Viñetas de aniversario en la pluma de Horacio Reyes Ibarra

El aniversario 71 de la Plaza México se conmemoró con un par de corridas que reunieron, entre las dos, cerca de 60 mil personas en sus graderíos. Por fin, la afición pudo dar su visto bueno a la nueva empresa señalándole a su vez el camino a seguir. El calor de la fiesta subía del ruedo al tendido y bajaba como catarata de exclamaciones jubilosas, pues el menú que se cocinó en la gran cazuela resultó muy del gusto de los comensales, más numerosos el mero día 5 que la víspera, en la despedida de El Zotoluco. Tan bien salieron las cosas que ni quien se acordara de nuestra vergonzosa hispanodependencia taurina y menos aún del dichoso super bowl, la bestia negra de la escurridiza empresa anterior.

La sombra del Super Bowl. No obstante, toda la fuerza mediática se inclinó, cómo no, por la final de la NFL escenificada en Houston para solaz de la fanaticada gringa y sus incontables gregarios mexicas, con la bendición y los twitts de Mr. Trump a la cabeza. Para subrayar su condición de suceso del día, la CDMX –denominación-engendro del político en turno— organizó un minimaratón por las calles de la ciudad, cerradas unas horas al tráfico vehicular para estorbo de muchos aficionados al toro. En obediente concordancia, el espacio mayor en noticiarios y portadas de diarios --deportivos y generalistas-- estuvo dedicado al super bowl y sus mínimas peripecias. Datos éstos muy de tomar en cuenta a la hora de repasar responsabilidades, tanto gubernamentales como mediáticas, ya que ni siquiera en las actuales circunstancias de desprecio explícito a nuestro país y su cultura quienes detentan tales cargos son capaces de apearse del burro.

Cualquier cosa antes que contrariar a los amos del mundo.

El Zotoluco y Ponce. Al esforzado Eulalio se le despidió con afecto, como correspondía, sin parar mientes en su evidente declive, que en la tarde postrera lo hizo andar a brincos con sus menguados oponentes, un querer y no poder en que llevaba años estancado.

Naturalmente, Enrique Ponce aprovechó la coyuntura para darse un auténtico agasajo, sabedor de que la México todo le aplaude y, llegado el caso, todo le perdona. De nuevo anduvo como por casa, ya sea toreando a placer o zaragateando lo suyo, en la seguridad de que ésta es para él una plaza rendida de antemano. De modo que no tuvo inconveniente en embarcarse una vez más en esos trasteos exhaustivos, de mucho insistir y sobar a reses aplomadas y sin malicia hasta conseguir alguna tanda relativamente cabal previa a su gimnástica poncina, segura garantía de delirio febril en los tendidos. Así desorejó a su primero, y si no repitió trofeos con el cuarto fue porque se le calentó el brazo pinchando, lo cual no impediría que lo llamasen a recorrer en triunfo el anillo. Y al sexto descansó, mejorando al supremo hacedor. Ya fuera porque el bichejo movió la oreja o por simple gentileza hacia su alternante en ocasión tan señalada.

Al final, ambos compartieron la salida en hombros como buenos cuates.

Morante y “Muchacho”. Contra todo pronóstico en artista tan desigual, el de la Puebla hilvanó su tercera salida en hombros consecutiva del coso de Insurgentes. Esta vez, la cumbre de José Antonio llegó con un castaño pastueñito y paliabierto, 4º en la corrida de aniversario. Fue una faena larga a un típico post toro mexicano, corto de casta y energías, al que primero le corrió la mano con primor y luego aprovechó la sosería de un bicho que ya no pasaba para adornarse sobre piernas con abundantes abaniqueos y remanguillés, y hasta con una última tanda de naturales de frente que por aroma, pureza y sentimiento fueron el colmo de la sevillanía. No pasarían de tres o cuatro pero valieron por todas las faenas triunfales de quienes usted guste y mande.

Una estocada en el rincón puso en sus manos las dos orejas del teofilito colorado aquel.

