TAUROMAQUIA. Alcalino.- Barralva o el toro-sujeto en tiempos del toro-objeto

Mensaje de error

Deprecated function: The each() function is deprecated. This message will be suppressed on further calls en _menu_load_objects() (línea 579 de /var/www/html/sitetendidoWork/includes/menu.inc).

La tauromaquia nació como una confrontación entre dos sujetos. No sujetos de la misma clase, como en el ajedrez o en el boxeo, pero tampoco entre un sujeto y un objeto inerte, como en el tiro al blanco o el alpinismo. A diferencia de cualquier deporte, se trata de un encuentro sacrificial cuya exclusividad cultural consiste en que la presunta víctima –el toro– pueda erigirse en victimario, como tantas veces ocurrió.

Es precisamente esto lo que le da todo su carácter y su grandeza al toreo. De ahí que deba velarse con absoluto rigor por la integridad del duelo entre esos dos sujetos diferentes entre sí pero capaces, ambos, de victimar al adversario: un hombre dotado de saberes específicos y experto ejecutor de su arte, un animal de agresividad innata y poderío entero en permanente capacidad de actualizarse. Todo lo demás es circunstancial, superfluo. Lo fundamental es esa equilibrio de fuerzas que el reglamento refleja. Y que, en caso de quebrarse por ineptitud o dolo, da al traste con la tauromaquia, la convierte en pantomima.

Francis Wolf lo describe desde la ética del duelo: "si el combate fuese estrictamente igualitario sería innoble para el hombre, puesto que el valor de la vida humana se vería reducido a la del animal… y si fuera desleal, su práctica sería innoble para el toro, puesto que el valor de la vida animal sería reducido al de una cosa.” Cosa, objeto, alusión clara al toro-mueble que, en el mejor de los casos, pasa y pasa, cansina y mecánicamente, sin fuerza ni sentido ni bravura: Post toro de lidia mexicano.

El toro-objeto cuya normalización no sólo atenta contra la ética sino también contra la estética del toreo, puesto que ambas son inseparables. Y el público, que se entera de esto porque lo intuye y lo siente, deja de ir a las plazas.

¿Vamos o no vamos a los toros?

La esencia de la tauromaquia reside en el toro. Y se da en dos vertientes: la de su presencia física –que implica trapío, edad, integridad, poderío–, y la de su comportamiento en la plaza –cuyo sustento está en el ADN de la raza y se traduce en casta, acometividad, celo, bravura en suma. Evidentemente, el ganadero debe responder por ambas.

Pero el ganadero hace tiempo perdió su influencia y reacciona conforme el dictado que las figuras –reales o aparentes– ejercen a través de sus apoderados, veedores, consejeros y demás. No es ya la imposición de utreros despuntados que, se dice, trajo a México Manolete de la mano de Camará, o la limpieza de encastes incómodos perpetrada por Manolo Martínez y su acomodaticia y achaficada generación, sino una exigencia constante y tajante de reses desmedradas y pobres de pitones, procedentes de tres o cuatro ganaderías especializadas en la producción del desbravado post toro de lidia mexicano al que esta columna se ha referido tantas veces.

Y entre todos –habría que añadir el sometimiento de las empresas y la complicidad de las autoridades– fueron alejando al público del coso máximo, al grado que, actualmente, en la Plaza México, un poco más de medio aforo cubierto califica como “gran entrada”.

¿Qué fue de ese público otrora incondicional de su Fiesta? La respuesta no hay que buscarla en intrincadas hipótesis sino en algo tan simple como esto: la proliferación de novillones para figurines o de encierros destartalados y dudosamente aptos en el ciclo Guadalupe-Reyes quebró el indispensable equilibrio de fuerzas entre toro y torero, y con ello la emotividad connatural a la tauromaquia de toda la vida.

Contribuyeron eficazmente al desaguisado la avaricia de unos pocos y la pobreza analítica de plumas y gargantas no menos afeitadas que los pitones; y el tiro de gracia lo dio el imparable aumento al costo de los boletos, rompiendo la relación valor-precio que había hecho de éste, durante más de un siglo, el espectáculo democrático y popular por excelencia, antes de su transformación en algo que ya sólo subsiste para relativo solaz de unas élites que únicamente asisten cuando las convocan toreros-marca de importación, incapaces por lo demás de llenar plazas incluso minúsculas.

El retorno del toro-sujeto

Se le agradece a Barralva la súbita vuelta del toro al ruedo de Insurgentes. Toros de verdad, cuatreños, musculados, hermosos, de relucientes y astifinas defensas. Toros para toreros, no para figurines. Si no muy parejos de tipo, todos eran y parecían toros, incluso el que dio 462 kilos en la báscula y luego sería el más codicioso y encastado del sexteto. Y si no, que lo diga José Luis Angelino, al que dicho "Gorrión" puso en serio predicamento.

