100 años de la alternativa de Igancio Sánchez Mejias

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“Vamos a hablar de Tauromaquia que es la ciencia del toreo y del toreo que es la ciencia de la vida. Saber torear es saber vivir”
Ignacio Sánchez Mejías, Universidad de Columbia, Nueva York, 1929

Sánchez Mejías toreó con Gallito la fatídica tarde de 1920 en Talavera de la Reina y dio muerte a Bailador, el toro causante de la muerte del Rey de los Toreros. Él había organizado una reunión entre Joselito y el crítico Corrochano para que mediaran sus diferencias, cuya consecuencia fue esa corrida como un intento para apaciguar al virulento periodista que desde tiempo atrás atacaba mordazmente a su cuñado. Hay una fotografía desgarradora en la que se observa a Ignacio inclinado sobre el cadáver de su cuñado, apoya su mano derecha en la cabeza del torero muerto y con la izquierda sujeta su desazón. La imagen es el reflejo de la muerte –la cara de Gallito– y del dolor –la cara de Ignacio.

La alternativa de don Ignacio fue en BARCELONA CON GALLITO DE PADRINO Y BELMONTE DE TESTIGO . EL TORO SE LLAMÓ " BUÑOLEDRO ".

El torero afirmó en la conferencia en los Estados Unidos que “mientras los seres humanos hablen tranquilamente del número de hombres que cada nación puede matar en un momento determinado, hablar de la crueldad de las corridas de toros es ridículo. Dentro de las crueldades humanas no se puede tomar nada, ni un pequeño detalle de algo que compita en belleza con la realización artística del toreo” (Sánchez Mejías, 2000, pp. 58-59). Más adelante aseveró que:

El toreo no es una crueldad sino un milagro. Es la representación dramática del triunfo de la vida sobre la muerte y aunque algunas veces, tal como en la tragedia griega, mueran el toro o el hombre, el contenido artístico de la lidia brilla sobre el instante y perdura por los siglos. Es el pueblo el que quiere ser torero porque quiere vivir, es el que quiere torear porque quiere hacer milagros(Sánchez Mejías, 2000, p.65)
Al hacer la analogía de la vida y la muerte, Sánchez Mejías también recurrió al carácter místico y profundamente cristiano de las corridas de toros, para ello narra un milagro de Santa Teresa de Jesús y lo explica de la siguiente manera:

En este milagro, verdadero milagro atestiguado, Santa Teresa de Jesús no hizo más que dar un buen pase de muleta. Un pase de muleta no al toro que embiste sino al dueño del toro, al demonio. Porque el toro es el verdadero demonio y para librarse de él hace falta hacer la cruz con la muleta y el estoque, obligándolo a humillar la cabeza y hundirle la espada en el morrillo, matarlo. Matar al toro es matar a la muerte y al demonio (Sánchez Mejías, 2000, p.64).

Fue mas que un torero, un hombre universal a quien no se le escapó casi nada en su vital existencia, pues adherido a su tiempo escribió obras de teatro, fue amigo de Lorca y Alberti, los llevó a Sevilla y a él se le debe que haya nacido lo que conocemos como " La generación del 27 " , presidente de la cruz roja, del Betis balompié, su nombre está unido al desarrollo de la aeronáutica en España.

Un toro le infirió una cornada en Manzanares en agosto dde 1934, lo llevaron a Madrid, murió y su amigo García Lorca lo inmortalizó con ese "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías "

"...A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde...."

Quisiera aportar esa faceta literaria de uno de los iconos de nuestra tauromaquia.

Joselito “el Gallo” murió en Talavera de la Reina el 16 de mayo de 1920. En el toreo, hay un antes y un después de esa fecha. Si alguien representa esa transición es precisamente su cuñado, Ignacio Sánchez Mejías (1891-1934).

Hijo de un próspero médico de Sevilla, de niño se hizo aficionado jugando al toro con los Gallo, Rafael y José. Su padre quería que estudiara medicina, pero Ignacio era un aventurero. Huyó a México cuando aún era adolescente. Trabajó como mozo de cuadra en una hacienda en donde pasteaba un encierro de Miura que había importado su hermano Aurelio, previamente establecido en México (Gil, 1934). Posteriormente actuó como subalterno y debutó como novillero antes de regresar a España en 1911, colocado en la cuadrilla de Fermín Muñoz “Corchaito”(Cossi?o, 2000).

