TAUROMAQUIA. Alcalino.- Normalidades, guadalupanismo y coloniaje

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Decíamos hace poco que la Fiesta es por tradición un reservorio de sorpresas siempre bienvenidas. Pero como no hay ying sin su yang, los hechos excepcionales, precisamente por serlo, adquieren importancia y relieve porque refulgen sobre el fondo gris de lo vulgar y cotidiano. Y conste que la palabra “vulgar” simplemente significa perteneciente o afín al vulgo, y en principio carece de toda connotación peyorativa: se limita a nombrar lo común y corriente, aquello que el uso ha convertido en normal. Sólo que hay normalidades aceptables y hasta plausibles, y normalidades lesivas, tóxicas, viciadas. Las primeras son inevitables aun en períodos de máximo esplendor, pero si aparecen las del segundo tipo, cuidado, pues su reiteración corresponde a etapas de franca decadencia.

En la fiesta de toros, un síntoma infalible de si la normalidad de cada época es o no aceptable lo marca el público, el vulgo mismo, con su interés o su rechazo ante lo que ve en el ruedo. Un vistazo a los tendidos de la Plaza México en cualquier festejo normal de “temporada grande” obviaría cualquier explicación al respecto.

l ying y el yang. La presente temporada ha traído consigo una obra excepcional, la del portugués Diego Ventura, y dos sobresalientes, a cargo de Antonio Ferrera y Andrés Roca Rey. Y, aunque a cuentagotas, algunos momentos felices, faenas como las de Nacho Garibay en su despedida, Andy Cartagena a caballo, Arturo Macías, Sergio Flores y Leo Valadez muleta en mano; detalles de sabor y solera en Jerónimo, de enterezas toreras a contracorriente en Joselito y Luis David Adame… y a todo esto, un desasosegante fondo de mansedumbre del que ni siquiera Xajay consiguió librarse: es el estigma, ya enteramente normalizado y aceptado-rechazado por la gente –no por los taurinos, que prefieren mirar para otro lado—que porta el post toro de lidia mexicano en su falta de casta, poder e integridad. Y hasta de presencia. Que tan indeseable

espécimen aún no predomina del todo lo demuestra el comportamiento de ejemplares como los de Enrique Fraga –inolvidable “Fantasma”—y José María Arturo Huerta. Dos ganaderías que no figuran en la agenda de los mandones, otro signo más de decadencia.

Ocasión perdida. El colmo fue lo ocurrido en la llamada corrida guadalupana. En principio, pareció acertado aprovechar la fecha, luego del buen sabor que dejara el festejo extraordinario de un año atrás, cuya recaudación se destinó, mal que bien, a los damnificados por los sismos de septiembre y a la reconstrucción del patrimonio dañado. En los hechos, el lobo de una normalidad ominosa asomó las orejas cuando en los carteles se anunciaron “toros por designar”, coartada poco digna que confirma la nula importancia que los taurinos nacionales le prestan al elemento central de la fiesta, y su sumisión colonialista a los ases foráneos que en el presente siglo pasaron a mangonear a su capricho la fiesta en México. Como quiera, la entrada se hizo. Para mayúscula decepción de los ocupantes de esa media plaza sobrada que, en los tiempos que corren, constituye poco menos que un entradón.

Como era de esperar, todo lo malo se derivó de ese temido “toros por designar” que acabaría marcando la tarde con las irritantes desigualdades en juego y trapío del ganado, procedente de ocho hierros distintos. Nada nuevo, pura vulgaridad nociva. A Morante, que designó un choto de Teófilo Gómez –hubo que devolverlo por insignificante—acabaron tomándolo a choteo. Joselito Adame, a quien más o menos le embistió el torillo de Santa Bárbara –lo conseguido con las telas lo malogró su espada—se encontró de nuevo con el ceño fruncido de la “afición”, mayoritariamente formada por esnobs de ocasión en sombra y gritones destemplados en sol. Sergio Flores, con dos post completamente inanes, confirmó su buena disposición de costumbre y una preocupante falta de sello propio. Quedaba la esperanza en Roca Rey, frustrada por la nulidad astada que echó por delante, y forzado a jugarse el todo por el todo con el cierraplaza, con la tarde metida en la congeladora y el ambiente dado a todos los diablos.
Otra historia. Pero el peruano apostó y ganó. Imposible permanecer indiferentes al inverosímil ceñimiento de sus gaoneras, el escalofriante inicio de faena citando de hinojos en los medios para cambiar dos veces el viaje por detrás, su modo de jalar de la embestida del de Jaral de Peñas para ligarle limpias tandas en redondo, la fuerza emocional de las bernadinas finales o la absoluta verdad que puso al volcarse a volapié sobre el morrillo de “Diácono”. Un torero para otra época, vaya. Y dos orejas que vistas con lupa podrán discutirse, pero vividas y sentidas en la plaza no admiten pero. Sólo que la aclamada salida en hombros del limeño no redime la triste normalidad de semejante tardecita.

