TAUROMAQUIA. Alcalino.- Guadalajara se aprieta los machos

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El pasado domingo 4, el Nuevo Progreso de Guadalajara casi se llena en la segunda corrida de su temporada. Gran novedad, atribuible al anuncio de que reaparecería Enrique Ponce, quince años ausente de los carteles tapatíos. Empero, la corrida resultó un fiasco. Ni el as hispano ni sus alternantes –Juan Pablo Sánchez y Sergio Flores—consiguieron extraer provecho alguno de las cansinas embestidas (?) del sexteto de Bernaldo de Quirós urgentemente llevado a la capital del estado de Jalisco para reemplazar al encierro original de Jaral de Peñas. Por ahí, precisamente, empezaron a torcerse las cosas, pues buena parte del público relacionó el cambio de divisas con las viejas argucias del valenciano aunque, desde las barreras de sombra, otros tomaran partido por el divo de Chiva. Sin embargo, terminó por imponerse el sector más crítico y alerta.

Una doble realidad atizaba las discrepancias: en Jaral de Peñas predomina la casta brava, y en cambio, el encierro del exmatador queretano resultó, según era de esperar, un apacible desfile de bureles, fieles representantes del post toro de lidia mexicano. Sólo que, al contrario de lo que ocurre por esas plazas de Dios, había en el graderío un núcleo duro que no tragó. Lo que demuestra es que Guadalajara cuenta con un sector muy considerable de buenos aficionados, capaces de rebelarse contra los manejos frecuentemente turbios de los mandones, y que llegado el caso sabe llamarlos a cuentas y ponerles las peras a veinticinco. Hasta el punto de imponer su criterio al resto de la plaza y hacer que su denuncia trascienda.

Denuncia que no se hace ante ningún tribunal de lo penal sino ante el único válido para estos efectos, que es el de la afición vigilante y sana, atenta a velar por una tauromaquia respetuosa de sus propios y seculares valores y libre de sospechas más o menos fundadas.

Razones y sinrazones. Naturalmente, el taurinismo respondió al baile de corrales responsabilizando al juez de plaza en funciones, Arnulfo Martínez de nombre. Es su costumbre. Pero la malicia popular no acusaba a don Arnulfo de intransigencia, más bien notó y le reclamaba una franca carencia de argumentos para rechazar –arguyendo no falta de peso sino de “trapío”—hasta cinco de los ejemplares del encierro de Jaral de Peñas original, lo que motivó la decisión del ganadero Juan Pablo Barroso de hacer retornar al campo su hato completo. Para, entonces sí, dar paso franco al infladito y endeble sexteto de Bernaldo de Quirós, de antemano elegido para la ocasión por la gente de Ponce. Una trama enrevesada y no fácil de probar, aunque contribuyera a darle cuerpo el frondoso historial en nuestro país del caprichoso as valenciano, historial que incluye, entre otras lindezas, el chivo aquel de Julio Delgado que le colaron a Ricardo Balderas un 5 de febrero tristemente memorable para los anales de la nunca tan burlada y degradada Plaza México.

“Buenos” antecedentes. El reciente patinazo de Ponce en Guadalajara recuerda lo ocurrido allí mismo hace diez años, cuando tocó a José Tomás cargar con el justo rechazo del público tapatío ante la pobre catadura de los bichos elegidos para el de Galapagar, que respondió a las protestas dejándose pegar una cornada. Enrique Ponce, consecuente con su proceder habitual, se empeñó en dos faenas exhaustivas de las de su marca sin encontrar mayor eco en el tendido, lejana como nunca aquella tarde de enero de 2002 en que volvió locos a los tapatíos con alardes similares, incluido zaragatero abaniqueo final, que en aquella época ocupaba el lugar que actualmente reserva a su gimnástica poncina, en demostración de su impecable condición atlética.

En ambos casos –el de Tomás y el de Ponce--, el resultado fue vano y el repudio similar. Justa reiteración del lugar que ocupa el Nuevo Progreso como sede de la mejor afición del país y el continente nuestros. Guadalajara, la única ciudad taurina de América donde más les vale a los listos no intentar colar gato por liebre.

No siempre fue así. El público tapatío se ha ido endureciendo con el tiempo, porque en la buena época de don Nacho García Aceves, allá en el antiguo Progreso de San Juan de Dios, Guadalajara era una plaza más amable. Seria –la organización de sus temporadas, la mayor y la novilleril, siempre fue impecable—pero más complaciente. Incluso, un repaso a la trayectoria de los matadores españoles más premiados en su ruedo arroja esta insólita estadística: a partir de los años 60 se otorgaron en El Progreso los siguientes rabos a espadas iberos: Paco Camino (21.03.63), Miguel Mateo “Miguelín” (01.01.64), Manuel Benítez “El Cordobés“ (24.02.64) y Vicente Ruiz “El Soro” (13.11.88). Mayoría de diestros de la cuerda tremendista, pues. Los que desde el lado del toreo artístico rompieron el predominio de lo espectacular en el gusto tapatío fueron desde luego Camino y, posteriormente, El Niño de la Capea, que cortó tres apéndices caudales entre 1985 y 1988, ya en El Nuevo Progreso (en el antiguo, Pedro había sufrido una cornada grave en la Navidad de 1974).

Rudo contraste. En un caso de curiosa discordancia, el talante más exigente de la afición de Guadalajara se ha ido desarrollando al mismo tiempo que el de la Plaza México entraba en barrena, particularmente en el transcurso del presente siglo. Aventuro esta hipótesis: ese culto cada vez más acendrado de los aficionados tapatíos por los valores auténticos de la tauromaquia, su creciente nivel de exigencia para con la empresa, los toros y los toreros, ha sido fomentado e incluso moldeado por autoridades firmes en el cumplimiento del reglamento. Muchas han sido, en el curso de estos años, las quejas y rabietas de los taurinos ante la “intransigencia” y el “protagonismo” de los jueces de plaza de Guadalajara, pero ésa es la única manera de frenar el cinismo abusivo que usualmente encuentra cancha libre en otras plazas –la capitalina, por pésimo ejemplo--, y que se ha convertido en el mayor azote de la Fiesta.
Amores que matan. No es difícil que la inauguración de la temporada capitalina haya servido para cauterizar la herida tapatía de Enrique Ponce, y que este consumado maestro de la toreografía y las relaciones públicas haya renovado la tarde de ayer su largo idilio con un público que fue temible en otro tiempo por su severidad para detectar y condenar triquiñuelas de baja ley, pero en nuestros días resulta el idóneo para loar y apapachar a esos ases-encomenderos cuyo propósito no es otro que hacer la América y de paso forrarse, aprovechando las ventajas que les brindan autoridades, espectadores y prensa para eludir sus responsabilidades y dorarles la píldora a los degradados restos de lo que fue otrora una afición en todos sentidos ejemplar.

El problema no es de Ponce –que en España ha dado sobradas muestras de suficiencia taurina con toros de verdad—sino de un sistema en todos sentidos degradado, empeñado en dar la razón a la taurofobia que con garras afiladas lo acecha. Y el único dique posible, la actitud de autoridades y públicos como los que han hecho de Guadalajara el último reducto de resistencia genuina en nuestro país.

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