Alcalino.- "Toreo de la vincha de Casabindo, expresión de libertad"

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Mi querido maestro y amigo Raúl Dorra me hace llegar un documento procedente de la entraña más recóndita del pueblo de Casabindo, pequeña localidad del departamento de Cochinoca, en la provincia de Jujuy, noroeste de Argentina. Se trata de un texto escueto pero suficientemente descriptivo, firmado por Susana Quiroga, y cuyo título no puede ser más sugerente: "Toreo de la vincha de Casabindo, expresión de libertad". Merece la pena resumir el contenido.

"Vincha", palabra del quechua, sirve para nombrar una especie de banda gruesa para sujetarse el pelo. El toreo de vincha tiene origen antiguo, pues desde 1700, más o menos, se reproduce religiosamente cada 15 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de la Asunción, la Pachamama del Norte y patrona de Casabindo.

Ese día, se da suelta a un toro criollo probadamente arisco y bravucón con una vincha con monedas de plata enredada en la cornamenta. El arriesgado juego, en el que participan jóvenes osados de la región, consiste en incitar al astado, burlar sus acometidas y quedarse con la vincha para ofrendarla a la Virgen, tal como lo hiciera un remoto hijo de aquel pueblo, Quipildor Cabalcachi, al que la autoridad colonial había condenado a muerte al descubrir que se trataba de uno de los hombres fuertes del cacique sublevado José Gabriel Tupac Amaru.

La leyenda dice que cuando Quipildor cumplió 15 años, su padre le regalo una vincha adornada con quintos de plata traídos de Potosí por haber cazado su primer puma, al salvar del ataque del felino a su madre y un hermano pequeño. Al cumplir los 17 era un auténtico líder, digno descendiente de Pedro Quipildor y tataranieto de Tabarca, antiguo jefe de los Cochinocas.

Su obsesión, liberar a su pueblo del yugo de los españoles, lo llevó a encabezar revueltas, hasta que las fuerzas gubernamentales lo capturaron y fue a condenado a un sacrificio muy peculiar, consistente en exponerlo, indefenso y sin escapatoria posible, a la furia de un toro bravo para que lo destrozara en la plaza pública. De esta suerte, Quipildor ofrece su vida a la Virgen y muere ante la mirada de todo el pueblo en circunstancias que habrían de reforzar su leyenda, tal como queda reflejado en el romance Casabindo, escrito por Alberto Elías Alabí (Jujuy, 1959).

Este romance, que exalta el sacrificio de Quipildor Tabarcachi y su lucha por la libertad y la justicia es, al mismo tiempo, un trozo poco conocido de la historia del toreo. Y gracias a la generosidad de Raúl Dorra –jujeño ilustre– lo damos a conocer hoy aquí.

Casabindo

Casabindo de los toros / para agosto se engalana, / enflora su sola calle / con sólo una flor lozana / porque no tiene arvejillas / Casabindo ni retamas; / la Virgen de la Asunción / es la única flor que cuaja / y el pueblo quiere lucirla / en el ojal de la plaza.

Todos los quince de agosto / florece una rosa blanca / (brote injertado de amor / que prendió en la Pachamama) / Casabindo de los toros, / fiesta dulce, historia amarga. / Todos los quince de agosto / a la Virgen agasaja / y recuerda a Tabarcachi / que Quipildor se llamaba / o Pantaleón en la lengua / de curas, no de curacas / porque teniendo diez años / con los primeros estaba. / Su padre, que era el cacique, / de pequeño allí lo enviaba / a que tomara la ciencia / de las Escrituras Santas. / Y allí pasó Pantaleón / muchos años de su infancia.

Al cabo, volvió a su tierra / y lo que ve no le agrada / pues los hombres de su pueblo / ya no cultivan, trabajan / los socavones del oro / que presto parte hacia España. / Y lo desborda la furia / y la cólera ya manda / y ya denuncia y ya increpa / y lo acusan y demandan / y Quipildor Tabarcachi / es sentenciado a la plaza / a expiar con los toros bravos / su osadía y pertinacia. / Justo en un quince de agosto, / el día de la Virgen Santa.

