TAUROMAQUIA. Alcalino.- Festivales

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Hacia el cierre de la temporada española se anunciaron en Valencia y en Sevilla sendos festivales taurinos como una manera de dar promoción e impulso a la Fiesta. Y algo conseguirían, aunque no lograran conmover a la alcaldesa de Madrid, que acaba de pronunciarse en favor del cierre de la Escuela Taurina de esa capital, recuperando El Batán para otros usos y cuidadosa de aplicar directrices que atribuye a la ONU en el sentido de suprimir el “maltrato animal” en su ciudad. Ahí hay tomate, a no dudarlo.

Doble éxito y respuesta notable. Pero vayamos a los festivales. El de Sevilla se celebró el 12 de octubre, y ante un lleno de “No hay billetes” partieron plaza siete espadas –seis matadores y el nieto de Manolo Vázquez, homónimo de su ilustre abuelo--. Empresa organizadora fue, con fines de asistencia social, la cofradía de la Macarena, y el interés principal radicaba en ver por primera vez a Morante de la Puebla delante de un Miura, propósito que se frustró al ser devuelto por invalidez el novillo con el hierro de la “A” con asas y sustituido por uno muy flojo de Torrestrella con el que el poblense sólo pudo ofrecer gotitas de arte quintaesenciado, como Pepe Luis Vázquez hijo, que era otro de los alternantes. Finalmente sería un miura –Eduardo Dávila Miura—el beneficiado con el mejor de la tarde, de Daniel Ruiz, y le cortó las dos orejas. Una por calañés pasearon Manzanares y Roca Rey y hubo aplausos para Francisco Rivera Ordóñez y el joven Vázquez, que en materia de finura y pureza de estilo no desmiente la cruz de su parroquia.

Antes, el martes 9, la plaza de Valencia la llenó el festival conmemorativo del recién estrenado “Día de la Tauromaquia”, anunciado con gran prosopopeya. Todo marchó sobre ruedas, se cortaron once orejas y lo pasaron en grande tanto los espectadores como el rejoneador retirado Fermín Bohórquez y a pie Enrique Ponce, El Juli, Manzanares, Román, Álvaro Lorenzo –autor de los muletazos más sentidos y ajustados de la sesión—y el novillero Borja Collado. El ganado respondió sin distinción de divisas y al de Garcigrande, desorejado por Julián, hasta vuelta póstuma le dieron, como para subrayar la constante apoteosis en que discurrió la tarde. Muy bien todo, y todavía mejor si se aclararan las consecuencias esperadas de señalar un día del calendario para honrar al Toro y a la Fiesta.

Alegría, solera… y sangre. El festival es el tipo de corrida más flexible y desinteresada que existe. Los reglamentos permiten que se lidien becerros, erales o utreros de manera indiscriminada, con los pitones convenientemente arreglados en atención a los fines benéficos de la mayoría. E idéntica liberalidad preside la trama de sus carteles, que puede combinar lo mismo diestros en activo que matadores retirados, promesas novilleriles y hasta aficionados prácticos, que participan, salvo excepciones, sin cobrar honorarios, en tanto donan los ganaderos las reses a lidiar. Pero la relajación que todo eso conlleva, su cara amable, no impide que revelen a menudo alguna pequeña joya de alto valor artístico, a medio camino entre el pleno logro y la nostalgia. Y en cuanto a sus riesgos, baste recordar que las cornadas más graves de su carrera las sufrieron toreando festivales Juan Belmonte (Zumaya, 1924), Luis Procuna (Texcoco, 1966) y César Pastor (Rancho del Charro, 1986), sin contar incluso casos trágicos de diestros poco o nada conocidos.

Bajo este formato, cada temporada se dan en España varias docenas de festivales, aunque no tantos como en otras épocas. En cambio, en México son especie abocada a la extinción, al contrario de lo que ocurría cuando, por ejemplo, Silverio Pérez convencía a los retirados ases de su generación para torear y hacer caja en favor del ayuntamiento de su natal Texcoco, del que el famoso Compadre fue varias veces alcalde. Y como “Cantinflas” estaba en el pico más alto de su popularidad, era frecuente que los carteles incluyeran toreo cómico a cargo del idolatrado mimo, máximo exponente de la especialidad. Tampoco era raro que se invitara como juez de plaza a Rodolfo Gaona, quien por cierto, durante los años cuarenta, llegó a ser cabeza de cartel y llenó de aroma y sabor toreros los contados cosos de provincia que tuvieron entonces el privilegio de verlo mecer con ritmo capote y muleta, o colgar banderillas con su maestría y elegancia legendarias.
Intercambio de papeles. Hay una foto de Manolete, vestido de riguroso corto, con el calañés ladeao y la garrocha bien empuñada, jinete en un caballo de pica con el peto protector y la venda sobre el ojo derecho. La insólita estampa corresponde al festival de la Unión Mexicana de Picadores y Banderilleros celebrado dos días después de que el Monstruo inmortalizara a “Platino” sobre esa misma arena del viejo Toreo en mitad de la inolvidable temporada invernal 1945-46. Esa tarde también oficiaron de varilargueros Fermín “Armillita”, Silverio Pérez, Luis Procuna, Pepe Luis Vázquez y Pepín Martín Vázquez. Y como espadas actuaron justamente sus picadores, que eran Felipe Mota, Abraham Juárez “Limberg”, “El Güero” Guadalupe Rodríguez, Luis Vallejo Barajas “Pimpi” y Antonio y Pepe Díaz, con “Cantinflas” a su lado para amarrar el lleno y desternillar de risa, en pleno martes, a las incontables familias y aficionados presentes (19.02.46). Por lo demás, hay fotografías memorables de festivales celebrados en España donde Gaona posa al lado de Joselito o Carlos Arruza, veinte años después, con Juan Belmonte y Rafael “El Gallo”. Arruza torearía por última vez ante públicos hispanos en un festival celebrado en Marbella en octubre de 1964. Y constituyó uno de los sucesos de la temporada, desafiando incluso la popularidad inmensa de El Cordobés, que estaba en su apogeo.