Entre 1911 y 1918 alternó el oficio de banderillero con el de novillero. Actuó en las cuadrillas de las figuras de la época como Machaquito, Cocherito de Bilbao, Rafael “el Gallo” y hasta de Joselito. Tenía conocimiento, poder y valor en la brega y con las banderillas poseía habilidad para clavar en cualquier terreno con prontitud y con arte(Cossío, 2000).

En 1915 se casó con Dolores Gómez Ortega, con lo que se convirtió en cuñado Gallito, su ídolo y gran amigo. Fue precisamente Joselito quien le dio la alternativa en Barcelona el 16 de marzo de 1919 con toros de los hijos de Vicente Martínez. El escritor Ventura Bagüés, "Don Ventura" dijo de él:

Este torero ha traído algo nuevo a la fiesta de los toros: la exageración del peligro; más aún: la creación del peligro. Una y otra tarde se ha complacido en llevar a los astados a los terrenos más peligrosos, para exponer más. Cuando no podía haber emoción, la ha buscado él; ha procurado que la hubiera, inventado el peligro (citado en Cossío, 2000, p.21).

Sánchez Mejías toreó con Gallito la fatídica tarde de 1920 en Talavera de la Reina y dio muerte a Bailador, el toro causante de la muerte del Rey de los Toreros. Él había organizado una reunión entre Joselito y el crítico Corrochano para que mediaran sus diferencias, cuya consecuencia fue esa corrida como un intento para apaciguar al virulento periodista que desde tiempo atrás atacaba mordazmente a su cuñado. Hay una fotografía desgarradora en la que se observa a Ignacio inclinado sobre el cadáver de su cuñado, apoya su mano derecha en la cabeza del torero muerto y con la izquierda sujeta su desazón. La imagen es el reflejo de la muerte –la cara de Gallito– y del dolor –la cara de Ignacio– (ver imagen 2).

El escritor y periodista Nicolás Salas afirma que la muerte de Gallito marcó profundamente a Ignacio y que, a partir de entonces, “en lo más íntimo de su ser quiere morir en la plaza” (Ortuño, 2008). Se convirtió en un torero con un valor asombroso, casi temerario. Por su formación como subalterno en las mejores cuadrillas de la época, era magnífico en la brega y uno de los mejores banderilleros, tenía una gran personalidad definida especialmente por su valor (Lyon, 1984). El historiador Nestor Luján dice que “era un caso patológico de valor (…) su valor fue sencillamente aterrador” (citado en Lyon, 1984).

En 1920 toreó 90 corridas. Después viajó a México para escenificar una inolvidable rivalidad con Rodolfo Gaona. Los siguientes años volvieron a ser años de muchas corridas y de triunfos en México y en España. A pesar de ello, el público –el mismo que lo había visto torear al lado de Gallito– le negaba que ocupara el trono del toreo. Corrochano dijo que “Ignacio no era el nuevo Papa… era el guardián del Vaticano” (citado en Hermoso, 2018). Romero (2000) describe esos años de Ignacio como de combate: contra los toros, en faenas de vibrante valor, pero también contra el público que le era permanentemente adverso.

Sánchez Mejías permaneció en la cabeza del escalafón hasta 1927, temporada en la que decidió despedirse (Romero, 2000). Su mente estaba ya en otra de sus aficiones, principalmente en la literatura. En su despedida, el poeta Rafael Alberti hizo el paseíllo vestido de luces como parte de su cuadrilla. José María de Cossío escribió al respecto:

Con todo, los que conocíamos la intimidad de su pensamiento, veíamos claramente cómo la inquietud de su espíritu le llevaba a alejar su interés del toreo. Para Sánchez Mejías podía constituir un estímulo la lucha; pero éste cesaba en cuanto sobrevenía la calma inherente al triunfo. Siempre había tenido aficiones literarias, y el trato con las más caracterizadas figuras de las Letras, y muy especialmente de las más jóvenes, había de llevar su interés hacia el cultivo de la literatura, nuevo género de lucha que le seducía ya más que la vencida de los toros (Cossío, 2000, p.26).

El año 1927 marcó no sólo a Sánchez Mejías sino a la literatura. Además de su despedirse de los ruedos, Ignacio impulsó y apoyó económicamente el acto en el Ateneo de Sevilla en conmemoración del tricentenario de la muerte de Luis de Góngora que sirvió de acta fundacional para un grupo de poetas que querían manifestar su rebeldía y crear un lenguaje nuevo. Se cree que sin Sánchez Mejías la Generación del 27 no hubiera existido(Belausteguigoitia, 2008), pues fue él quien convocó a García Lorca, Alberti, Cernuda, Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Bergamín y demás jóvenes escritores que conformaron aquella generación (Hermoso, 2018). Además, animado en su papel de mecenas, ofreció su casa para que se hospedaran los poetas (Garcia-Ramos and Narbona, 1988).

Siempre estuvo interesado en la literatura . Como torero, escribía sus propias crónicas. En 1928 estrenó Sinrazón, una obra de teatro sobre el psicoanálisis y en la que dio a conocer a Freud en algunos círculos españoles. El mismo año presentó Zaya, una comedia en tres actos en donde plantea el vacío que supone para un matador vivir lejos de los ruedos.

Pero, para nosotros, el momento cumbre de su vida intelectual fue la conferencia que dictó en la Universidad de Columbia en Nueva York en 1929. Lo presentó Federico García Lorca –por cierto, fue la primera vez que Federico habló de Ignacio Sánchez Mejías–. La presentación es perfectamente actual; y aunque fue dicha hace más de 89 años, es una breve descripción que podría suscribirse hoy día: “La única cosa seria que queda en el mundo es el toreo, único espectáculo vivo del mundo antiguo donde se encuentran todas las esencias clásicas de los pueblos más realistas del mundo. Yo con alegría le doy la alternativa en esta Plaza de Nueva York a Ignacio Sánchez Mejías” (citado por Manolo Molés en Ortuño, 2008).

En la conferencia en la Universidad de Columbia, Sánchez Mejías explicó lo que era la tauromaquia por su relación alegórica con la lucha entre la vida y la muerte (Romero, 2000). Recitó los elementos esenciales de la lidia y utilizó, como parábola, a Don Quijote y Sancho Panza, para develar sus significados.

Sánchez Mejías reivindicó el toreo desde una de las más importantes universidades en los Estados Unidos, para ello intentó liberar a las corridas de la acusación de crueldad. Según Ignacio Sánchez Mejías lo que para un extranjero podría representada una crueldad repugnante, para el aficionado no son sino momentos necesarios y fugaces de una unidad completa y trágica (Romero, 2000).

En este milagro, verdadero milagro atestiguado, Santa Teresa de Jesús no hizo más que dar un buen pase de muleta. Un pase de muleta no al toro que embiste sino al dueño del toro, al demonio. Porque el toro es el verdadero demonio y para librarse de él hace falta hacer la cruz con la muleta y el estoque, obligándolo a humillar la cabeza y hundirle la espada en el morrillo, matarlo. Matar al toro es matar a la muerte y al demonio (Sánchez Mejías, 2000, p.64).

Sánchez Mejías intentó explicar a su audiencia de Nueva York que la tauromaquia no es ni una diversión frívola, ni siquiera, una competencia deportiva entre hombres y animales, sino una “formación de alta cultura, una elaboración iniciática, un conocimiento que no es otro, en el límite, que la ciencia de la vida” (Romero, 2000, p.39). Esta conferencia en la Universidad de Columbia es hoy más vigente que nunca. La fiesta brava interpretada en las palabras de Sánchez Mejías –explica el sociólogo Pedro Romero de Solís– “se convierte en el símil más dramático de la construcción consciente de la vida, de la técnica más alta y depurada para la conquista de la plenitud del ser del hombre” (Romero, 2000, p.43).

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