Quipildor está parado / en el medio de la plaza; / no lleva traje de luces, / no trae capa ni espada; / su montera es una vincha / con soles de plata plata, / ha decidido morir / con los signos de su raza. / Un pérfido mayoral / no soporta tal templanza / y pide que cuatro mozos / acudan a su ordenanza: / le quita vincha y monedas, / corona al toro con ambas, / deja desnudo al valiente / –cree que sin esperanza– / mas con el último aliento / avanza el torero, avanza, / enfrenta a la bestia negra, / que lo mide y no lo ataca / sino que humilla los cuernos / y los detiene a una cuarta / de la mano que se acerca / firme, valiente y pausada / a rescatar decidida / el cetro de entre las astas.

Luego llega hasta la Virgen / que han entronado en la plaza / y se aclaraba la voz / para dejar su plegaria. / Así reza Quipildor, / así dicen que rezaba: / "Señora de la Asunción, / Doncella de las heladas, / Curadora de la hacienda, / Madre y Reina soberana, / a vos te ofrezco estos dones: / vincha, monedas de plata / y humilde vuelvo a tu amor / porque me has salvado el alma".

Deja a los pies de la imagen / la dote recuperada / y mira a su Salvadora / como se mira a una santa. / La furia del caporal / -jamás debió de olvidarla- / aguija un toro astifino / de pitones como espadas / que se alza en carrera loca, / (viaja la muerte en las guampas) / lleno de ardor y bravura, / cruza furioso la plaza / y moja sus dos puñales / en la espalda arrodillada.

Casabindo de los toros, / fiesta dulce, historia amarga / que cada quince de agosto / evoca, ¡y no lo evocara! / a Quipildor Tabarcachi, / el torero sin espada, / el que con capa de rezos / y con pases de plegarias / por mirar la luz de frente / no vio la sombra a su espalda.

Reflexiones

De este relato conmovedor en forma de romance se desprenden varias enseñanzas: 1) En América del Sur hubo en la época colonial ganado bravo y afición por la tauromaquia.

2) Al referirse al sacrificio de Quipildor, el autor aclara que "no trae capa ni espada", indicio de que estos instrumentos inequívocamente toreros eran bien conocidos en la zona.

3) El que se haya suprimido por ley la lidia de toros en Argentina no ha eliminado por completo ni la existencia de ganado bravucón, ni el gusto popular –aunque sea en zonas restringidas– por variantes locales de la fiesta brava.

4) La historia de los juegos con toros bravos es universal, data de milenios y brota dondequiera que un toro acometedor y un hombre valeroso y diestro se encuentran frente a frente.

5) El abolicionismo es una manía asimismo universal, pero obedeció siempre a imposiciones demagógicas –con sofístico disfraz religioso, político o humanitario–, y nunca, que yo sepa, a razones argumentalmente válidas.

Más sobre Luis David

La Tauromaquia de la semana anterior, dedicada a exaltar la importancia del triunfo arrollador de Luis David Adame en Bilbao –una de las tres plazas clave de la temporada española–, terminaba preguntándose si, finalmente, las empresas de allá le harán justicia al hidrocálido o seguirían confinándolo a una ninguneada y poco productiva segunda fila. Una primera respuesta la tuvimos pronto: acartelado al lado de los ases Enrique Ponce y Ginés Marín en la feria de San Antolín en Palencia, abrió la puerta grande con las dos orejas del tercero de Montalvo, únicos apéndices otorgados esa tarde (31-08-19).

Un dato esperanzador pero, por ahora, sin continuidad. Sigue Luis David refundido en el puesto 32 del escalafón con apenas 12 corridas, la mayoría en plazas –aunque no en carteles– de primera, y casi siempre con resultados triunfales.

Como tampoco figura en la programación de la feria de otoño en Madrid ni en la de San Miguel de Sevilla, habrá que esperar a la temporada 2020 para tener más claro el panorama. Y saber si se le hace al fin justicia en España a un mexicano dotado de todas las cualidades necesarias para consagrarse y consolidarse como figura del toreo.

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