TAUROMAQUIA. Alcalino.- Esos bellos tiempos: Manolete, Garza, Armillita

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En México capital, La tentativa de organizar varias corridas en torno al 12 de diciembre nunca prosperó, a pesar de que más de una empresa se manifestó dispuesta al experimento. Ha habido, desde luego, abundantes festejos en esa fecha, tan cara al sentir de los mexicanos, pero algo semejante a una feria sólo en 1956 y en el estado de México, sede de El Toreo de Cuatro Caminos: una iniciativa de Antonio Algara a la que Alfonso Gaona, que manejaba la Plaza México, le sacó la vuelta interrumpiendo su temporada el domingo 9 de aquel diciembre, ocupado por el festejo correspondiente de una feria insólita que nunca más se repetiría.

Coincidentemente, era el propio Algara quien ocupaba la gerencia del coso de Insurgentes en 1946, cuando programó para el miércoles 11 de diciembre un cartel que enfrentaba a Lorenzo Garza con Manuel Rodríguez “Manolete”, a quienes les tenía reservado un corridón de Pastejé, el de más arrogante presencia de cuantos lidió en la México la célebre ganadería, y el de más cuajo que enfrentara Manuel Rodríguez durante sus dos triunfales periplos por la república; en plan de simple amortiguador, confirmaría su alternativa el modesto pero ya veterano Leopoldo Ramos “El Ahijado del Matadero”.

Rivalidad y antecedentes. Cuando Manolete se presentó en México, en el invierno de 1945-46, Lorenzo estaba en receso, tras la dura cornada de Barcelona que puso fin a su historial español (30.07.45). Pero, como buen regiomontano, tomó buena nota de cuánto se disparaban los honorarios de la grey coleteril con el auge promovido en México por el Monstruo de Córdoba. Entre los secretos mejor guardados de los entretelones de la fiesta ha estado siempre el de los dineros devengados por las figuras, mas la leyenda dice que el Ave de las Tempestades, para firmar su reaparición, impuso una paga por corrida idéntica a la del tercer califa cordobés… más un peso extra que simbolizara su supremacía.

El caso es que Pastejé envió una señora corrida de toros, y que –al margen la valerosa actuación del Ahijado, de muy otro nivel—Lorenzo y Manuel se enfrascaron en una duelo memorable, que ya Garza se había encargado de calentar mediante explícito reto al as andaluz, prometiéndole una lucha sin cuartel. Su primer choque, en Irapuato, el de Monterrey lo solventó con el corte de una pata, en respuesta a un faenón de orejas y rabo de Manolete (20.11.46). Y en la Plaza México, un lleno absoluto iba a servir de marco a la naciente pero ya enconada rivalidad.

Histórico vuelo del Ave. Recién reaparecido y poco puesto aún, Garza partió plaza bajo la obligación de corresponder al fervor de sus partidarios, que eran legión. Por añadidura, lo presionaba su explícito desafío al torero de moda. En consonancia, los de Pastejé, de clase excepcional, exhibieron un empuje extraordinario (23 puyazos en total y media docena de tumbos lo certifican). Y al regio capote garcista le costó una enormidad manifestarse con la majestad de otros tiempos. Si sus lances de recibo resultaron en general movidos, y medio atropelladas las gaoneras de sus quites, no faltó la enjundia de su media verónica rodilla en tierra, repetida más de una vez. Pero bastó que se pusiera la muleta en la zurda para volver a ser quien había sido. Volvía el esplendor de su clásico pase natural: el cite cruzado, la figura erguida, la suerte cargada, el pulseo imperioso. Y se reproducía en series de hilván inconsútil, rematadas con el de pecho izquierdista. Sin que faltara ese derechazo a pies juntos tan de Garza, y su pase de costado, y el doblón rematado con los pitones en la rodilla. Y dos estocadas contundentes, a despecho de su poco ortodoxa ejecución.

Esa tarde del miércoles 11 de diciembre de 1946. Lorenzo Garza –gris plomo y oro-- les cortó el rabo a “Amapolo” y “Buen Mozo” de Pastejé, hazaña emulada sólo una vez más en el ruedo de Insurgentes, por el gran artista portugués Manolo dos Santos (30.01.50).
La respuesta del Monstruo. Pero Manolete era mucho torero. Había tenido una floja presentación en la temporada y aquella tarde de diciembre tenía que dar la réplica. Y el Monstruo –rosa pálido y oro-- la dio con creces. Pudo incluso igualar en cifras la apoteosis garcista, pero a “Murciano”, luego de una gran faena, lo pinchó a cambio de un palotazo en el pecho. Y sólo paseó una oreja. Cuando apareció “Manzanito”, de imponente catadura, Garza ya tenía dos rabos en la espuerta. Y del tendido partió una voz clara y agresiva: “¡Crúzate!”; seguida de otra más: “¡La espadita atrás, no apoyada en la muleta!”. “Manzanito” era un toro de bandera, y a Manuel Rodríguez, que lo estaba toreando colosalmente, le hirvió la sangre cordobesa, arrojó lejos el estoque fingido y se puso a torear por naturales al libre juego de la muleta, al temple severo de su muñeca prodigiosa. Y la plaza se caía. Como cayó, herido por todo lo alto, el maravilloso ejemplar de Pastejé. El rabo era inevitable. Y las vueltas al ruedo, hasta tres, acompañado en una de ellas por Garza y el ganadero Eduardo Iturbide. Vueltas también para “Manzanito” y “Buen Mozo”.

