Alcalino. Tauromaquia.- La muerte de Alberto Balderas en la versiòn de un testigo

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Lo que sigue es la versión de José “El Negro” Muñoz sobre su vivencia personal de la corrida del 29 de diciembre de 1940 en que perdió la vida Alberto Balderas, de quien había sido pareja novilleril antes de tomar otros derroteros, lo mismo dramaturgo y actor que expendedor de carnitas en el exterior de la Plaza México. Basado en una larga charla que sostuvimos hacia 1982 lo escribí para El Redondel, con el visto bueno del propio “Negro” Muñoz, en los términos siguientes:

Extrañeza.“(En los corrales) el 53 era un animal mustio, que parecía incapaz de mover una oreja y, sin embargo, cuando alguno de sus congéneres pasaba cerca de él, como al disimulo alargaba el cuello y le soltaba un puntazo… Que no le toque a Alberto, pensé… y no: en el sorteo, el 53 cayó en el lote de José González “Carnicerito”, que de novillero había sido compañero nuestro y era el segundo del cartel de la alternativa que Alberto le daría a Andrés Blando… Como me conocían bien los porteros tuve acceso al patio de cuadrillas, y cerca ya de las cuatro apareció por ahí Alberto, y se encaminó con rapidez a la capilla… me le emparejé y le dije “Mira nomás que bien vestido vienes” (estrenaba un terno canario y plata, reluciente), pero él hizo como si no me hubiera escuchado; tuve que apretarle el antebrazo y casi gritarle al oído… Me extrañó ese ensimismamiento en quien bajo ninguna circunstancia perdía su carácter naturalmente expansivo… Y antes de subir al tendido le dije una palabra que no sé ni cómo se me escapó, pues nada tiene que ver con el lenguaje de los taurinos: “Éxito”, le dije, cuando “que haya suerte” es el término usual y clásico.“

La oreja de “Rayao”. “En el primer toro no hubo otra cosa notable que la alternativa de Blando. En segundo lugar salió “Rayao”, un toro grande y fuerte pero también bastante noble. Alberto lo veroniqueó en terreno muy corto, hizo por lo menos dos quites, entre ellos su personal mariposa, le puso banderillas con su clase acostumbrada y tenía prisa en coger muleta y espada… Faena yendo siempre para adelante bajo un constante clamor, interrumpido por un grito de angustia cuando el toro, en los medios, se le quedó debajo en un trincherazo y lo sacudió por los machos, lanzándolo al aire y tirándole cornadas en el suelo hasta que el peonaje consiguió hacerle el quite. Ileso y rabioso, Alberto regresó al toro para girar en un molinete en la misma cuna y hacer luego ese desplante característico suyo, metiéndole la rodilla en la jeta. Todavía le peleó en un apretado macheteo de pitón a pitón, que entonces emocionaba mucho a la gente, y volcó todo su coraje en la estocada que mató a “Rayao”… cayeron a la arena puros y sombreros y sonaba la diana cuando la autoridad concedió la oreja. Por primera vez en la tarde, sentí aflojarse en mí la tensión.”

Prolegómenos de la tragedia. “El tercero de la tarde iba a ser precisamente el 53, y en el tablón estaba escrito: “Cobijero”… Como el pitón de “Rayao”, sin herir a Alberto, le había roto la taleguilla, cuando mi amigo se metió al callejón ya lo esperaba “El Chafi”, con la aguja y el hilo preparados… desentendiéndose de lo que pasaba en el ruedo, Alberto se puso a platicar con Rico Pani, que estaba en un palco próximo y era muy amigo y gran admirador suyo. No pudo, por lo tanto, percatarse de que, en la segunda vara, el burel acusó haber perdido la visión de los objetos cercanos, y como tenía sentido, empezó a desarrollar una lidia defensiva y peligrosa, lo que provocó un herradero durante todo el segundo tercio. Carnicerito, vistiendo de negro o tal vez de tabaco y oro, recogió muleta y espada para dirigirse a pedir permiso a la autoridad. Coincidiendo con el toque de muerte, “El Chafi”, no lejos de ahí, cortó de un tirón la hebra con que acababa de reparar el estrago causado por el pitón de “Rayao” en la taleguilla canario y plata.”.

La cornada. “Cobijero”, que a la salida del tercer par se había colocado en el tercio opuesto, repentinamente giró sobre los cuartos traseros y apuntó con un movimiento de cabeza hacia donde el matador en turno estaba cumplimentando al juez. Indudablemente lo había sentido, porque dio dos o tres pasitos cortos, anunciadores de que se preparaba a cargar, mientras Carnicerito seguía dándole la espalda y su cuadrilla, indecisa y amedrentada, permanecía tapada… Justo entonces Alberto decidió intervenir y recogiendo violentamente su capote se adelantó con rapidez hasta más allá del tercio, apenas a tiempo para cortar el viaje del de Piedras Negras, que iniciaba ya la arrancada desde largo. Desmasiado confiado, se lo dejó llegar, y sin cambiarse en la cara ni reponer su terreno trató de darle salida con un amplio capotazo por el pitón izquierdo, pero como el toro a esa distancia no veía, no siguió el revuelo de la tela y lo atropelló con los cuartos traseros haciéndole perder el equilibrio y una punta del capote.