Esto, que era lo natural en temporada grande, provocó una mezcla de incredulidad y asombro entre los escasos asistentes. Pero no en la terna anunciada, que se fajó sin miramientos con aquellos morlacos enterizos y encastados. Naturalmente, el público reaccionó en consecuencia: afectuoso con El Conde, muy torero y entregado en su tarde de adiós (aunque no tan afectuoso como con Juan José Padilla en su día), entusiasta con El Zapata y su personal tauromaquia (que encierra más mérito del que se le reconoce, dentro de una peculiar y muy interesante estética) y comprensivo y apoyador con Angelino cuando lo vio dispuesto a sacarse la espina del toro anterior ante un galán berrendo con muchísima plaza e innegables cualidades, no totalmente aprovechadas.

Vale la pena recordar los nombres de los seis del hierro titular --nombres asentados en los libros de la ganadería, no derivados de ocurrencias de última hora—porque probablemente estemos hablando del encierro de la temporada. Fueron, por orden de aparición: "Carasucio" (545 kilos), "Cardicito" (520), "Gorrión" (462), "Pitinesco" (512), "Caratuerto" (585) y "Farolero" (519).

Encierro muy bien armado, con 527 kilos de media, que peleó en varas dejándose castigar y ni se rajó ni perdió las manos en momento alguno. Por lo demás se trató de una corrida normal, sin toros excepcionales ni faenas arrebatadoras y, sin embargo, una corrida de lo más interesante, de astados que embestían, mejor o peor, y diestros que exponían y se arrimaban, con mayor o menor acierto. Ni más ni menos de lo que cabría esperar de una tarde promedio en Temporada Grande. Pero que hoy se ha vuelto tan raro como una entrada que pase de cinco mil espectadores, en una plaza con cupo para más de 40 mil.

Año Nuevo: las plazas perdidas

El incesante retroceso de la fiesta en México también se manifiesta en el vacío dejado por la tradicional corrida de Año Nuevo en plazas como Guadalajara, Puebla, San Luis Potosí, Irapuato y Jalpa, que invariablemente saludaban el año –como Mérida y algunas más– llenando sus cosos de público y buenos augurios. Una revisión somera a la actividad taurina del 1 de enero a lo largo del siglo XX da cuenta del festejo tradicional en cada una de dichas ciudades, más otras que eventualmente se les sumaban para totalizar unos diez o doce festejos, entre corridas y novilladas.

Incluso en la capital, donde no de acostumbraba la corrida el Año Nuevo –salvo que cayera en domingo de Temporada Grande–, las presentaciones de dos toreros tan señalados como Paco Camino y Diego Puerta se anunciaron un lunes y un martes 1 de enero. El de Camas para abrir 1962 en el Toreo de Cuatro Caminos –sin cesión de trastos, pues el Estado de México no confirma alternativas– y Diego Valor al año siguiente, él sí en Insurgentes.

Ambos debutaban en ruedos mexicanos, y si Camino, pechó, lo mismo que El Calesero y Antonio del Olivar, con una mansada imposible de Pastejé, el bravísimo torero de San Bernardo sí pudo expresarse a plenitud con una gran corrida de Torrecilla –grande en todo sentido, a Manuel Capetillo, su padrino de confirmación, le tocó un cuarto toro de 610 kilos–, con fuerte petición a la muerte de "Platerito", el de la ceremonia, y hasta tres vueltas al ruedo con una oreja de "Cuquito", el quinto, por faena de enorme tesón y aguante a un torazo que probaba y arreaba lo suyo. Vestía Diego esa tarde de su debut de obispo y oro, y de blanco y plata Paco al presentarse en Cuatro Caminos. En ese entonces era innecesario agregar que, al sonar el clarín en punto de las cuatro y media, ambos cosos estaban completamente llenos.

¡Feliz año!

Me entero que mañana, además de la de rejones en Mérida, habrá corridas de Año Nuevo en Durango –con la despedida de El Conde– y Querétaro, donde al fin podrá vestirse de luces Brandon Campos, uno de tantos buenos toreros jóvenes que tenemos y mantenemos en injusto olvido. Algo es algo y de lo perdido bueno es lo que aparezca, pero eso no disimula los hoyancos que el tiempo ha venido dejando en la tradición taurina de México.

Toca al lector relacionar las pérdidas expuestas con lo asentado en la primera parte de esta columna. Y toca al columnista desearles a ustedes que 2019 traiga todas las cosas buenas que la Fiesta y la vida nos deben. Y con mis votos, un abrazo fuerte y sincero.

Categoria: