Elogio de la felicidad

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Salir seis veces por la puerta grande de Madrid del maestro César Rincón tiene que ser uno de esos hitos de la vida que construyen la historia de la tauromaquia en un país como la llegada a Mosquera de los Veraguas a lo que será Mondoñedo desde fines de los años 20"s ( hoy la divisa mas antigua de Colombia posee otro tesoro: el Contreras ), la pasión que despertó el fino torero de Honda, Pepe Cáceres de los años 60"s, o esos triunfos de El Cali con su mano izquierda , o la figura morisca de Amina Asis montada a caballo cual bella amazona, a Márquez y Zerrato llenando La Santamaría con su arrojo novillleril tras pasar miles de aficionados enfervorizados la noche en vela en las colas a las puertas del coso capitalino para poder verles....

Esta nación, la de Silva y García Márquez, la de Carranza y Botero, la de los muiscas y la diosa luna, la de las leyendas de El Dorado en Guatavita, la de los dos mares y picos nevados, y valles fértiles y árboles gigantes ( esa palma de cera del Quindío en el valle de Cocora ), digo tiene también en el toreo otra fuente de riqueza de emociones variopintas como el color de los atardeceres en los Llanos o en las costas, y es eso que describimos como FAENA, ese ramillete de arabescos, de figuras efímeras, de sensaciones intimas por un natural, una gaonera, esas cacerinas que volvieron a la plaza con el manizaleño Arcila , una vara como la de Hildebrando, un quite oportuno de Garrido, aquel trincherazo y esa embestida huracanada del primer Vista Hermosa adosada de bondad y humillación. Había llovido hasta la irrupción del himno de Bogotá, paró y vivimos una tardes para el recuerdo incluso con las penurias por la mansedumbre de un toro y las fatigas del pequeño gigante Moreno Muñoz o ese manojito de muletazos ( tanda corta , sustantiva de David Martinez que no hace falta que sea mucho sino poco pero bien conjuntado ).

Y todo esto lo escribo porque la foto de Farley es el elogio de la felicidad de un torero macerado en el silencio de sus montañas caldenses donde creció su afición , la del hoy maduro aunque joven José Arcila que salió en hombros, tocando casi el cielo azul profundo de la ciudad de los Chibchas donde se asentó un arte europeo que se hizo mestizo y universal, el TOREO.

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