Estaba tratando de recobrar ambas cosas cuando el animal, al sentirlo, se revolvió sin terminar de pasar, derrotó sobre el bulto y lo envió al aire empalmándolo por la pierna izquierda con fuerza tal que alcanzó a darle dos volteretas. El toro ya no se fue, porque había frenado su viaje por completo y cabeceaba repetidamente, como para librarse del bulto que en ese instante caía sobre su pescuezo. Sin duda era el pitón zurdo el que mejor usaba y de ese lado fue a caer Alberto. No lo dejó llegar al suelo, sino que lo suspendió unos instantes por el tórax, hincándole el pitón por el costado derecho bajo la chaquetilla mientras derrotaba con fuerza, antes de dejarlo al fin rodar por tierra, donde ya no lo buscó, yéndose a situar de inmediato en el mismo tercio de donde se había desprendido antes de consumar su embestida fatal, el mismo tercio donde le pegaron el famoso segundo puyazo. Para allá se dirigió el toro, sin hacer mayor aprecio de los numerosos capotes que lo llamaban ni de la muleta de Carnicerito, que había sido el primero en llegar al quite.

Alberto, que se levantó por el instinto de ponerse a salvo, dio todavía unos pasos, doblado y medio convulso, y estaba por caer cuando se interpusieron, auxiliándole, “El Chafi”, dos o tres monosabios, creo que su banderillero Pepe López, y desde luego Pancho, su hermano y peón de confianza. Les abrieron la puerta llamada falsa, adosada a la de cuadrillas de El Toreo, cuyo patio había que atravesar para llegar a la enfermería. Yo, que sentí seria la cosa y había notado movimientos muy raros en Alberto, me levanté de inmediato de mi localidad y me precipité escaleras abajo… me topo con el grupo que transporta apresuradamente a Alberto y a él completamente pálido y como jalando aire, con la mandíbula caída, mientras emitía una especie de pujido sordo y no sé si desvanecido o aún consciente, el asunto es que su ojo izquierdo como que no le responde y trae un brillo semejante al que tienen los ojos de un toro muerto, y el derecho, en cambio, está empequeñecido, la ceja levantada en arco, como cuando a Alberto se le suben el enojo o las copas. Un cuadro impresionante, aunque de momento la mente se niegue a relacionarlo con la agonía… Ya en la enfermería, lo están despojando de las ropas cuando el doctor Herrera Garduño es el primero en decir: “Rápido, que Alberto se nos va…” Nos desalojaron a ajenos y curiosos y yo, casi a tientas, regresé a mi lugar en el tendido.”

Fatalidades. “Esa tarde marcó con una huella funesta no sólo al Torero de México sino, de diversas maneras, a otros participantes en el trágico evento. “Carnicerito”, que era tan bravo, un atleta formidable, fue perdiendo posiciones y acabó su vida, también él, en las astas de un toro. Al alternativado Andrés Blando, novillero muy hecho y prometedor antes de las cuatro de aquel 29 de diciembre de 1940, fue como si las empresas y los compañeros le tomaran asco, y se anuló por completo a partir de ese su primer día como matador de toros… Pero entre la herencia dramática de esa tarde no conozco caso más patético que el de Toño Balderas, que era apenas un adolescente y, en lo físico, se parecía mucho a su hermano Alberto: antes de terminar la lidia del último toro bajo de nuevo en busca de informes y el primer conocido que encuentro es este muchacho Antonio. Me ve y me dice, riéndose con una carcajada incontrolable, tartamudeando de puro nervioso: “Ssss-e murió. Beto ya se mumm-murió”. Y reía sin poder evitarlo. Había sufrido tal impacto emocional que perdió la razón allí mismo y nunca, hasta donde yo sé, logró recuperarla, transcurriendo su vida, penosamente, en hospitales psiquiátricos… Pancho Balderas también cumpliría su destino de morir en una plaza de toros, viejo ya, después de haber sido un líder de los subalternos combativo y combatido en extremo –la característica principal de la familia Balderas Reyes--. Ocurrió en el norte, Cuidad Juárez o Nuevo Laredo, a fines de los años 60 y no como consecuencia de una cornada sino por un paro cardiaco que lo sorprendió en un burladero, con el capote en las manos, atento a la lidia del toro y vestido de torero.” (El Redondel, 29 de diciembre de 1985, pp 2 y 11. Nota de Alcalino).

“El Torero de México”. Así anunciaban los carteles a Alberto Balderas Reyes (México DF, 07.04.1910-29.12.1940); se había doctorado en Morón de la Frontera (10.09.1930, toro “Hocicudo” de Guadalest, padrino Manolo Bienvenida, testigo Andrés Mérida) pero su plaza fue El Toreo, donde figuró como uno de los cinco ases de la gran temporada 1936-37, la de la Independencia Taurina Nacional (con Armilla, Solórzano, Garza y El Soldado), y antes y después alcanzó allí triunfos apoteósicos. De matador hizo en el coso de la Condesa 59 paseíllos, estoqueó 132 toros, cortó 31 orejas y 11 rabos y sufrió cinco percances de diversa gravedad, antes de que la cornada mortal de “Cobijero” le partiera el hígado. Desde su casa de la calle Copenhague al Panteón Modelo, ha sido el suyo uno de los sepelios más tumultuosos y sentidos en la historia de la ciudad de México.

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