El ganado condicionò la de resurrecciòn en Sevilla

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Andrès Roca Rey es figura del toreo y lo miden como tal, a veces con cariño y las mas con severidad no exenta de cierto rintintin : de si el arrimòn no vale, de si eso es torear, de si ya ha llegado al tope, de que eso, como en el caso de Sebastiàn Riter, de estar cerca de los pitones es o no el toreo. En fin. Como los colores, hay gusto para todos y de todo.

El colega Pablo Gòmez de Barbieri lleva toda la razòn al advertir en su titular de la pàgina taurina del Comercio que la corrida de don Victoriano marcò el curso del festejo y con su venia, desde luego, acojo tal reflexiòn en el titular de tendido7 el sentido que le da el ilustre critico peruano pues se ajusta sin aspavientos a lo que aconteciò en Sevilla el domingo de resurrecciòn. y anota ademas con justeza que hubo tres elementos bàsicos que èl desgrana :

Ayer, en Sevilla, Andrés Roca Rey asumió un compromiso importantísimo, con tres difíciles obstáculos por superar.

El primero, la plaza: la Real Maestranza de Sevilla; más antigua que la de Lima −aunque eso sea cuestionable, pero hoy ese no es el tema−, con un restigio indudable en el toreo, es una de las cunas de la
tauromaquia.

El segundo, torear con El Juli y Manzanares. El Juli ha salido cinco veces en hombros en Sevilla y no estaba dispuesto a repetir lo de Valencia, hace pocas semanas: el joven Roca Rey triunfando, en hombros, y él, veterano, a pie y cabizbajo. Manzanares es el engreído de los sevillanos; allí ha cuajado triunfos importantísimos e históricos; torear n él, en Sevilla, pesa mucho.

El tercero, su propio afán por triunfar; la Maestranza es la única plaza, de las grandes en el mundo, en la que aún no ha salido en hombros; hacerlo por la Puerta del Príncipe requiere cortar, al menos, tres orejas.

Sin embargo, el juego de los toros de Victoriano del Río no estuvo a la altura de la corrida del Domingo de Resurrección, que es la más importante de la temporada sevillana e inaugura sus festejos.

Y es verdad que un encierro por su comportamiento puede engrandecer o empequeñecer una tarde y no les quepa duda a nadie del valor, del sentido de profesionalidad de Roca Rey que no necesita de ningún ardid para responder a esa aficiòn de Sevilla a la que se entregò toda la tarde . Y no es de ahora ni la ùnica plaza.

A la corrida de Victoriano del Rio hay que achacarle que no tuvo finales, se apagò pronto y dejò la sensaciòn de que no era la adecuada para el festejo màs importante de esta parte del calendario taurino.

Fernando Fernandez Roman dice del peruano tras lo de resurrecciòn y apunta que lo del arrimòn de Roca no es torear sino temeridad :

¿Y Roca Rey, qué hizo ante semejante panorama? De momento, algo que es habitual en él, pero que no sentó nada bien a la parroquia que acudió a la Maestranza: dejar prácticamente sin picar, al tercer toro de la corrida. Roca tiene esa costumbre para que el toro llegue a la muleta con todo su poder, que ya se encargará él de bajarle los humos. Ahora bien, tampoco se puede privar al público de este tercio de la lidia. También es verdad que el toro, a pesar de que lo mimara en la brega el templado capote de Juan José Domínguez, fue perdiendo fuerza de forma alarmante.

Y hasta Roca, que es un cañón con la espada, pareció perder fuerza en su brazo, porque pinchó tres veces antes de lograr la estocada. Se le iba la tarde a chorros cuando salió el sexto. Otro cinqueño. El más feote de la guapa corrida de Victoriano del Río. Y el peor de todos. Montado de agujas, orientado hacia todo lo que le rodeaba, contribuyó a que la tarde terminara por hacerse, definitivamente, taciturna. ¿Qué hacer, pues, con un toro que no pasa y no tiene un pase? Pues, pásmense: poner el corazón de miles de gentes en un puño. Paco Ojeda, que estaba en el callejón, debió quedarse patidifuso. Imagínense a un toro tremendamente armado llegando con las puntas de los pitones al espigado cuerpo del torero, por aquí y por allá, al pecho y a la retambufa, como si el animal fuera un sastre imperito que le estuviera tomando medidas para cortarle un traje ¡Qué barbaridad! .

Esto no es un arrimón, es una locura. ¿Torear es esto? Torear es todo lo que se hace, mejor o peor, pero ra-zo-na-ble-men-te ante la cara de los toros. Este es otro nivel. Supera todas las líneas rojas. Lo nunca visto (al menos, por mí) en una plaza de toros. Sonaron fuertes lo pitos, pero también los aplausos fervientes. Y les digo una cosa: en cualquier otra Plaza, después de esa estocada entregándose, ese desprecio del peligro, esta entrega absoluta de la vida y esta apuesta por figurar en un gratuito martitologio, tiene premio gordo. Fue la respuesta contundente de quien no se conforma con ser figura del toreo, porque ya lo es, sino la demostración fehaciente de que a él no se la gana nadie, ni en esta ni en ninguna otra Plaza. Aunque Sevilla tenga un color especial.

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