Murió " el hombre de las almohadillas " de Las Ventas

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Uno de los sectores mas entrañables en la plaza de toros de Madrid es el punto de venta de las almohadillas ( Curro Romero dirá que no pues fue " víctima" de los almohadillazos cuando sus fervientes admiradores no le veían torear con esa peculiar inspiración como ellos esperaban....y fueron muchas esas ocasiones ) y había ( acaba de morir ) un hombre que las ofrecía a dos o tres euros durante 30 años en todas las corridas.....El " bendito " coranovirus se lo llevó y él le pidió a los suyos que no dijeran que estaba en el hospital porque no lo contrataban para ese eventual San Isidro de mayo y julio (que seguramente se dará )...

Pedro Cano era su nombre pero todos sabían que era " El Cordobés" ( homenaje al torero de Palmara del Río, uno de los heterodoxos )

«Mi padre nunca se quejaba -cuenta su hijo Pedro Daniel, hoy en cuarentena-. Nosotros no quisimos decirle que tenía el Covid-19 para que no se asustara. Cuando le llamábamos por teléfono, su respuesta era siempre la misma: "Estoy bien, me tratan muy bien. Si estoy hecho un toro, ¿no veis que tengo 20 años?"». Su espíritu era el de un veinteañero con DNI del 5 de octubre de 1940. Pedro había nacido en el pueblo jiennense de las Navas de San Juan, pero su vida laboral transcurrió en Madrid. «Trabajaba en una fábrica de metalurgia y tan obsesionado estaba con El Cordobés, y luego con su hijo, que se quedó con el mote». Pedro era de los que empeñaban el colchón por ver torear a Manuel Benítez, el primer torero que cobró un millón de pesetas. «O te compro una casa o llevarás luto por mí», fue el eslogan que inundó media España en los tiempos de la posguerra.

Y en ,a nota de ABC se hace este doloroso comentario que resume la tragedia final en vida de un hombre que siempre tuvo una sonrisa para quienes se acercaban a comprar su almohadilla:

Pedro Cano murió el jueves y este viernes se incinera. Sin velatorios ni pésames. Sin el abrazo de la familia. En la más absoluta soledad, esa que este vendedor de almohadillas conocía tan bien por esos toreros a los que admiraba nada más llegar al patio de cuadrillas. Solo los primeros días permitieron a sus hijos visitar al padre: «Le veíamos a través de una cristalera. Era muy duro, pero mucho más lo es no poder habernos despedido de él». El destino ha querido que Pedro abandone el ruedo de la vida en el hospital de los toreros, el San Francisco de Asís, donde fue trasladado. «Le llamábamos. Hasta que un día no nos cogió el teléfono...» Conmueven sus palabras. Guarda silencio. Respira y sigue: «Nos daban el parte vía telefónica y nos comentaban que dentro de la gravedad estaba estable; teníamos una esperanza, pero mi padre era diabético y este virus está golpeando fuerte».

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