Y cierta tarde de toros, un curtido aficionado de la Plaza México me habló con nostalgia del festival organizado en beneficio del DIF, que presidía la esposa del presidente Ruiz Cortines, como un parteaguas para la formación de la afición capitalina posterior a la Época de Oro, luego del traumático cambio de los 23 mil espectadores que le cabían al Toreo a los casi 50 mil que albergaba la México, que esa tarde agotó el papel y se entusiasmó como pocas veces ante las hazañas de los ases en retiro Pepe Ortiz, Heriberto García, Chucho Solórzano, Paco Gorráez, Silverio Pérez y Carlos Arruza (20.09.53). En la México dos hubo de grato recuerdo hubo en el verano: uno lo torearon Garza y Calesero al lado de los Tres Mosqueteros del 48; en el organizado por Alberto A. Bitar (18.11.73), el homenajeado Fermín Espinosa “Armillita” mató el último becerro de su vida y presentó en sociedad a sus hijos Fermín y Miguel; fueron sus alternantes eran El Soldado, Fermín Rivera, Silverio, El Calesa y “El Ranchero” Aguilar, y es fama que el desconocido espontáneo que quebró de rodillas un par era el futuro Pana. organizó Y a beneficio de los damnificados por el sismo del 19 de septiembre de 1985 se organizó un festival para participar en el cual viajaron expresamente desde España “Antoñete” y Manolo Vázquez y en el cual José Huerta estuvo inconmensurable con un novillo castaño de Javier Garfias.

Para el recuerdo. Hemos mencionado a Cantinflas y habría que agregar que, a partir de su debut en El Toreo de la Condesa (16.09.37), menudearon por toda la república carteles integrados por los cómicos del momento (Tin-Tan, el Chaflán, Medel, Polo Ortín…), que a su vez provocaron una oleada de festivales –ya de toreo serio—organizados a base de figuras del cine nacional (Jorge Negrete, los Pedros Armendáriz e Infante, El Indio Fernández…), la radio (como Paco Malgesto, Esparza Oteo o Gabilondo Soler “Cri-Cri”, que toreaba de maravilla), o militares de renombre, siguiendo la ruta de las becerradas organizadas desde antes por distintos gremios, en España pero también en México, para que pudiesen colmar sus “ansias de novilleros” matadores y cuadrillas de sastres, zapateros, empleados postales o de cualquiera de las burocracias gubernamentales, y desde luego estudiantes de tal o cual facultad universitaria y docenas de aficionados prácticos. Recuerdo que en El Toreo de Puebla hubo en 1970 una semana entera de festivales, organizados por la Asociación Nacional de Aficionados Prácticos, y que se vieron cosas interesantísimas en los siete carteles. Y ya en El Relicario, López Lima programó un festival con matadores de Colombia y México que resultó redondo (06.09.2003).

La última oleada de festivales con figuras de otros tiempos sobrevino a principios de la década del 90 en distintos cosos del país. Y cómo nos hicieron disfrutar su asolerada torería Alfredo Leal, Joselito Huerta, Jaime Rangel, Gabino Aguilar, Manolo Espinosa y Raúl Ponce de León, autores por entonces de varias faenas realmente memorables. Aunque ninguna quizá como la que, en uno de los últimos festejos celebrados en El Toreo en su demarcación de Naucalpan, le cuajó Mariano Ramos a “Bordador”, un novillo de Arroyo Zarco finalmente indultado (30.07.94). Como es natural, Mariano vestía su mejor atuendo charro, como lo hiciera también José Huerta en el festival a beneficio de El Soro que toreó en Madrid, y con el que bordó con su zurda maestra a un ejemplar de Juan Pedro Domecq del que le hubieran dado las orejas si acierta con la espada (02.03.97).
¿No que no? Habrá, sin embargo, quien rebata lo de que en México el festival es materia olvidada. Los sigue habiendo, cómo no, sólo que anunciados como corridas de toros, con participación de matadores en activo y en traje de luces. ¿Dónde está entonces el quid del asunto? Pues en el ganado, que se corresponde en todos sus detalles a lo prescrito por el reglamento para los auténticos y nunca suficientemente añorados

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