Alcalino.- Amenazadas las corridas, el único dique de defensa está en manos de los aficionados

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Toros y afición. Amenazada la continuidad de las corridas, el único dique de defensa está en manos de los aficionados, que no suelen presentar la misma clase de frente organizado que sí utilizan los antitaurinos, potenciados por la facilidad con que los redistas sociales se adhieren acríticamente a causas que suponen “de avanzada” y que, sin necesidad de mayor esfuerzo, promueven la ilusión de estar participando en campañas que les hacen sentirse importantes y de paso moralmente “buenos” y en la avanzada del siglo XXI.

Tauromaquia Mexicana. Lejos de la postura omisa de los taurinos nacionales, que contrasta con el hiperactivismo de la grey abolicionista, el ganadero Manuel Sescosse (Boquilla del Carmen) asumió la iniciativa de formar una asociación en defensa de la fiesta, Tauromaquia Mexicana (TMX), que desde su fundación en 2012, lo mismo promueve la cultura taurina en sus variadas manifestaciones que mantiene una silenciosa pero incesante gestión ante políticos de diversos pelajes, orientada a sensibilizarlos acerca de los valores económicos, artísticos, históricos, ecológicos y éticos de nuestra singularísima tradición, atacada desde el desconocimiento más elemental y el fanatismo animalista por toda esa gente que, acaso sin darse cuenta, actúa movida por valores de raíz anglosajona, que ocultan la voluntad de imponerle al mundo el pensamiento único y la progresiva homogenización cultural que lo conviertan en un mercado sin fronteras donde imperen el consumismo, el gregarismo y la insolidaridad, propósito que más bien ha generado oscurantismo, crisis ambiental y la violencia y el caos que caracterizan al siglo XXI.

Capítulo Tlaxcala. El pasado sábado 9 tocó al estado de Tlaxcala adherirse a esa defensa organizada de la corrida de toros mediante la toma de protesta a los miembros que integran el Capítulo correspondiente de TMX. En presencia de representantes tanto del gobierno estatal (Anabel Alvarado, secretaria de turismo) como de la Asociación de Matadores (Juan Luis Silis), la Unión de picadores y banderilleros (Juan Ramón Saldaña), la de Criadores de Toros de Lidia (Pepe Huerta) y el Instituto Tlaxcalteca de Desarrollo Taurino (Luis Mariano Andalco), Manuel Sescosse les tomó la protesta a un nutrido grupo de tlaxcalteca amantes del toro y su particular cultura, encabezados por el destacado escultor Luis Manuel Flores a título de presidente del flamante Capítulo tlaxcalteca, que hace el número 15 si se suman los estados de la república formalmente integrados a TMX.

Su presidente Manuel Sescosse se congratuló de contar ya con un capítulo en el estado que cuenta con mayor número de ganaderías bravas en el país (37), más de una veintena matadores de toros, hasta cuatro escuelas taurinas y un sinnúmero de novilleros y aspirantes. Agradeció el apoyo expresado por la secretaria de turismo, la cual declaró su fe taurófila y la del gobernador, y exhortó a los presentes –hubo quienes viajaron desde lejos, como las presidentas de los capítulos de Hidalgo y Veracruz, así como Noé Elizondo y Antonio Rivera, que encabezan los de Nuevo León y Yucatán respectivamente--.

Gestiones, vacíos y retos. En breve y jugosa intervención, el presidente Sescosse informó que había comparecido ante una Comisión del Senado de la República para establecer la posición de los taurinos de México en defensa de la continuidad de las corridas, exponiendo la importancia económica y artística de casi cinco siglos de tauromaquia en nuestro país. Pero más allá de la amable acogida que se les dispensó en la Cámara Alta –solamente dos senadores presentes manifestaron una oposición radical a la fiesta--, la delegación de TMX recibió como un duchazo helado la constancia de que, mientras los antitaurinos ya han depositado en el Senado un grueso expediente con argumentos contrarios a la tauromaquia, nuestra contraparte apenas y se ha pronunciado, desaprovechando todo un bagaje de causas y razones por las que la fiesta brava debería permanecer. Inexplicable vacío que urge llenar si no queremos perder el crucial debate.

La voz de alerta de Manuel Sescosse sembraría el germen de la necesaria elaboración de un argumentario que reúna las aportaciones de autoridades reconocidas del pensamiento, la ciencia y el arte en favor de la fiesta brava. Un grupo grande de artistas e intelectuales mexicanos y extranjeros, actuales o pretéritos, cuyo peso específico convenza a los políticos de los valores de la tauromaquia en México y la necesidad de preservarla. Surgió entonces espontánea una iniciativa del ganadero Javier Yturbe para incluso proponer, como posible encargado de la urgente tarea, el nombre de un historiador y cronista presente en el recinto donde la fundación del Capítulo Tlaxcala de la FMX se verificaba.

