Armillita

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. El buen aficionado guarda en su archivo mental buen número de faenas --a veces esparcidas en una tarde o una temporada particularmente felices—a las que recurre como el elíxir más poderoso para endulzar los recuerdos y nutrir su amor por la fiesta. Y en los dilatados anales de la tauromaquia, las gestas, hazañas y efemérides son innumerables, contrariando el desencanto que nos dejan la mayoría de los festejos, porque la conjunción de factores favorables en una tarde de toros es de tal manera compleja que lo anodino se suele imponer abrumadoramente a lo memorable. Pero hay ciertos acontecimientos, pocos, lindantes con lo sagrado. Tardes en que el que no estuvo allí llega a jurarse testigo presencial, y el que aún no nacía daría algo por haberlo vivido. Porque las impregnó una sustancia astral, mágica, misteriosa. Y su esplendor no cesa nunca.

Una de tales jornadas, capaces de remontar el vuelo y dejar muy atrás los habituales adjetivos hiperbólicos, fue esta del domingo 31 de enero de 1943 en que se presentó en El Toreo la ganadería de Pastejé –pura sangre de Murube—y tomó la alternativa Antonio Velázquez. Los otros dos nombres del cartel –su padrino Fermín Espinosa “Armillita” y el Faraón de Texcoco Silverio Pérez--, contaban ya con exuberantes biografías toreras, pero al final del día se antojarían meros prólogos de sus faenas inmortales a “Clarinero” y “Tanguito”, cuarto y quinto de una tarde que había empezado por celebrar la enrazada codicia del abreplaza “Andaluz”, homenajeado luego por el premio al toro más bravo de la memorable temporada 1942-43, que fue abundante en jornadas triunfales.

Escarpado ascenso. La primera sorpresa fue ver a Silverio vistiendo un terno de pasamanería --blanco y negro—, con Antonio al centro y Fermín a su izquierda. Velázquez, anteriormente banderillero de El Soldado, se ganó el doctorado como triunfador de la temporada chica de 1942, credenciales que “Andaluz” puso en entredicho porque en ningún momento pudo con él el catecúmeno. Como tampoco logró sobresalir con el sexto, su actuación apenas serviría como discreto telón de fondo de una tarde histórica.

Fermín el grande. La temporada anterior había sido de las menos lucidas de Armilla –solamente cortó un rabo-- y andaba con ánimo de revancha. Lidió con suficiencia magistral al segundo del encierro, nada fácil, y se encontró con que “Clarinero” volvía grupas al primer caballo, aunque apretó en los dos puyazos siguientes sin revelar otra cosa que cierta aspereza. No banderilleó el de Saltillo pero, cambiado el tercio, desafió a “Clarinero” con la muleta plegada y, sin más preámbulo, empezó por naturales a pie firme su faena, la suerte cargada sobre la pierna de la salida, con valor sereno y un mando ejemplar, tal cual precisaba el animal entero y alerta que tenía delante. Sometido desde el principio, el de Pastejé fue a más y la faena a mucho más, apoyada básicamente en el poderío y el temple de la mano zurda de Armilla que, dueño del toro y de la escena, adornó con luminoso afarolado otra serie izquierdista, solos en los medios toro y torero, sacudida de admiración y asombro la multitud y sembrada de sombreros la arena.
Con dos tercios de estoque dentro, “Clarinero” –la boca apretada, correoso hasta el final-- se resistía a doblar, por lo que Fermín requirió el verduguillo, acertando al tercer golpe. Motivo suficiente para que el premio se redujera a una oreja, que el maestro paseó gozosamente en las tres vueltas al ruedo que le obligaron a dar.

Lo nunca visto. Favorecido por un gran lote, Silverio Pérez había bordado el toreo con el paliabierto y codicioso “Bullanguero”, privándolo de trofeos su deficiente acero, aunque no de la vuelta triunfal. Mas todo eso quedó en el olvido cuando el de Texcoco se enfrentó al quinto de la tarde. En respuesta a la apoteosis armillista tuvo una especie de rapto genial, precedido por la espectacular voltereta que dio “Tanguito” al clavar los pitones en la arena apenas en el segundo lance de capa esbozado por Silverio. El incidente abrió un breve paréntesis que se iba a resolver, memorablemente, en el tercio de muerte.

Porque Silverio no es que dibujara su toreo de siempre –de lentitud irreal y sentimiento profundísimo--. Es que lo sublimó hasta límites insoportables. Con el tendido aullante, la gente saltando, “Tanguito” obedeciendo ciegamente aquel trapo escarlata que se deslizaba por la arena con increíble lentitud y como en trance el artista, perdido en la inmensidad de su obra. Cuando la multitud volvió en sí el hombre había despertado del éxtasis y recorría el anillo demudado, mostrando una sonrisa franca pero distante; lo acompañaban sus alternantes y don Eduardo Iturbide, el jubiloso ganadero de Pastejé.

