TAUROMAQUIA. Alcalino.- Historia de un cartel

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La corrida del 21 de junio de 1917 en la plaza madrileña de la Carretera de Aragón, organizada a beneficio del Montepío de Toreros, ha pasado a la historia como la de “los dos solos”, en alusión a la pugna sostenida por Rodolfo Gaona y Joselito El Gallo. Reunía el cartel a la terna cumbre del momento, un mexicano y dos sevillanos, los tres figuras consagradas pese a no contar Gaona con la misma buena prensa de los otros dos. El encierro --tres toros de Gregorio Campos y tres de Concha y Sierra--, no era grande pero estaba en tipo; si acaso desmerecía un conchaysierra que provocó alguna discusión entre los veterinarios antes de ser aceptado: se llamaba “Barbero” y, tras el sorteo, la gente de Belmonte lo destinó a cerrar plaza. Estaba Juan lo que en la jerga se denomina atorado, nunca había toreado tan seguido como en ese año 17 y acusaba cierta fatiga, más mental que física, que repercutió negativamente en sus últimas actuaciones. José, exultante, era el amo indiscutible del tinglado, y Gaona, luego de sortear los velados vetos gallistas de 1915, había tenido un gran año 16 y se mostraba en plena forma.
Pese a ser jueves los tendidos estaban a reventar: no era para menos.

La voz de la crítica. Para Gregorio Corrochano, erigido en el revistero más influyente desde su tribuna en ABC, los únicos toros que ofrecieron facilidades fueron el primero y el último, ambos de Concha y Sierra. Como incondicional que era de Joselito, mantenía por esos días una campaña tenaz contra Gaona. Y escribía, sin ruborizarse, cosas como ésta: “Gaona, con esa falta de tino y medida que tiene para sus faenas de muleta… no sacó ningún partido de ese primer toro, que a todo se prestaba… Un pase, otro, otro… no torea para el toro, torea para sí… La faena pecó de sosa, de lánguida, de monótona. Con lo bonito que es torear poco, preciso, justo, ni un pase más ni uno menos. Un pinchazo que no me gustó y media estocada. Al público le gustó y le hizo dar la vuelta al ruedo”. (ABC, 22 de junio de 1917, p. 11). ¿Se puede deducir algo de semejante reseña? Yo lo único que percibo es inquina. Más la indelicadeza de insinuar blandura en el siempre duro público de Madrid, puesto que se atrevió a premiar la faena ayuna de méritos que de tan mala gana describió. Y eso que, si no llega a pinchar, seguramente se habría pedido para el mexicano la oreja del de Concha y Sierra.

Continuó la corrida sin grandes cosas que relatar. El segundo, chico pero difícil, también de Concha y Sierra –sigo el texto de Corrochano—no permitió sino una gran par de Ignacio Sánchez Mejías, a la sazón peón de Joselito; el de Gelves se lo quitó de delante tras unos cuantos muletazos “de maestro”. El tercero, de Campos, resultó “un hermoso buey”, que derribó caballos hasta cansarse y al que Belmonte trasteó desconfiado, “atropellado y desarmado en cada lance”.

Y vamos con el cuarto, de Campos, malo también aunque “con menos poder y menos bronco… (Gaona) se hizo con él en los primeros muletazos y luego nada… no lo vio o no lo quiso ver. Con el estoque se fue a los bajos”. (íbid). Corrochano, a lo suyo.

Edmundo Acebal. Muchos años después, uno de los miembros fundadores de la Peña los de José y Juan, Edmundo Acebal, recrearía en su libro “Joselito y Belmonte” el segundo tercio del quinto de la tarde, un remiendo de la ganadería de Salas que le correspondió a Gallito. Y lo hizo en los siguientes términos: “Hubo un momento, durante la lidia del quinto toro, que conmovió el alma de los espectadores. Ello fue cuando tocaron a banderillas. Llamábase el toro “Espumoso” y era de Salas, sustituto de uno de Campos… Solicitó Gallito un par y con la montera en la mano ofrecióselo a Gaona. Ante el gesto gallardo y cordial rompió en el espacio una ovación clamorosa. Juan Belmonte, arrinconado en la sombra de un burladero (parecía) indiferente a todo y a todos… El tercio de banderillas fue histórico. Salió José por delante con una pasada en falso a la que sucede un par en todo lo alto, cuadrando en la misma cara y recreándose al clavar con toda la marchosería de su exquisito arte… De pronto, hízose el silencio. En el centro del ruedo estaba Gaona llamando al toro. Vuélvese “Espumoso” y ambos quedan frente a frente, en solemne y emocionante actitud. Entre la montera y el ras del burladero, los ojos de Juan Belmonte avizoran la escena. En medio de aquel silencio impresionante avanza el maestro despacio, muy despacio, agitando suavemente los brazos para alegrar al toro y a la belleza, y paso a paso, acelerando al fin, corre, cuartea, llega a la cabeza de la fiera, cuadra, yergue el busto con gentileza graciosa, levanta los brazos con donaire y clava un soberano par, al tiempo que en el aire se apaga la luz del sol bajo el estruendo de una tempestad de aplausos… Vuelve José a la brega… inicia la marcha aún más despacio que Rodolfo, pero en zig-zag, matizado con gritos, sonrisas y gitanería… cuartea rápido, clava, salta en el aire con majestad y gracia (mientras) el toro queda atrás… Cierra Gaona con uno de dentro a fuera en dos palmos de terreno y arrancando desde el estribo formidable, grandioso, colosal… Llénase el espacio de gritos, invaden los aires gorras y sombreros, los tendidos son como un bosque de brazos humanos que piden a la empresa el mano a mano de los dos rivales: “¡Los dos solos… Los dos solos!” (Alameda, José. Los heterodoxos del toreo, pp 79-81).

