? Manolo Martinez retiró a Manolo Capetillo en el 67? TAUROMAQUIA. Alcalino.- Historia de un cartel.

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La corrida del 3 de diciembre de 1967, memorable por tantos conceptos, ha dado lugar a un equívoco no menos perdurable, hasta el grado de prevalecer hoy la versión de que, esa tarde, Manolo Martínez prácticamente “retiró” de los toros a su tocayo Capetillo, bañándolo estrepitosamente en el mano a mano que sostuvieron ambos con toros de Mimiahuápam. Pero la realidad contradice esa leyenda, pues lo cierto es que la radiante superioridad de Martínez no dejó de ser sometida a dura prueba, que lo obligó a sobreponerse a una de las faenas más inspiradas del tapatío –la de “Arizeño”, toro de vuelta al ruedo--. Y si es verdad que el joven deslumbró con la precoz magnificencia de su arte, no lo es menos que el veterano supo reaccionar con las mismas armas y argumentos de su adversario para asimismo enriquecer con aportaciones de mucho peso al histórico festejo, tal como lo señalara José Alameda en los términos reproducidos enseguida.

“¡Corridón histórico!”. Este fue el encabezado, en grandes caracteres, que utilizó el escritor hispanomexicano antes de abrir su crónica así: “El espectáculo más grande del mundo es sin duda una corrida de toros cuando se dan en plenitud todos sus valores, como se dieron ayer en la plaza El Toreo, en una tarde que puede titularse de “histórica”, como lo fueron en su día aquellas de “Clarinero” y “Tanguito”, con Armillita y Silverio, o esa otra de “Buen Mozo” y “Manzanito” con Garza y Manolete… junto a los nombres de aquellos astados inmortales habrá que poner, tan altos o más, los de “Arizeño” y “Toñuco”, de Mimiahuapan (sic), la ganadería de don Luis Barroso Barona, que ha venido a demostrar que en México subsiste la casta del auténtico toro de lidia… En cuanto a los toreros, diremos como dijo Miguel de Cervantes ante el túmulo de Felipe II: “¡Vive Dios, que me espanta esta grandeza!”… Si grande uno, grande el otro. Manuel Capetillo hizo la faena más emocionada y emocionante de su vida, la de más desbordado sentimiento… Y Manolo Martínez no una sino tres. Y daba la impresión de que si le hubieran soltado tres toros más, sus faenones hubieran sido seis…” (El Heraldo de México, 4 de diciembre de 1967).

Faena modélica. Para mi gusto y mi asombro adolescentes, la faena de la tarde, y una de las más rotundamente bellas que he presenciado, se la cuajó Martínez al segundo de Mimiahuápam, “Presidente”, gran toro por su precisa conjunción de bravura, emotividad y clase. Dudo mucho que alguna de sus astas haya rozado siquiera las telas sutil e imperiosamente pulsadas por el regiomontano desde que se abrió de capa hasta la culminación con aquellos naturales, extraordinarios de redondez, ligazón, lentitud y arte magnífico, subsecuentes al pinchazo previo a una estocada definitiva. Sin embargo, lo más llamativo y comentado de tan enorme faena fue el estreno capitalino del martinete, que Manolo prodigó a derecha e izquierda, no como el giro más o menos apurado y veloz que vemos hoy, sino con tal reposo, finura y exactitud que instantáneamente sembró la arena de prendas. Esa suerte ya aparece en la muleta de Lorenzo Garza –otro regiomontano ilustre, padrino de alternativa de Martínez—en la añeja filmación de un mano a mano con Cagancho (02.02.36); pero Manolo no sólo lo exhumó sino le dio su impronta y le otorgó su carácter definitivo. Una oreja fue poca cosa para tan magna faena.

Siempre a más. Imperturbable, Manolo Martínez continuó su recital de toreo grande con “Fundador”, animal con mucho que torear, avisado además por el meneo provocado por un espontáneo, con el que redondeó otra gran faena, malograda con el verduguillo hasta el punto de recibir un aviso –la ovación lo llamó al tercio--. Y culminaría su gran tarde en hombros y con el rabo de “Toñuco”, la plaza completamente desquiciada tras una faena en que predominó el poderío demoledor del artista y su voluntad emulatoria tras el triunfo de Capetillo con el toro anterior, que era de bandera, en tanto “Toñuco”, encastado y noble, se agarró pronto al piso, obligando al torero a ofrecer un curso de aguante y dominio de las distancias cortas en esa que fue su tercera gran faena del día.
Capetillo se sublima. Si con su primero dejó que se le cayera una faena muy prometedora de inicio –dos o tres veces cerró sus tandas derechistas con la capetillina--, y luego se vio dubitativo ante el complicado tercero, con “Arizeño” iba a bordar el toreo. Cierto es que, acorde con la comprometida situación en que lo había puesto su colosal alternante, Mimiahuápam le deparó un toro excelente, que lo mismo derribó caballos que humilló y repitió deliciosamente sobre la muleta de Capeto, manejada con un temple y un gusto maravillosos en faena predominantemente derechista pero donde no faltó un exultante capítulo por naturales, coronado todo de formidable volapié. Justificadas, pues, las orejas, el rabo y la apoteosis, compartida con un ejemplar premiado con la vuelta al ruedo.