Ecos en la prensa. El cronista de Novedades Carlos León reflejó en una frase feliz –“Agarzarse o morir”—la recia influencia de Lorenzo sobre el natural de perfil habitual en Manolete, al forzarlo a cruzarse y prescindir de la espada. Mientras que, desde el bando opuesto, “El Tío Carlos” (Carlos Septién García) encabezaba su reseña de El Universal con esta proclama: ”Manolete, el más grande torero izquierdista de todas las épocas”.

Cuatro días después, ambos tendrían que enmendarse de tan categóricas afirmaciones.

Armilla y “Nacarillo”. Para el domingo 15, las expectativas estaban por las nubes: Fermín Espinosa “Armillita”, Manuel Rodríguez “Manolete” y Alfonso Ramírez “El Calesero” con toros de Piedras Negras que, en comparación con los pastejés, componían un encierro terciado que, sin embargo, sacó su jiribilla. El Calesa tuvo destellos luminosos con el capote y terminó naufragando. A Manolete el abreplaza le pegó un volteretón en su quite y anduvo a la deriva toda la tarde. Pero Fermín tuvo una de las mejores actuaciones de su vida. Brilló su solera de maestro en sazón, su clase natural, su entendimiento magistral de los toros. Debió desorejar a “Avispo”, su primero --vuelta al ruedo luego de pinchar—y se elevó a la cumbre con el cárdeno “Nacarillo”, cuarto de la tarde, unificando a afición, cronistas y críticos con la grandeza de una faena de rabo. Excelsa, histórica, inolvidable.

Versión de Carlos León. “Ayer tocó a Fermín Espinosa sentar cátedra sobre “Manolete”, para que éste continuara el aprendizaje en el que fuera iniciado el glorioso miércoles 11 por la apasionante lección de Lorenzo Garza. Solamente que si el Ave de las Tempestades fue capaz de hacer que el discípulo aprendiera la clase y la repitiera instantes después, el Maestro de Saltillo se limitó a externar su sabiduría, ante los ojos atónitos del cordobés y el unánime grito de asombro de los aficionados mexicanos… Gran tarde la de ayer, donde se repitió el milagro de la izquierda, cimiento y cúspide del arte del toreo… Tarde en la que Fermín Espinosa bordó uno de los trasteos más limpios, más hondos de su carrera taurina, trasteo cumbre con un enemigo que no facilitaba el éxito… Manolete tuvo en cambio una anodina y atolondrada actuación.” (Novedades, 16 de diciembre de 1946).

Versión del “Tío Carlos”. “Estamos ante la faena perfecta. Y no nos atrevemos a tocarla. Sería un desacato rozar siquiera el contorno venerable de sus mármoles. Sería una mancha querer reducir a yerta medida la armonía de su arquitectura serena y triunfal. Y sería un atentado querer desmontar el ensamble prodigioso de sus partes para someterlas a un estudio prosaico y vulgar… Mejor dejémosla así, tal como la vimos desde el graderío, sobrecogidos de belleza, de clamor y de respeto. Mirémosla en toda su deslumbrante simetría: faena de arco y columna. Arco del pase natural, columna clásica… Veámosla hecha de los más puros y firmes elementos que la tauromaquia ha creado en siglos de lucha, de dolor y de triunfo con los toros bravos… esa que hace hoy de Fermín Espinosa el torero en quien se depositan la mayor ciencia y la más ilustre escuela.

Y gustémosla también en su profunda y exquisita suavidad. Saboreémosla en esa delicadeza, en ese tacto, en esa gentileza con que arropó al endeble torillo de Piedras Negras que –nacido para seis muletazos y una estocada--, tomó dócilmente, transformado como una obra de cera calentada a fuego, el milagro de veintisiete pases naturales. Gocemos con ese temple cuidadoso y magistral, exigente y esmerado, con que el torero fue educando al toro, mostrándole el camino del pase natural, enseñándolo a embestir y a tomar con afán encendido la roja muleta, a graduar su marcha y su arrojo… Y no toquemos la faena perfecta. Dejémosla ahí, en el centro de la arena, sola y magnífica en su soberbia perfección. Y rompamos el asombro gritándole a su autor con toda la pasión de aficionados sacudidos hasta la médula:

-¡Torero, Torero, Torero!...

Torero, sí. Torero inmortal este Fermín de Saltillo con el que México se incrusta triunfalmente en la historia del toreo universal.” (El Universal, 16 de diciembre de 1946).

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