Ese toro quinto llegó a la muleta “sin vista”, a decir de Corrochano, y Joselito tuvo que abreviar, despachándolo de dos espadazos delanteros. De modo que mientras Gaona dio una vuelta al ruedo en el abreplaza y provocó una conmoción banderilleando a “Espumoso” a invitación de José, éste tuvo que conformarse con coprotagonizar aquel segundo tercio memorable. No al recuento de apéndices sino al valor de escenas cargadas de grandeza torera atendían aquellos buenos aficionados. Y todavía tenían que soportar los reproches del mandamás de la crítica madrileña.
Alucinante Belmonte. Versión de Acebal: “El público ya daba por terminada la fiesta cuando “Barbero”, de Concha y Sierra, pequeño, bien armado y bravo pisó la arena… Un quite de Juan por verónicas, media como remate, que agarrotan la garganta y paralizan la sangre. Otro de Gaona de frente de costado (¿gaoneras?) que conmueve a la plaza. Y otro de José, cargando la suerte con arte y maestría. El clamor enciende la plaza…

Al fin queda Belmonte, muleta en mano, frente a “Barbero”. “Un pase de la muerte escalofriante, el torero quieto, parado, inconmovible y bello como un altorrelieve del Partenón. Vuelve la fiera, va a la izquierda la muleta, que se cuadra en la cabeza del toro y así el diestro, a dos dedos de los pitones, y el corazón franco y abierto a la embestida, engancha al cornúpeto, tira de él con suavidad, con mimo y con temple, carga la suerte con valor y sentimiento y la alarga, la alarga, hasta dejar al toro en el sitio preciso para redondearla con un pase de pecho en el que la fiera, en ilusoria visión, parece un corazón inmenso que brotara del pecho del lidiador… Y otra vez la muleta a la izquierda, al lugar euclidiano de precisión, para que el pase de pecho sea más hondo, más grandioso que el anterior… y otra vez el natural seguido del de pecho, pilares eternos del arte clásico… Con un pinchazo y una estocada rodó “Barbero”. La multitud invadió el redondel, paseó dos veces por él a Juan Belmonte. Enfebrecida y alucinada, ni se acordó de pedir la oreja… ¿Y Rodolfo y José? ¿Dónde estaban Gaona y “Gallito”? Por allá iban, por la puerta de cuadrillas, ¡Los dos solos!...¡Los dos solos!” (íbid, p. 82).

Corrochano y la faena de Juan. “Ayer, en el sexto, Juan Belmonte me hizo perder la serenidad como nunca antes lo consiguió nadie… Belmonte dio sus mejores recortes. Gaona sus mejores lances con el capote a la espalda y el pecho entre los pitones, y José dos lances lentos, largos, interminables. El tercio de quites más bonito de la temporada. Belmonte, pobre torero, descartado de las grandes combinaciones porque no sabe banderillear, se fue al toro dolorido, comiéndose las lágrimas, y acaso preguntándose: “¿Pero es que ya no soy nadie? ¿Todo eso que he hecho antes no fue una realidad? ¿Fue un sueño?”. Lo que fue un sueño fue lo de ayer, Belmonte. Con la mano izquierda giraba en un pase natural, los pies clavados, la cintura rota, y al rematar recogía al toro en los vuelos de la muleta y se lo pasaba en un pase de pecho más artístico, más valiente que el natural, y así, alternando estos dos pases admirables, base de todo el arte de torear, el torero creciéndose, mejorándose a sí mismo en cada lance, toreando como nunca habíamos visto torear, hizo la faena justa, precisa, como la soñaron los grandes maestros.” (ABC, íbid, p. 12) .

La terna de oro. Entre 1916 y 1919 ese cartel (Gaona, Gallito y Belmonte) se anunció cinco veces en Madrid y otras 21 en provincias. Con Joselito, Rodolfo alternó 139 veces, todas en España; con Belmonte en 103 ocasiones, incluidas 17 en la república mexicana. Otras ocho corridas torearon juntos los tres en carteles de cuatro matadores y ocho toros. Datos duros para quien dude que la época de oro del toreo tuvo, a más de la pareja Joselito-Belmonte, su propia terna de oro. Y esa fue la que, al lado de José y Juan, encabezaba como primer espada Rodolfo Gaona.

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