Alcalino. Tauromaquia.- "Tapabocas"

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Cada faena grande tiene, en relación con otras, su dimensión y jerarquía propias. La de Fermín Espinosa “Armillita” con “Tapabocas” de Coquilla el 20 de marzo de 1938 se ubica en el punto más cimero, ese lugar de la memoria reservado a las obras paradigmáticas. La plaza El Toreo fue, en ese sentido, muy afortunada, ya que alojó varias de parecida prosapia. Las habrá equiparables pero difícilmente superiores a ésta de “Tapabocas”, que fue de las que labraron la gloria de Fermín Espinosa Saucedo (Saltillo, 1911-México DF, 1978), su acceso definitivo al panteón de los inmortales.

El contexto. En España, suspendida la actividad taurina por la guerra civil, ganaderías enteras estaban siendo arrasadas para abastecer de carne tanto a la población como a los contingentes armados. Domingo González “Dominguín”, mucho más destacado como apoderado que como el discreto matador que alguna vez fue, ideó la manera de sacar del país seis corridas del campo de Salamanca para embarcarlas desde Lisboa rumbo a México, donde la tauromaquia florecía, nutrida por una explosión de diversificada bravura al servicio de artistas del toreo del más alto nivel. Cuando menos media docena de figuras descollaban, pero eran dos las que se disputaban denodadamente, entre pasiones desbordadas, el cetro imperial del toreo: Fermín Espinosa “Armillita” y Lorenzo Garza.

La temporada anterior, primera sin la participación de diestros españoles, sería más tarde conocida como la de la Independencia Taurina Nacional. Y los sucesos de aquellos años, y de los que vendrían, iban a constituir la época de oro del toreo mexicano. Pero por lo pronto, el encono entre armillistas, garcistas e incluso balderistas excedía ya lo prudente. Precisamente, el cartel de aquel 20 de marzo reunió a Fermín, Alberto y Lorenzo con el encierro salmantino de Coquilla, remendado con un toro, asimismo español, de Graciliano Pérez Tabernero. La causa del parche, que “Lobito” –con el que Garza iba a dar sonado mitin-- mató a uno de sus hermanos, dejando incompleto el imponente encierro. En el aire, la tensión podía cortarse con un suspiro. Plaza repleta. Expectación descomunal.

Testimonios. A la larga, la gesta de Fermín Armilla con “Tapabocas” habría de prevalecer. Pero de momento, las divergencias entre la crítica serena y la subvencionada sacaron chispas. Vamos a comparar la descripción del faenón armillista por un cronista reconocido –Armando de Maria y Campos—, con la de un joven claramente al servicio del garcismo –Ricardo Colín “Flamenquillo”--, que, por cierto, años después abjuraría de tales deslices. También el vívido recuerdo de Cutberto Pérez, posterior cronista de Ovaciones, donde firmaba precisamente como “Tapabocas”. Y, por último, la referencia sustancial aparecida en el excelente reportaje del escritor madrileño José Carlos Arévalo, que en 1938 aún no nacía, pero se documentó exhaustivamente para escribir su libro El secreto de Armillita.

“El Duque de Veragua” (Armando de Maria y Campos).“El toro fue bravísimo, pero el torero hizo florecer toda la infinita variedad de su arte desde el recibo con los pies juntos, y después cargando la suerte y rematando torerísimo. Bravo y codicioso para los caballos, el de Coquilla llegó a tomar cinco puyazos. Pasó fiero al segundo tercio y, durante el mismo, clavó Fermín dos imponentes pares de banderillas, particularmente el segundo, que fue de poder a poder. Llegó al tercio final “Tapabocas” derrochando temperamento y achuchando por el derecho. Para corregirle el defecto Fermín aguantó, mandó y en el segundo muletazo, a pesar de lo rápido que se revolvía el toro, lo había metido en la franela, dominándolo de tal manera que ya no lo dejó achuchar. Después lo toreó con la zurda dejando que luciera la bravura del de Coquilla. Faena larga, variada, en un palmo de terreno y de gran señorío… En el ruedo, en el tendido, aquí y en España tiemblan las coletas. ¿Para qué ser torero si no se puede mejorar lo que hace Armillita con este bravísimo toro? Borracho de arte y emoción, Fermín entra a herir y logra una estocada honda, superior. La casta del burel hace larga la agonía. Cuando dobla, la ovación y el griterío son ensordecedores.” (El Eco Taurino, 24 de marzo de 1938).

“Flamenquillo” (Ricardo Colín). “El saltillense ha logrado por fin un triunfo auténtico. Cierto es que en su labor hay mil puntos criticables, ya que lidiador y no torero, si lo vamos desmenuzando no resiste el análisis. Pero, dentro de lo que es y se le puede exigir, ha logrado al fin su primer éxito… Con el inmejorable “Tapabocas” se decidió al fin y se ajustó con él en varios lances de capa muy bien ejecutados, le colgó dos pares de banderillas muy buenos, sobresaliendo el segundo que, cosa rara, hasta emocionante le resultó, y con la pañosa le vimos un trasteo largo, efectivo y adornado en el que, a falta de calidad, exhibió una muy encomiable cantidad de recursos toreros… Matando ya cambió la cosa. Estocada habilidosa que no basta y a descabellar a un toro vivo. Por fin, tras de dos intentos con sus correspondientes espantadas, vuelve a entrar y logra una entera que basta. Y como nuestro público es muy original, exigió que le dieran una oreja y él se creyó con derecho a señalar que es el número UNO. ¡Hombre, no es para tanto!” (La Divisa, semanario. 26 de marzo de 1938).

