TAUROMAQUIA. Alcalino.- Ilusiones y desilusiones

Mensaje de error

Deprecated function: The each() function is deprecated. This message will be suppressed on further calls en _menu_load_objects() (línea 579 de /var/www/html/sitetendidoWork/includes/menu.inc).

Es inevitable. Como cada año, a partir del cambio de estación, al taurófilo mexicano empieza a alborotársele la ilusión. Llega octubre y la temporada de corridas se precipita como agua de mayo, la afición se despereza, la cartelería empieza a moverse, los toreros que hicieron campaña europea enfilan rumbo a América y el aroma de los habanos se presiente. En Tlaxcala, la México, Guadalajara, Aguascalientes, Morelia, Mérida se afinan clarines y timbales, la gloria celestial en versión terrena.

Pero… ¿no será, más bien, la neoversión de la versión? Porque la fiesta se inició y las esperanzas de un vuelco, de un cambio redentor, empezaron a desvanecerse. Por toriles hemos visto salir no a SM El Toro, sino al tan temido post toro de lidia mexicano –temido, no temible—. La imaginación comienza a dar paso a la realidad. Claro que ésta no tiene que ser necesariamente adversa, siempre hay excepciones. Y mejor atenernos a ellas si queremos llegar frescos y lozanos al nuevo año, a salvo la bendita afición.

Tlaxcala por Todos Santos. La tierra de Xicoténcatl, caudillo legendario, lo es también de más ganaderías de bravo que ninguna otra en el país. Si hace décadas su feria capitalina se urdía a base de corridas-concurso, con premios en metálico para los criadores de los tres mejores toros del ciclo, esta vez habría sido un problema discernir unos premios semejantes. Por principio, las divisas anunciadas ni siquiera son ya tlaxcaltecas. Sí lo eran varios de los matadores y, sobre todo, los seis novilleros que cubrieron el tercer cartel –domingo 3--, sobresaliendo Miguel Rocha “El Rifao” (oreja) y Alejandro Lima “El Mojito” (dos) ante dos novillos excelentes de Coyotepec.

Seis orejas forzaditas. A dos apéndices por coleta, Gerardo Rivera y Leo Valadés estuvieron todo lo bien que cabría esperar ante los lotes más asequibles de la segunda y tercera corridas (Vista Hermosa y Mimiahuápam respectivamente). Lo que no significa que no tuvieran que poner de su parte para justificar sendas salidas en hombros. El apizaquense Gerardo, a oreja por burel, ratificó, con su valor y reciedumbre muleteril, el buen sabor que ha venido dejando a lo largo del año. Y el hidrocálido Leo consiguió las faenas más redondas del ciclo obligando a repetir a dos bichos de Mimiahuápam muy bien presentados y suavotes pero ayunos de clase, aunque los apéndices del sexto del sábado 9 los pusiera en suspenso el bajonazo con que epilogó su magnífica faena, luego de perder al menos otra oreja por pinchar al primero de su lote.

José Mauricio redondeó un año magnífico en tierras tlaxcaltecas —triunfador absoluto en Huamantla y torerísimo en Apizaco en el curso del verano--. Esta vez, ante ganado insulso de Gómez Valle, se alzó con la única oreja en la noche inaugural, día 1 de noviembre. Y el 9, El Zapata confirmó su espléndida madurez, que si se tradujo en un apéndice discutido por el tendido se debió a las pésimas condiciones del lote mimiahuapense que en mala hora le correspondió. Su par al violín, en tablas, al cuarto de la tarde, fue de los momentos estelares del ciclo. Otro tlaxcalteca, José Luis Angelino, se abrió paso a puro torerismo a una vuelta al ruedo tras despachar al tercero de un flojo encierro de La Estancia, el día 2.

Poco pudieron aportar los dos espadas y el rejoneador españoles anunciados. Guillermo Hermoso pasó de puntitas el 2, y Finito de Córdoba había inaugurado la feria pasándose lo más lejecitos posible del terno de un fúnebre cerrado que vistió a sendos bureles de Gómez Valle sin malicia, emoción ni casta. Dio una vuelta por su cuenta, en tanto el sevillano Manuel Escribano, tras exprimir sendas jícamas cárdenas de Mimiahuápam, conseguía que los aplausos lo llamaran al tercio.

La México, sin cambios. En teoría, la temporada grande en la Monumental México es la más importante del país. Pero hete aquí que, tras convocar a algo menos de medio aforo la tarde inaugural, las entradas, como de costumbre, están evolucionado de menos a mucho menos, el llenazo provocado por la presencia de Roger Federer el sábado por la noche como afrentoso contraste. Imperturbable, la organización reincidió en el anunció anticipado de los doce primeros carteles, lo que, unido al elevado precio del boletaje, obliga a la gente a elegir las dos o tres combinaciones más de su gusto, olvidándose del resto. Encontraron, se diría, la fórmula perfecta para torpedear su propio negocio. Y tampoco se entiende la contumaz complacencia con las exigencias de las figuras hispanas, que cobran, ponen y quitan a su antojo, reservándose para sí los hierros más insulsos e inofensivos –apogeo del post toro de lidia mexicano--, a ciencia y paciencia de todo mundo.

