El dìa que Molano entregò la llave del toril al alguacilillo

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Poco o casi nada dado al auto bombo,( fue un hombre sencillo, amante de la discreciòn ) , don Alfredo Molano gozò ese dìa como quizas don Rafael Alberti en que se vistiò con un traje que le sugiriò Ignacio Sànchez Mejìa para ser banderillero por unas horas ( Un poeta amante de los toros que siempre tuvo la ilusión de formar parte de ese mundo. Esa ilusión se cumplió en Pontevedra pero sólo duró unas horas ya que al término de la misma y sin haber puesto el pie fuera del callejón decidió que la fiereza del papel en blanco era más compatible con él que aquel "ciego rayo sin límite, que es un toro recién salido del chiquero", como él mismo lo definió, al recrear aquel episodio pontevedrés en la primera parte de sus memorias La arboleda perdida).

Don Ignacio, fue quien porfió en que Rafael Alberti se vistiese con un horroroso traje naranja y negro, un traje de luto que conservaba Sánchez Mejías de la muerte de Joselito, su cuñado. Una tentativa anterior casi lograr sacar a Alberti al ruedo en Badajoz, pero finalmente la insistencia de Sánchez Mejías logró que Alberti hiciera el paseíllo en Pontevedra, en presencia del gran cronista taurino José María Cossío y un público, llegado de toda Galicia y el norte de Portugal que llenaba los tendidos al filo de las cinco y media de aquel 3 de julio de 1927. La Banda de Música de Marín marcó el anuncio de ese paseíllo entre cuyos componentes iba el poeta, al que pocos reconocerían de aquella guisa. Fue el principio y final de la carrera taurina de Rafael Alberti: "Menos mal que aquel público gallego no era de esos que piden 'hule', como el andaluz o el madrileño, y pude pasar desapercibido, dentro del callejón, durante toda la lídia".

MOLANO Y NEGRET
Don Felipe Negret gentilmente me hace llegar para los lectores de tendido7 la foto que capta el momento de " lucidez" del escritor Molano portando la llave del toril en aquel dìa memorable cuando la plaza De Santamarìa fue un escenario de libertad tras el cierre desatado por la furia irracional de un alcalde que mejor no menciono. Estaba mas feliz que cuando recibiò el Simon Bolivar a toda una vida. Fue precisamente don Felipe quien le solicitò a Molano en enero de 2017 que lo hiciera como una demostraciòn de afecto y , digo yo, representando a la aficiòn y a la critica taurina en una jornada para el taurino tan maravillosa como la reanudaciòn de la fiesta.

Quizas mi amigo Alfredo tuvo esa baño de popularidad ( recibiò una clamorosa ovaciòn que èl aceptò agradecido en el centro del ruedo de la plaza bogotana) como querìa don Manuel Machado que " antes de poeta quisiera ser un gran banderillero ".

Con la venia de El Espectador reproduzco la crònica que escribiò en ese Diario de " los Cano" Alfredo Molano y que titulò "La tarde de los cuchillos afilados " :

El día amaneció esplendoroso. El cielo, barrido de nubes; el aire, transparente. El clima, llamémoslo social dadas las amenazas por las redes de los antitaurinos contra las corridas, de pronóstico reservado. La plaza de Santamaría estaba renovada por dentro y por fuera, como acabada de inaugurar. La afición se fue acercando con cierto recelo. La agresiva algarabía de los manifestantes se oía a varias cuadras a la redonda. Peñalosa la había estimulado con sus manifestaciones personales firmadas como alcalde. Es lo que uno de sus áulicos llama “participación en la defensa de la vida”. Yo entré por la carrera quinta al grito de “asesino, torturador, degenerado, hijueputa, malparido, oligarca”. En esa entrada, las agresiones físicas a figuras conocidas como el torero Moreno Muñoz fueron violentas. La policía vigilaba de lejos. Las filas para entrar eran largas; la afición, pese a todo, estaba feliz de volver a su casa. A medida que la plaza se llenaba, los gritos de los manifestantes –que pudieron haber sido 2.000 o 3.000– pasaban a los hechos. En el patio de cuadrillas se vivía un ambiente febril. Se respiraba un gran nerviosismo. La corrida no era una corrida más, era la corrida de reinauguración de la plaza, el resultado de una lucha tenaz de la afición contra la intolerancia y el populismo oportunista de los políticos arrinconados. A medida que la plaza se llenaba –lo que era evidente a las 3 de la tarde–, el nerviosismo aumentaba: los toreros rastrillaban las zapatillas contra el piso, los entendidos se frotaban las manos, los caballos golpeaban el cemento con sus grandes cascos.

Minutos antes de comenzar el paseíllo, los viejos aficionados no podían ocultar sus lágrimas. La plaza estaba hasta las banderas. Las cuadrillas desfilaron con altivez. Un minuto de silencio por don Fermín Sanz de Santamaría que terminó en un largo oleé y un grito sostenido de “libertad, libertad, libertad”. Y salió el primer toro de Ernesto Gutiérrez, que correspondió al alternante Roca Rey, nuevo en la Santamaría. Un toro bien hecho –471 kilos–, que a pesar de su cara de novillo dio buen juego, recibido con verónicas largas de mano baja. Aplaudida la pica de Clovis. Quites por gaoneras. Se oyeron los primeros bombazos en las afueras de la plaza, que no interrumpieron ni el ánimo ni la ceremonia de la alternativa de Roca Rey. El toro, llamado Libertad, humilló y mostró la casta. Roca citó de lejos y pasó al animal de cerca. Muy de cerca. Sacó ahhhhs con invertidos por la espalda y se regustó en el toreo. Perdió la oreja pedida con pañuelos por el aviso: la espada había quedado en lo alto, pero el toro se resistió a doblar. Bombas en las cercanías que el respetable respondía con olés.

El primero de El Juli –468 kilos– salió despistado, suelto, desalentado. Doblones del torero que a nadie brindó. Trató de darle ánimos con voces y provocaciones, pero el toro caminaba, caminaba. Sin más, al acero, y las rechiflas al arrastre.

Bolívar recibió a su primero –414 kilos– de rodillas, una suerte que entusiasma al público. Las banderillas del negro Garrido fueron aplaudidas con justicia: Dio el pecho y clavó en la moneda. Bolívar brindó a Felipe Negret y la plaza entera lo ovacionó y agradeció su lucha por reabrirla: “Me la entregaron abierta –había dicho– y abierta la entrego”. “Gracias por permitirnos la libertad”, le dijo el torero al ofrecer la muerte del toro. Bolívar es un diestro asentado que les pone nervio a sus faenas. Lo mostró el domingo. El toro pasaba humillado y con la derecha sacó un Manizales del alma que el público aplaudió mientras respondía con olés más y más bombazos. Con la muleta ligó, logró circulares, hizo un toreo limpio y se apretó con un forzado de pecho. Oreja a ley.

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