Alcalino.-Tauromaquia: Estrategias de sobrevivencia

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Hace algunos domingos hubo toros en Apizaco. Y cuando digo toros no lo hago en uso de la fórmula convencional, sino en alusión al trapío del hermoso encierro de Magdalena González (Javier Iturbe) que despacharon Jerónimo, Eduardo Gallo y José Mauricio, con invariable torerismo y ante una entrada paupérrima.

Es fama que la bonita y torera plaza rebautizada con el nombre de Rodolfo Rodríguez “El Pana”, con su amplio graderío e instalaciones, le ha venido grande a una ciudad tan taurina pero al mismo tiempo tan pequeña como es Apizaco. Sin embargo, fue una pena ver tanto cemento y tan poca gente en un día tan claro y azul, y con un cartel tan interesante como el que la afición y entusiasmo de los señores Llarena consiguieron reunir.

Para colmo, los escasos espectadores, contagiados de la frialdad del ambiente, estaban como aletargados y ajenos, incapaces de justipreciar lo mucho bueno que los alternantes ofrecieron ante un encierro que, más allá de la abundancia de kilos, la bella estampa y cierta escasez de fuerza, puso el toque de seriedad que tanta falta está haciendo. Es decir, que en Apizaco hubo toros y toreros, pero no calor de fiesta.

Esa indiferencia del público –el ausente y el presente– demanda una explicación tanto en el plano racional como en el emocional. En España ya es común que faenas meritorias apenas levanten leves murmullos en el tendido. Y en México, la corriente opuesta –apéndices fáciles, publicrónica empeñada en describir convenientes hazañas donde sólo hay vulgaridad– sigue evidenciando su fracaso con entradas como la de Apizaco, réplica de lo que ocurre en La México y la mayoría de las plazas.

Si el post toro de lidia mexicano es un atentado directo contra la emoción connatural al toreo, en Europa, donde aún sale con cierta regularidad el toro de casta viva, la declinación de la Fiesta demanda una explicación distinta, más relacionada con los efectos de la taurofobia imperante y la invisibilidad de la tauromaquia en los medios masivos, sumados al ataque redista.

El asunto requiere un análisis de fondo si no queremos que la fiesta termine por diluirse en la nada.

Una propuesta audaz

Comentábamos hace pocos meses la defensa de la cultura taurina hecha por Victorino Martín ante el pleno del Senado. Una pieza magnífica, que al parecer hizo mella en el ánimo de los políticos de mente abierta que la escucharon. Y toca ahora turno a un trabajo de tesis, realizado en España por el veterinario Julio Fernández Sanz y el biólogo Fernando Gil Cabrera, que se condensa en las 31 modificaciones que proponen con fundamento en estudios de campo y laboratorio llevados a cabo por ellos mismos en 700 toros de lidia, así como en observaciones sociopsicológicas de la mentalidad de los ciudadanos de este siglo XXI, caracterizada por un repudio cada vez más generalizado a la visibilización real y simbólica de la sangre y el horror a la idea de la muerte. Vamos a dejar de lado lo que esa actitud pudiera tener de expresión de tendencias fóbicas o enmascara masivas dosis de hipocresía: lo indudable es que se ha convertido en una de los tics mentales de nuestro tiempo.

Admitido esto, los autores de la tesis de referencia hablan de la urgente necesidad de adaptar el espectáculo de la lidia al sentir mayoritario, disimulando el derramamiento de sangre y acortando la agonía del animal. Ofrecen razones emanadas de su analítica y remedios acordes con los resultados de sus estudios biomédicos y sus observaciones sobre cómo ha evolucionado la psicología colectiva. De entrada, aciertan al referirse a los toros como un espectáculo cada vez más rutinario, previsible y falto de emoción, aun descontados sus riesgos y las aportaciones creativas de diestros contemporáneos.

Nuevos instrumentos, reglas y semántica

Primera conclusión y primera sorpresa: el sangrado abundante no templa ni descongestiona al toro ni, en definitiva, ayuda a su lidia ni al arte de torear. Con base siempre en sus estudios, Fernández y Gil señalan que lo que realmente afecta la fuerza, movilidad y humillación de los astados es la violencia del choque contra el peto del caballo y el posterior romaneo.