“Tapabocas” (Cutberto Pérez). “Con Fermín Espinosa Saucedo, el más grande torero que ha dado nuestra tierra, partieron plaza los también famosos Alberto Balderas y Lorenzo Garza, estando además anunciado el maestro portugués del rejoneo Simao da Veiga… Fue la del domingo 20 de marzo de 1938 una tarde fría y lluviosa. Sobre el ruedo lodoso, Simao había sufrido una caída al resbalar su jaca durante la lidia de uno de San Diego. Tarde desagradable por lo gris, lo húmedo del ambiente y lo enojado que estaba el público por las fatigas que había pasado la famosa Ave de las Tempestades (Garza) con otro Coquilla llamado “Lobito”, con fuego en las entrañas. Balderas no pasó de voluntarioso.

“Tapabocas”, el cuarto de lidia ordinaria, tuvo tal fiereza que no tenemos duda alguna al asegurar que es el toro más bravo que hemos visto en nuestra larga vida de aficionados. Al todopoderoso del toreo lo recordamos ahora mismo, enfundado en un terno verde botella y oro, ganarle la cara en el segundo tercio al inmortal “Tapabocas” en un inmenso par de poder a poder, para pedir a un peón que colocara el tercero.

Fermín el Sabio, Fermín el Inconmensurable, se irguió muleta en mano en dos pases por alto, llevándose un susto en el segundo, pues por poco lo engancha por la axila. La trituradora muleta del saltillense viajó entonces por bajo para castigar al revoltoso “Tapabocas” con ocho doblones, en el terreno de toriles, hasta hacer polvo del enemigo. Luego… La cátedra de toreo al natural. ¡Dos, cinco, ocho y diez pases naturales sobrenaturales! Nuevos doblones cuando se quiso ir de nuevo arriba el Coquilla, y más toreo clásico, con el ruedo cubierto de sombreros y prendas de vestir… El cerebro, el corazón y la maestría de un genio de la tauromaquia habían domeñado a una fiera. Por pinchar antes de matarlo cortó solamente una oreja. Pero lo de los apéndices es lo de menos para tamaña hazaña taurina, que ha dado motivo para que ahora nos firmemos… “Tapabocas”.” (revista Toros, número 30, enero de 1981, p. 19).

José Carlos Arévalo. “Electricidad en la calle, desbordamiento en la prensa y pasión en el ruedo y en el tendido… De modo que cuando se anunciaron los Coquillas para Armillita, Balderas y Garza, precedidos por Simao da Veiga, ardió el toreo antes de que empezara la función. Y después ardió más… Armillita dio una lidia histórica a “Tapabocas”, nombre oportuno pues las tapó todas. Era un tío con toda la barba. Por fuera, un imponente trapío; por dentro, una bravura encastada. El de Saltillo le respondió con la planta firme y una lucidez más encastada todavía. Con el capote provocó el delirio, sin dar respiro a los renuentes. Se complació en conocer al toro mientras se lucía en los quites. Con las banderillas asumió con majeza la violencia de aquel obús en pares de inmensa verdad. Y con la muleta, la faena discurrió del poderío al juego, de la emoción del riesgo a la emoción del arte. Tuvo el trasteo dos fases, una primera de dominio que desengañó al cornudo y descubrió al público su peligro, y la segunda fue de mando cadencioso, lo que colmó al aficionado y electrizó a los espectadores. Faena larga, in crescendo, que remató de gran volapié. Pero el toro tardó en morir. Armillita falló en el descabello y sólo le concedieron una clamorosa oreja. Pero esa faena marcó un hito en la historia del toreo mexicano... Mas el motín no estaba resulto. Fermín, que lo sabía, dio entonces la vuelta al revés, a la española, dicen que para no pasar ante la “Porra”… Se había confirmado como el número uno. Pero allí seguían estando Garza… y los toros de Llaguno.” (Arévalo, José Carlos. El secreto de Armillita, Edit. Fundación Marrón. Madrid, 2011. pp 225-227).
Sisma en puerta. Lo que siguió fue una división radical de la torería nacional, separada en dos grupos irreconciliables: el de Garza-Llaguno, por un lado, y el del Pacto de Texmelucan, acordado por Armillita, Jesús Solórzano, Alberto Balderas y un incipiente Silverio Pérez con los ganaderos de Tlaxcala y el centro del país, por otro. Un polvorín que iba a reventar durante la irregular temporada 1939-40, afectando a fondo la marcha normal de la fiesta en México. Mas como tal situación era insostenible, no tardaría en firmarse una paz duradera. Apertura al período más brillante de nuestra tauromaquia.

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