Joaquín Galdós. Positivo interés, y una normalidad de mejor signo, tuvo este año la feria del Señor de los Milagros en Acho, el viejo coso limeño. La novedad no es que Andrés Roca Rey haya vuelto a hacer chuza de orejas –viene sucediendo desde que, en 2015, se presentó en su tierra como matador--, sino que el escapulario destinado al triunfador se lo llevara otro peruano, Joaquín Galdós, de estilo enteramente distinto al de su arrollador paisano pero no inferiores entrega y torería. La tarde decisiva de Galdós fue la última de un ciclo en el que muchos toros embistieron; Morante saldó una tarde negra, es verdad que con los dos que no tenían un pase; mejor anduvo Manzanares, pulcro, sin exponer de más en momento alguno pero cobrando un apéndice de su segundo; lo cual supuso un revulsivo para el entregado diestro del país, que dejó casi sin picar a los suyos para asegurar la emotividad de sus cites desde largo, aguantando, mandando y ligando el toreo en redondo y acortando distancias conforme avanzaban las faenas, premiada la primera con una oreja y con dos la del bravo cierraplaza, toros españoles ambos de procedencia Fraile (Peña de Francia y Puerto de San Lorenzo respectivamente).

Galdós ha toreado este año 31 corridas, 19 en España --sin pisar más plaza de primera que Las Ventas--, 8 en Perú, 3 en Francia y una en México (Zacatecas). Nótese que actuó en cosos hispanos, aunque fueran de tercera, más que cualquier mexicano; y en su tierra, ni hablar. Por cierto, aunque la feria limeña la coorganiza Casa Toreros, este año no llevó a ningún “azteca”, siendo que entre 2015 y 2017 figuró y triunfó en ella Joselito Adame.

Como en tiempos de la colonia. Aunque al estrenarse la feria del Señor de los Milagros (1946) el triunfador absoluto y ganador del Escapulario por decisión unánime fue Luis Procuna, el predominio de nombres españoles ha sido históricamente abrumador. Como que la Sudamérica taurina –es decir, Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador--, fue siempre coto particular de la torería ibérica merced a la influencia, cuando no intervención directa, de sus principales casas empresariales. Tan a sus anchas en Lima como en Sevilla, en Cali como en Málaga o en Quito como en Albacete, el cómodo coloniaje ibérico –la pintoresca frase “hacer la América” se desprende de ahí—sólo encontró relativa oposición cuando, obligados a depender de ganado mexicano en las décadas del 60 y el 70 del siglo pasado, nuestros criadores de toros de lidia les impusieron el llamado séptimo cajón, que no significaba mandar un bicho de reserva, como equivocadamente se cree, sido la obligación de incluir en los carteles sudamericanos a, por lo menos, un matador nacido en México. Gracias a esa cláusula, derivada de la prohibición oficial de importar reses iberas por razones sanitarias, pudieron darse a conocer por aquellas tierras Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Mariano Ramos, Curro Rivera y demás coetáneos. Y puesto que triunfaban con asiduidad, llegaron a comprometer seriamente la hegemonía de los españoles… mientras duró la veda al ganado peninsular. Porque una vez levantada, los criadores locales se dieron a importar sementales del campo bravo hispano y con el tiempo llegaron a ser autosuficientes, con lo que su dependencia de reses mexicanas llegó a su fin. Y con ella la molesta intromisión que representaban nuestros coletas, no para los públicos de las repúblicas hermanas, que siempre les tuvieron aprecio, sino para los tutores del anacrónico colonialismo, que a partir de entonces pudo reanudarse sin tropiezos.

Vendría luego otra clase de intromisión bastante peor, la de gobiernos “progresistas” en abierta ofensiva contra las corridas de toros. Mas Perú está por ahora a salvo. Y no gracias a sus políticos, capaces, como todos, de cualquier barbaridad, sino porque cuenta con una primera figura mundial en Roca Rey y con un valor en alza como Joaquín Galdós, siendo que, extrañamente, nunca antes hubo espadas peruanos de verdadero tronío. Situación extraña pero no inexplicable, pues la historia dice que no hay amo colonial que permita el florecimiento de talentos locales. Mas como en toda regla caben excepciones, la excepcionalidad de Andrés Roca Rey abrió ese boquete por el que se ha infiltrado también Joaquín Galdós. Mientras nosotros seguimos en espera de ese torero excepcional que nos redima. Y que en México tanto abundó en tiempos pasados.

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