Pero la intensidad del sangrado, que según ellos es lo de menos, podría reducirse considerablemente mediante el uso de una puya menos agresiva –viaje aspiración de los ganaderos mexicanos–. Y ofrecen, como contrapartida, el uso de estoques de diseño diferente al tradicional, de hoja más ancha y filos más vivos en la cercanía de la empuñadura, la zona que afecta los órganos vitales del animal. Y aunque no lo mencionan en la entrevista que les hizo Antonio Lorca y en la cual me estoy basando (El País,10 de marzo de 2019), sería una lógica consecuencia de su analítica el uso de caballos de picar menos voluminosos, protegidos con petos más ligeros y menos rígidos que los actuales.

La propuesta es extensa, abarca desde la unificación de la ley taurina –la necesidad de un reglamento federal que acabe con la multiplicidad de reglamentos locales y regionales–, a modificaciones que abarcan desde los preliminares de los festejos hasta los tiempos de los mismos y el otorgamiento de trofeos, pasando, como vimos, por los instrumentos toricidas, que a su juicio debieran ajustarse a la realidad anatómica y al carácter del toro, teniendo muy presente la sensibilidad colectiva imperante.

Por sus propias características es una propuesta debatible, y sin embargo sería nefasto no tomarla en cuenta, que es a lo que propenden profesionales y taurinos en su ciego conservadurismo de costumbre. Tan válido y analizable éste o a cualquier otro intento por adaptar la tauromaquia a los tiempos que corren, y que tan adversos a ella se están manifestando.

Una curiosidad adicional, incluida en su propuesta por Fernández Sanz y Gil Cabrera, atañe a la definición que la Real Academia de la Lengua da a la tauromaquia: en vez de "burlar al toro esquivando sus acometidas según las reglas de la tauromaquia hasta darle muerte" –tal el texto actual–, la mención a los valores estéticos del toreo, redefinido como "provocar la acometida del toro para que el torero la dirija con la intención de crear una obra artística, siguiendo las reglas de la tauromaquia, acción que finaliza con la muerte o indulto del animal".

Antecedentes al vuelo

Esta columna ha comentado en el pasado propuestas como la de Carlos Pavón, relativa a la posibilidad de corridas incruentas (La Jornada de Oriente, 31 de agosto de 2015), o aquella en que cronistas de La Jornada nacional proponían una serie de medidas encaminadas a modificar los tiempos de la suerte suprema y sus secuelas, reduciendo el número permitido de agresiones con estoques y puntillas, e incluso mediante el eventual recurso a un estoqueador designado –especie de sobresaliente de espada, especializado en la suerte suprema– (La Jornada de Oriente, 25 de enero de 2011).

Desde mi punto de vista, ambas ofrecen flaquezas, expuestas en dichas columnas, pero no por ello debieran descartarse del todo.

Los Toros Hablados

Otra manera de apuntalar el incierto porvenir de la fiesta consiste en difundir la cultura taurina como acostumbra hacerlo el "Grupo Tradiciones y Cultura" con su cita anual al ciclo “Los Toros Hablados". A la cabeza de la organización figuran, empujados por su incombustible amor a la tauromaquia, Héctor Budar, Jaime Oaxaca, Miguel Ángel de la Garza, Antonio Moreno, Jaime Silva y Álvaro Sánchez.

La primera conferencia estuvo a cargo del matador, rejoneador y actual ganadero Enrique Fraga, criador del inolvidable "Fantasma", el jabonero indultado en la México por Diego Ventura, y también de una de las corridas más bravas de la propia temporada capitalina 2018-19. Fraga refirió la historia de "Fantasma" y lamentó el absoluto olvido en que se tiene al aficionado, y la paulatina desaparición de la fiesta de la escena pública.

La segunda plática, este jueves 4, correrá a cargo del comentarista Juan Antonio Hernández en el marco de sentido homenaje a Héctor Budar, fundador de “Los Toros Hablados” hace más de medio siglo; el tema "Torerillos de la legua", que está basado en el libro autobiográfico de Budar, titulado "Seda, hambre y sol". Y una semana después, el día 12, el ganadero Sabino Llano Bretón cerrará el ciclo hablando de Tenexac, patrimonio mixto, una charla acerca del valor patrimonial tanto de la sangre brava que cría con esmero como de la hermosa hacienda colonial, sede de su ganadería.

Las charlas se llevarán a cabo en punto de las ocho de la noche en "La Tocinería", que ocupa una de las casonas más antiguas del centro histórico (2 Sur 904). Y, dado lo que se ve en el ruedo, constituyen el intento más serio por la supervivencia de la tauromaquia que actualmente existe en Puebla.

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