Larga duración y goteo orejil. Para redondear la espantada de los aficionados, se insiste en prolongar las corridas más allá de cuatro horas, aberración bien asegurada con los carteles de ocho toros tan de moda. Para colmo, la tarde-noche inaugural salieron a la arena nueve bureles, el último por cortesía de Diego Ventura, que consiguió cortarle un apéndice luego de sortear con agilidad un arreón de última hora del sanisidrense “Tábano”, ya herido de muerte. El centauro portugués había estado más que bien tanto con el primero –lo pinchó—como con el del trofeo. Y la primera oreja de la temporada se la cortó José María Hermosillo al toro de su alternativa --“De todo Corazón” le puso cursimente el ganadero--; otro detalle difícil de explicar éste de convertir en matador de toros a un joven con apenas dos novilladas toreadas en el año, pero el caso es que el hidrocálido estuvo muy firme y templado con un animal desganado y docilón, todo menos bravo. Y aun así el más asequible del encierro de Julián Handam, que imposibilitó el lucimiento del padrino Antonio Ferrera y el testigo Leo Valadés, entregadísimo éste.

Aunque con menos gente en las gradas, Morante movió algo la taquilla el domingo 18, segunda de la temporada. Su pecado fue imponer la consabida mansada de Bernaldo de Quirós y su relativo acierto la cariciosa faena al berrendo en cárdeno “Aguanieve”, cuyas pajunas embestidas aprovechó para ligar tres tandas derechistas de asolerado aroma, suficientes para cobrar la oreja del bicho. Otra le había cortado a su primero Joselito Adame, superando la contradicción de enfrentarse un torero esencialmente poderoso con reses ayunas de casta y expresión. En cambio Calita, sin tomar en cuenta tan desabrido material astado, se abonó a las faenas interminables y el pegapasismo inclemente, castigado por el dio Tauro con cuatro avisos y un toro vivo. Le costará trabajo deshacerse de tan cruel baldón, al contrario de Ginés Marín, que en su última comparecencia en la México sufrió idéntico descalabro y ayer reapareció como si nada, y cobrando, a plaza vacía, seguramente bastante más que sus mexicanos alternantes.

En la tercera del ciclo –pobrísima la entrada-- no hubo corte de apéndices porque Arturo Saldívar se cansó de pinchar a sus dos ejemplares de La Estancia –los únicos embestidores de otro encierro-basura--, luego de sendas faenas de excelente trazo aunque rápidas a ratos. El juez se sacó de la manga el arrastre lento del alegre segundo, “Mezcal Blanco” de nombre, en tanto Perera y Gerardo Adame se estrellaban en una auténtica moruchada.

Guadalajara al quite. Como calidad no es cantidad, el Nuevo Progreso da menos festejos que la capital pero mantiene esa seriedad que la México hace tiempo decidió echar por la borda. En las dos primeras corridas hubo toros de verdad y los tapatíos, que lo sabían, respondieron en la taquilla, manteniendo además su talante de razonable exigencia.

Esa buena afición vio cómo Diego Ventura –que, como en México, regaló un burel de San Isidro—cambiaba dos orejas por una fractura de codo al ser alcanzado por el de obsequio y dar por tierra jinete y cabalgadura. Los de a pie, en cambio, tuvieron que pechar con un hato mansurrón de La Estancia --mejor presentados que los del 23 en Insurgentes, eso sí--, que apenas les permitió dejar apuntes aislados a Luis David y Leo Valadés, que se esforzaron e insistieron en vano.

Gran corrida de Jaral de Peñas. Y gran tarde de Ferrera el domingo 23. El extremeño se llevó un lote de rechupete y sumó tres orejas –dos y una, cortada ésta en pleno diluvio--, apelando a la astuta fórmula de un toreo de capa de escuela mexicana antigua, y, muleta en mano, a una histrionía marca El Pana para aderezar remates y salidas de la cara del toro. Con esas armas fundamentales armó la gorda y conquistó a la primera afición de América. No queriendo ser menos, un Joselito Adame poderoso y entregado desorejó al encastado quinto, y Andrés Roca Rey, sin teatro, a puro aguante, buen pulso y casta torera, redondeó faena de oreja al tercero, antes de topar con un cierraplaza que fue el garbanzo negro del excelente encierro de los señores Barroso.

Categoria: