Aguado , una flor en el desierto

( La foto es una cortesía del diario valenciano Las Provincias )

Leo Las Provincias , portales de toros, oigo comentarios de radio y todos coinciden en que lo de Pablo Aguado en Valencia es viento fresco, es una bocanada de aire puro en el toreo que está trajinado por los mismos y las mismas sin que surja el duende, el misterio, los vellos de punta, el saltar del asiento, la exclamación sonora de esa felicidad que da el buen toreo, ese que no se puede describir , ese que está en lo clásico, en Belmonte, en Ordóñez, en Joselito, en Camino, en El Viti, en Teruel. en el reposo de Cáceres , en la cadencia de Curro, en el misterio morantista, en el decantado toreo del Ferrera de aquí y ahora, o la explosión de Rincón.

El culto Andrés Amorós : En la segunda corrida de la Feria, las reses de Alcurrucén resultan muy nobles. Sólo Pablo Aguado las aprovecha: corta una oreja, pierde por la espada la puerta grande pero deja una excelente impresión. Poco para lo mucho que hizo el toreo sevillano pero la crítica, respetable, es así a veces : escuela.

Aguado es de Sevilla donde los paren a mares para la gracia y el salero. Pero la quietud, la pausa, las formas cuidadas, el fondo del muletazo?, Ah, sí también lo tiene el hispalense.

José Luis Benlloch se contiene en el elogio pero Fernandez Caballero desparrama el ditirambo : ¡Qué parsimonia en el trazo! ¡Qué sosiego en los embroques! ¡Qué calma a la hora de vaciar! ¡Qué reposo al salir de las series!

¡Qué parsimonia en el trazo! ¡Qué sosiego en los embroques! ¡Qué calma a la hora de vaciar! ¡Qué reposo al salir de las series!.

Y vuelvo al valenciano Benlloch : El nombre de la tarde fue Pablo Aguado. Un sevillano de cuna y de escuela. Estilo que al contrario de lo que cabía suponer no abunda ni siquiera en aquella tierra. Y le hacía falta a Sevilla un torero de ese corte. De esos como este Aguado, que hacen de la naturalidad arma incontestable, de los que apuestan a la gracia sin practicar la huida rompiendo la división que hizo el maestro Pepe Alameda. Ya se sabe que estamos en tiempos de transversalidad, será eso, y no necesariamente se tiene que ser de izquierdas o de derechas, artistas o valientes, actualmente cabe torear bonito y hondo a la vez, entregarse sin aparente esfuerzo, lucir palmito de artista y tener lo que hay que tener para quedarse quieto y mecer los trastos con parsimonia. Todo eso supone torear sin retorcerse, eso tan al uso y que en no pocos momentos lleva a la confusión, de tal manera que uno no sabe si están toreando o echándose sacos de cemento a la espalda, ejercicio que acompañan de voces de lo más estentóreas, ¡Ja, jo, ja!...

Nada de eso ocurre con Aguado, su toreo tiene un punto de silencio y el mérito de que le ves torear y entiendes que está toreando, ves que no hay esfuerzo pero entiendes que aquello no es fácil ni está al alcance de muchos, más bien de muy pocos. Y eso por mucho que despotriquemos sobre si la afición actual sabe o no sabe, cuando surge, la gente ruge, entonces sí de forma estentórea y se hace cómplice del toreo natural y de buen gusto. Ayer mismo se comprobó, transcurría la tarde de manera anodina, en esos parámetros del voluntarismo tan actuales, pases y más pases, unos buenos, otros mejores, otros regulares, diría que ninguno malo pero monocordes. Las faenas y la tarde avanzaban sin que se apreciase comunicación alguna. Los toros embestían correctamente, los toreros insistían, el público lo agradecía, hasta les aplaudía, seguramente porque tocaba aplaudir, pero apareció ese Aguado y sin inventar nada, solo toreando con naturalidad, con pausa, sin aspavientos, cambió todo. Lo hacía como si no quisiera vender nada, sabedor de que todos queríamos comprar aquel toreo novedoso que, en realidad, es el toreo de siempre. La muleta cogida con mimo, dos dedos, en su caída natural, ni atrás ni groseramente adelante, nada parecía precocinado de tal manera que cada muletazo era consecuencia del anterior, y claro, se encendieron las vías de comunicación y el público asentía feliz ¡eso sí! ante lo que para muchos de ellos era un descubrimiento.

Si es así, y asi debio ser, y asi ocurrió, bienvenido ese viento fresco de Aguado. Es el nombre de la jornada.

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