Crónica del “Tío Carlos”. Así firmaba Carlos Septién García y así lo describió: “Cuando Armillita tomó la muleta en la mano izquierda y el estoque en la derecha y caminó con naturalidad por el tercio hacia el cuarto toro de la tarde para ligar seis pases con la izquierda sin el menor tanteo, aguantando la embestida del fuerte Pastejé y empapándolo en su sabia muleta vigorosa, parecía que Fermín había salido no del burladero de matadores, sino de alguna de las rancias páginas del clásico tratado taurino de Sánchez de Neira. Para ese momento sólo Armilla sabía que podía torear así a un enemigo que no había permitido escarceos ni en el toreo de capa ni en los quites, y que había peleado duro con los caballos después de una desorientadora vuelta de grupas en el primer cite… La faena continuó, armoniosa, perfecta, justa. Toreo con la derecha en redondo de precisión asombrosa. Nueva serie de naturales espléndidos, rematados ahora con un afarolado a lo Gallo. Pases de latiguillo que parecían atar con rojo cordel imperioso al pastejeño. Y todo ello en un ruedo en el que, aparte el toro y el torero, no había otra cosa que un tajo de sol, gozoso y triunfante… Cien años de torera experiencia habían acompañado al maestro en su obra: perfección, mando , pureza. Con la serena majestad de su faena, Fermín Espinosa –el de la clásica paternidad de una escuela de la que ha brotado Silverio—dejó escrita una nueva página dórica para la historia del toreo.

“Hijo místico”. El toreo de Silverio Pérez al quinto toro se cumplió real y verdaderamente en el terreno de la fantasía. Allí donde nada tienen que hacer las leyes físicas; donde todo es libertad radiante de creación y desarrollo… Sólo en esa región puede explicarse… Porque lo que conocíamos hasta el 31 de enero de 1943 –lo que Fermín nos acababa de mostrar espléndidamente—es algo que podría llamarse un arte sujeto a normas de técnica, hecho de larga experiencia dolorosa, desarrollado entre los límites del toro, la proporción y la medida. Y lo que se nos reveló este domingo imborrable fue la posibilidad imposible de un toreo místico en el sentido de arte que se desliga de sus leyes por la superación arrebatante del éxtasis… Así toreo Silverio Pérez. Trastornando las actuales dimensiones del toreo. Acortando hasta el último límite las distancias entre toro y torero. Ensanchando hasta lo increíble en uno y otro sentido el espacio en que el toro podía ir prendido a la muleta. Haciendo por tanto un toreo diferente en temple y en terreno, en el tiempo y el espacio… Con este Silverio Pérez, producto de un pueblo al que se le han negado y obstruido todos los caminos de lo heroico excepto el del toreo, se inicia la época del toreo como fantasía. Y la escuela mexicana paga con creces su deuda al toreo universal entregándole el mensaje de este indio de Texcoco largo, huesudo, desangelado y genial.” (Crónicas de toros. Edit. Jus. México, 1948. pp 58-61) .

El comentario de “Ojo”. Alfonso de Icaza “Ojo” dedicó estas líneas al festejo en su columna de El Redondel. “El domingo, Armillita hizo gala de una ciencia infinita, en tanto que Silverio Pérez toreó con un arte nunca visto… además, tuvimos el elemento básico, el toro, ya que la ganadería debutante de Pastejé envió una corrida brava, alegre, encastada, magnífica… El cuarto mostró, de primeras, cierta mansedumbre. Luego fue a más, qué duda cabe, pero así y todo, sólo Armillita descubrió en él condiciones propicias que nadie adivinábamos… Con la muleta en la mano izquierda, cara a cara, inició el Maestro su trasteo, fueron seis pases naturales ceñidos, pletóricos de aguante y mando… sufrió un conato de achuchón del que salió con la ropa tinta en sangre. En ese momento, cualquiera que no fuera Armilla habría cambiado de procedimientos, pero Fermín Espinosa siguió toreando al natural a la mínima distancia ¡Una docena de pases naturales a un toro de tamaño empuje!... Vinieron después los adornos, los alardes de dominio, los recursos de torero largo. Y la estocada, seguida del descabello… Armillita permanece en su trono, sostenido por la verdad de su temporada.

El arte es esencialmente emotivo. Por eso, veinticinco mil corazones latieron al unísono durante el tiempo que duró la faena de Silverio Pérez al quinto toro. Silverio dio en esa faena los mejores pases que hemos visto en nuestra larga vida de aficionados… asombrosos, increíbles, únicos... ¡Salve, Silverio, el último de los grandes perfeccionadores del toreo!” (El Redondel. 7 de octubre de 1943).

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