Si a los pocos meses Manuel decidió anunciar su retirada no sería como resultado de este mano a mano, sino por inexplicable influencia personal de un empresario tan nefasto como lo fue en más de un sentido el cubano Ángel Vázquez.

Juan de Marchena. Naturalmente, la crónica taurina se desbordó. Plumas de enorme prestigio y calidad coexistían, entre ellas la de Juan de Marchena (Juan Pellicer) cuyos exaltados conceptos no dejan lugar a dudas sobre lo ocurrido en El Toreo aquella tarde venturosa: “Fue el de ayer el triunfo del toreo mexicano. La afirmación de su grandeza, de su personalidad indiscutible, de su fisonomía excepcional. Desde Ponciano Díaz, el precursor, hasta Manolo Martínez… la torería mexicana ha alcanzado cumbres tan altas como la española. Rodolfo Gaona no sólo fue un coloso, sino el torero que con más amplitud, en los tres tercios, justificó la frase “arte de torear”… Arte hizo a raudales y, después de él, José Ortiz, enriqueciendo, con imaginación única, el toreo de capa. Un arte distinto brotó, de manera inexplicable, de la muleta de Carmelo Pérez, y en su hermano Silverio, aquel toreo carmelista, como embrujado, de muletazos más largos que los que entonces se veían, se prolongó todavía más… Y ayer, cuando turbios agoreros calificaban de pobre a la torería mexicana, Manuel Capetillo y Manolo Martínez, de manera deslumbrante y rotunda, reafirmaron su grandeza.” (Esto, 4 de diciembre de 1967).

¿Lo nunca visto? Al llegar a las faenas de Martínez, Pellicer se desborda: “Bien, pero muy bien veroniqueó Manolo Martínez a su primero… y con qué finura lo llevó al picador, y cómo se echó el capote a la espalda este regio regiomontano para torear por gaoneras, avanzando el cuerpo, jugando los brazos. Inició la faena con pases de trinchera rodilla en tierra, consintiendo al toro con la pierna de la salida. Y después de ese prólogo torerísimo se irguió Manolo para dejar caer la muleta en medio pase que fue toda una estampa. En pocas faenas hemos visto tal derroche de elegancia, de belleza, de buen gusto. Dos veces ligó Manolo, de modo personalísimo, el ayudado por bajo girando al terminar, con el cambiado por alto, con precisión admirable, con tranquilidad increíble. Y cuando se puso la muleta en la izquierda, aquello fue torear en toda le extensión de la palabra y en toda la extensión de aquella muleta asombrosa. Pases naturales cargando la suerte, adelantada la pierna de la salida con señorial sencillez, modelos de torera belleza... Y, ahora con la zurda, volvió a girar en la propia cara para rematar con el de pecho. Un equilibrio sin el menor titubeo, sin la más leve descompostura, reinó en esa faena. Y haciendo arte, como pedía Rodolfo, siguió este torero de época, toreando con una y otra mano, en pases de trinchera y de la firma, en medios pases, caminando, deteniéndose de pronto, haciendo cuanto quiso…” La faena al sexto, el mismo cronista la sintetizó así: “Yo no he visto torear mejor y creo que es muy difícil que, después de él, alguien toree mejor. Una arrucina, ligada a un pase de pecho con la zurda, y luego más muletazos, innumerables, indescriptibles, y la estocada hasta la empuñadura. Las dos orejas y el rabo. En hombros salió el torero y todo el mundo hablando de él, de esta corrida, del triunfo del toreo mexicano.” (ídem).

Influencias mutuas y paradoja final. Esa tarde del 3 de diciembre de 1967, en El Toreo, Capetillo abandonó ante “Arizeño” su típico sistema de dejar un poco atrás la pierna de la salida para ligar su exuberante toreo en redondo y, por el contrario, abrió el compás y hasta cargó un poco la suerte, convencido del embrujo que estaba ejerciendo en el público el estilo clásico del otro Manuel, basado en un puro juego de cintura y unas muñecas de oro. Pero a la larga, sería Martínez quien adoptara el mecanismo del tapatío, tal vez para compensar su pérdida de elasticidad y para mejor ayudar las pajunas embestidas del toro disminuido que él mismo, como mandamás absoluto, había contribuido a crear: el renacentista cediendo pragmáticamente al funcionalismo, si bien con más arte y cadencia que su modelo. Hasta el propio Juan de Marchena advirtió los inicios de este ciclo perverso al retornar Manolo de España en 1970, íntimamente frustrado pero equipado ya con capotes y muletas descomunales.
Que así de extrañas suelen ser las cosas y los cauces del toreo.

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