Alcalino.- La temporada en La México. Pobre balance

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Mucho se ha discutido acerca de si el desarrollo actual del toreo corresponde a su etapa de máxima perfección técnica y estética, o se trata más bien del engañoso amaneramiento que anuncia la decadencia de cualquier género del arte en fase terminal. La clave, en nuestro caso, habrá que buscarla en el toro. Y, por supuesto, en la respuesta de la gente a ese aparente esplendor formal, huérfano de la emoción que nace de lo imprevisto y nuevo que está en la esencia más honda de las manifestaciones artísticas.

Y es que cuando hay un toro en la arena –lo que cualquier buen aficionado entiende por un toro: la edad, la integridad, la casta, la viva sensación de riesgo--, todo lo que allí ocurra, durante ese diálogo “imposible” entre hombre y bestia, adquiere un valor fundamental. Los dos siglos y medio que dura ya la corrida moderna lo atestiguan. Con un auténtico toro de lidia en la arena, buscar la perfección de las formas toreras es casi una quimera. En cambio, puede brillar el toreo, al desnudo y en su propia salsa. Y es entonces, sólo entonces, cuando florece en toda su grandeza lo que nació como ruda pugna antes de evolucionar hacia formas arrebatadoras e inesperadas de creatividad y belleza. Con el arte como premisa mayor y la muerte en permanente asecho.

Fue precisamente ese cuadro singular, su apasionante espera, lo que justificó la aceptación masiva de la fiesta brava como un arte popular, en confluencia masiva de ricos y pobres, cultos e iletrados, y como tema de polémicas interminables, de literatura buena y mala, mentirosa o sublime, y de obras de arte de todo tipo cuyo motivo central ha sido el toreo. Algo que no puede presumir ningún deporte de competencia de los que actualmente inundan el ocio ciudadano. La corrida es cosa muy diferente, allí el artificio puede dar paso en cualquier instante a la tragedia. Y es esa diferencia lo que le otorga su más hondo sentido humano, imposible de encontrar en cualquier otro espectáculo.

La pregunta que hoy late es si esa extraña maravilla aún puede suceder una tarde cualquiera o pertenece ya a un pasado irrecuperable. Y la única respuesta la tiene el toro, en toda su integridad y realeza. Porque si así fuera, y si fuésemos capaces de transmitirlo en toda su verdad a un público apegado al consumo de lo artificioso y vano, mucha gente volvería los ojos hacia la fiesta brava y su decadencia podría revertirse.

Lo indiscutible es que ese retorno al buen camino tendría que empezar por tardes y faenas como las de José Mauricio en la octava corrida de la temporada capitalina.

Faena de garra. De garra y de guerra, así fue la azarosa lidia de “Malagueñito” de Barralva, con el que Mauricio dio un vuelco a su carrera y a la lánguida serie otoñal de la Plaza México. Lejos de la faena perfecta, tuvo la virtud de mantener en vilo al escaso público. Porque con aquel castaño veleto, agresivo, indómito, este diestro ya no tan joven, vestido de azul pálido y oro, nos devolvió toda la emotividad que da la bravura cuando se junta con la decisión de un torero con hambre de ser y trascender.

José Mauricio lleva años intentando ocupar un sitio que las circunstancias –léase empresas, prensa y medio taurino en general-- le han negado sistemáticamente. Y eso que a su paso por Insurgentes dejó faenas como la de “Azucarero”, otro barralva encastado, no tan entero y codicioso como “Malagueñito” y bastante más noble (25.01.09). Excepcional por clase y estructura, aquella faena sí rozó la perfección. Y sin los alcances emocionales de la del domingo pasado, demandaba mayor atención de la que tibiamente recibió, metida la empresa en su círculo vicioso de figurines foráneos, y fija la publicrónica en la parvada de promesas horneadas en las escuelas de tauromaquia españolas a las que, por razones de economía personal, José Mauricio ni siquiera soñó con acceder. Así, entre más sombras que luces, fue discurriendo a través de los años la trayectoria del elegante espada capitalino, sin que tampoco le aportaran mucha luz tardes como la del 8 de enero de 2012 en que cuajó dos buenos toros de La Estancia. Algunas orejas más pasearía en la México, pero es ya tan escasa la significación que tales trofeos conservan –por abaratamiento y dilapidación—que de poco le sirvieron. A cuentagotas, entre altibajos explicables por lo poco que toreaba, sin dejar de confirmar su clase y posibilidades, José Mauricio no acababa de dar el estirón, el golpe rotundo. Ese que el domingo anterior hizo resonar de manera contundente.