La corrida. Y del Museo de Arte a la plaza de toros. Aunque la feria de este año en la “Ranchero” Aguilar se prolongará aún en un festival, la última de cuatro corridas la integraba un cartel de espadas banderilleros con seis cinqueños de Mimiahuápam. El coso se llenó de un público entusiasta pero el encierro contribuyó poco al lucimiento, que si en varios momentos se logró fue gracias al empeño y torerismo de los diestros.

La sazón de El Zapata. Uriel Moreno anduvo por el ruedo como por su casa. Y como si en vez de toros con cuajo tuviera delante al carretón de entrenamiento. Dueño de una madurez envidiable, dirigió la lidia con seguridad profesoral, y una serenidad que no perdió al recibir de hinojos a sus dos toros –su larga tiene una contextura técnica diferente a la de los demás toreros—ni al colgar los seis pares de banderillas que compartió con sus alternantes, sobresaliendo el comprometidísimo violín que, muy cerrado en tablas, le colgó a su segundo enemigo, cuyo promisorio empuje inicial se malogró al clavar los pitones en la arena –era “Inolvidable” un cornipaso con leña para cortar el hipo--, girar con todo su peso sobre el cuello y quedar tan resentido de una pata que, al salir del puyazo, se tendió cuan largo era y costó dios y ayuda lograr que se incorporara. Al tercio mortal tan ayuno de fuerza y corto de embestida que mucho hizo El Zapata con hacerlo pasar, extremando la suavidad de su muleta y el dominio de terrenos y distancias; y con el mérito adicional de saber dotar de interés una faena de lucimiento casi imposible, y atizar un estoconazo fulminante de colocación un tanto desprendida que levantó una ovación cerrada, con petición de oreja no mayoritaria.

Ovación que se extrañó a la muerte del abreplaza, “Remembrado”, otro negro listón imponente que evidenció debilidad aún antes del puyacito simulado y hubo que torearlo por nota para que no se cayera. Así lo hizo Uriel mediante una escueta lección de colocación y tino lidiador, luego de mecer su capote en verónicas de acentuado temple, y colocar el mejor par del compartido segundo tercio, rubricado todo de formidable volapié. Sonaron aplausos, pero ni remotamente proporcionales al mérito de la lidia y faena zapatistas. Este toro, por cierto, lo brindó Uriel a su hijo Emiliano.

El oficio de Escribano. Tampoco tuvo el sevillano un lote favorable. A su primero, luego de la larga de rodillas para saludarlo y el variado tercio de banderillas del trío alternante, se lo brindó a El Zapata y procuró alegrarlo con molinetes y carreritas que evidenciaron buen oficio y mejor voluntad. Y tras la estocada entera lo sacaron al tercio. Con el otro, igual de insulso y mansurrón, prologó innecesariamente una faena destinada a la nada. Los tendidos respondieron con un muro de silencio.

Excelente impresión. Muy joven, menudo de cuerpo, templado de muñecas y revelando excelente expresión artística, Leo Valadez, con el lote más propicio –nada del otro mundo--, demostró poseer un valor y una inteligencia torera que pueden llevarlo lejos. No le arredraron los pitacos veletos del cárdeno nevado que echó por delante, pues lo recibió de hinojos y le bordó un quite por crinolinas que hizo sonar la música. En el tercio de banderillas El Zapata cuajó su par monumental, que le resultó impecable, y Leo un cuarteo muy bien reunido. Y tanto con éste como con el desaforado cierraplaza –un negro mulato con 560 kilos—, cuajó par dos faenas distintas, cada una adecuada a las facultades y características de “Mori” y “Estrella de Luz”, tan bien estructuradas que ambas fueron a más aunque sus adversarios fueran yendo a menos. Al primero lo pinchó, lo descabelló y dio la vuelta al ruedo. La muerte del sexto fue rápida pero el espadazo sumamente defectuoso. Tanto que el juez debió ahorrarse los trofeos en vez de cederlos alegremente.

Orejas. Existe tal liberalidad para otorgarlas que las reseñas bien podrían omitir su mención para no acabar de desinformar a la de por sí desorientada afición. Si la oreja del cuarto fue protestada, las dos del sexto debieron serlo. Y aunque se aplaudiera algún toro en el arrastre, se imponían cuatro pitas para los de El Zapata y Escribano, y piadoso silencio para tercero y sexto. Además de mansa, la corrida fue muy dispar de presencia, ninguno de trapío realmente bello y la mayoría destartalados, débiles y mansurrones.

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