En realidad, los que lo habíamos visto este año en Apizaco con un corridón de Magdalena González, o en la feria de Huamantla, de la que fue triunfador absoluto, sabíamos que estábamos ante un torero más maduro, poderoso y resuelto, su buen estilo de siempre más afinado y puro. Para su fortuna, al comparecer nuevamente en la México pudo explayar su vena más artística a favor de la suave embestida de “Clavellino”, el primero de su lote, y pese a que lo mató muy mal lo llamaron a dar la vuelta al ruedo.

Pero “Malagueñito” fue otra cosa –castaño claro, veleto de cuerna, seco y codicioso de estilo, 468 kilos de pura casta—, y José Mauricio tuvo que apelar a todo su saber y decisión para que aquel huracán astado no lo desbordara, a sabiendas de que tal vez estaba ante la última oportunidad de su vida. Al menos esa fue la sensación que transmitió al tendido su enjundiosa manera de doblarse con un animal que se revolvía con celo y lanzaba afiladas tarascadas en cuanto sentía la tela al alcance del pitón. Como es lógico, la faena topó con la suma de escollos que plateaba una verdadera fiera, poco picada además, y que lejos de mejorar su embestida con el trazo imperioso de los derechazos y naturales a que se veía obligado fue incrementando su agresividad, tanto que, al primer descuido del torero, le levantó los pies del suelo, sin mayores consecuencias. Recurrió entonces Mauricio al toreo de dominio, doblándose vigorosamente con “Malagueñito” entre un alud de derrotes, y consiguió aquietarlo y hasta esbozar un desplante rodilla en tierra a corta distancia de los belfos. Como remate, dejándose ver, se volcó sobre el morrillo en un estoconazo de toma y daca, del que salió nuevamente revolcado y con sensación de cornada grave. Por fortuna los pitones del de Barralva sólo alcanzaron a desgarrarle la taleguilla y este nuevo José Mauricio pudo volver, deshaciéndose de las asistencias, para recoger, con gesto enrabietado y lágrimas en los ojos, las orejas del bravísimo castaño, saludadas con el coro de torero-torero, una turba incontenible invadía la arena para pasear en hombros al triunfador.

Hasta en ese detalle final, la del domingo 15 parecía una tarde de otros tiempos. Falta saber si los que manejan en el tinglado sabrán calibrar el suceso en toda su importancia.

Magro balance. A la altura del octavo festejo de la temporada capitalina, con la primera mitad de su recorrido prácticamente cubierto, hablar de bravura significa limitarnos a tres nombres: Barralva, Reyes Huerta y Jaral de Peñas, con el añadido de algún ejemplar de La Estancia o De la Mora. El resto abona, tristemente, la empantanada senda del post toro de lidia mexicano, con episodios tan lamentables como el de las banderillas negras a un manso de Begoña, y la desastrada enmienda del juez Ramos a medio camino.

En cuanto a orejas cortadas –diez por matadores, una para Diego Ventura—destaca el hecho de que nueve lo fueron para espadas nativos y sólo una para foráneos, la de Morante de la Puebla, autor de una faena bonita pero menor a un teofilito de los que tanto le agradan. En este orejero rubro lleva mano, con cuatro, Joselito Adame, puesto y dispuesto siempre pero sin haber cuajado esta vez algo memorable. Dos cortó José Mauricio, según quedó referido, y una por añadido Juan Pablo Sánchez, Sergio Flores, Fermín Rivera y José María Hermosillo al toro de su inesperada alternativa, y sin que eso le sirviera para ser incluido en el “cartel de triunfadores” que armó la empresa con váyase a saber qué criterios. En todo caso, tales carteles bien pudieron ser dos, habida cuenta de las excelentes faenas de Arturo Saldívar y El Payo, que auténticamente la bordó, aunque la espada les haya negado a ambos lo que llevaba camino de triunfos de dos orejas. Sin material a modo dejó excelente impresión Leo Valadez y no estuvo mal El Galo con el sexto de su tarde de confirmación. Silveti sin avanzar y Luis David sin toros.
De los extranjeros, que según costumbre son el eje sobre el que gira “nuestra” temporada grande, poco hay que decir, si exceptuamos la faena de Ginés Marín al nobilísimo cierraplaza de Fernando de la Mora, mal rematada con la espada. Pues de Pablo Aguado –una completa decepción—a Enrique Ponce –la maestría y el posturismo desvanecidos entre el viento reinante y el que llevaba dentro un encastado reyeshuerta--, ninguno –ni Ferrera ni Perera ni Castella ni Roca Rey-- fue capaz de dejar huella. Lo que no impedirá que vuelvan a la gran cazuela, bajo las condiciones que ellos mismos dicten, faltaría más.

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