El Juli y “Don Marcos”. Estaba Julián que se salía, loco por dar réplica a Ponce, a Morante y al lucero del alba si fuera preciso. Y aunque la oreja de su primero la perdiera por vía de artero chalecazo, con el 5º no perdonó. Hasta se inventó dos ampulosos quites –cordobinas y zapopinas-- tras el puyazo simulado de rigor. Y en su faena al anovillado y docilísimo cárdeno prodigó diablura y media desde los cuatro cambiados por la espalda del inicio. Iba y venía el teofilito y corría la mano El Juli con la muleta tan baja que algún molinete se lo sacó a la altura del tobillo. Lo mejor llegó por los adentros, cuando “Don Marcos” se rajó de plano y el madrileño, sin mover más que el engaño, su cuerpo como eje de embestidas apenas insinuadas, le sacaba la ondulante flámula ya por delante, ya por detrás, ligando incluso par de lentísimas dosantinas terminadas en sutiles trincherazos. La plaza trepidaba. Y si al final no le pidieron el rabo del cardenito fue porque ese tipo de astados no inspiran el menor respeto, ni en la arena ni tendido arriba.

Lo que no impide hablar de una cátedra de toreo creativo y mandón… ante un post toro de lidia mexicano apacible y mansito. Y mientras tanto la emoción real, el equilibrio indispensable entre el potencial del toro y el del torero, ya puede irse de paseo.

Luis David y la gente. La confirmación del hidrocálido, tras los percances y dificultades que primero la pospusieron y luego la pusieron en duda, no contó con la expectación ni con la bravura apropiados. El de la ceremonia, “Cántabro”, fue acaso el único que embistió con cierto picante del menguado sexteto teofilista. Pero era demasiado chico y cariavacado para tomarse en serio. Y Luis David estuvo con él muy pulcro pero excesivamente académico. Como es de los que no torean a la gente sino al cornudo se lo pasó siempre por la faja, templando a ley y rematando limpiamente cada pase; pero la gente, recién llegada al coso, apenas le otorgó calificación de aprobado. Y una modesta salida al tercio.

Visto lo cual, habrá que ponerle un asterisco a la calidad de futura figura grande que aquí hemos aventurado para Luis David. Y no por causa del  joven, que sigue teniendo pinta de torerazo, sino por la cortedad de miras de quienes tan tibiamente lo manejan.

Zapopinas. Miguel Ángel Martínez, diestro tapatío de florido capote y fértil imaginación, le dio su sobrenombre --que es el nombre de su pueblo natal—a esa especie de cambio que los toreros antiguos daban arrodillados y El Zapopan ligaba como quite a pie firme. El Juli conoció tal lance de novillero y no tardó en llevarlo a las plazas, usurpando incluso su denominación original. Y el día 5 lo vimos por partida doble, en el primer toro con Luis David Adame y en el 5º por el propio Julián. Y pudimos advertir cómo las dos versiones diferían: mientras el hidrocálido hacía el trazo capoteril más cerrado y permanecía patijunto y estatuario hasta la consumación del lance, el madrileño daba más amplio vuelo al percal y echaba la embestida hacia afuera mientras simulaba cargar la suerte con la pierna de la salida. De más está aclarar qué ejecución encierra más autenticidad y riesgo.

Aunque El Juli, viejo zorro, cerró en grande su intervención dibujando suavísima media verónica frontal. Y en su quite anterior había dado a la también mexicana cordobina un aire imperial de trincherazo… muy bonito pero sin embraguetarse  en absoluto.

El juez Ramos y “Don Marcos”. Para toda la plaza, el 5º del boyante desfile teofilesco fue un torito que pasó sin asomo de malicia por ambos lados hasta que, aburrido y renuente, decidió volver grupas y refugiarse en tablas. Un manso rajado en resumidas cuentas, muy dócil, eso sí. Por eso, cuando Jorge Ramos ordenó la vuelta al ruedo para aquel simulacro de toro de lidia, una pita generalizada acompañó el improcedente paseo de los consabidos percherones en torno a la barrera, llevando a rastras los despojos de “Don Marcos”.

Jueces así, que ni a malos aficionados llegan, son una de las causas de la decadencia de nuestra tauromaquia, y de la ruina moral de una plaza que llegó a ser señera.
La nueva Constitución nos ampara. Rebuscando entre los fárragos del texto constitucional que una nube de neopolíticos al uso acaban de asestarle a la ciudad de México encuentro que el artículo 13, en su inciso D, intitulado Derechos Culturales, afirma lo siguiente : “Toda persona, grupo y comunidad gozan del derecho irrestricto de acceso a la cultura. El arte y la ciencia son libres y queda prohibida toda forma de censura”.

¿No es acaso el toreo una forma refinadísima de arte, propia de la cultura mexicana desde hace siglos? ¿Y no es censura abierta lo que la turba taurofóbica pretende ejercer contra el grupo o comunidad que cultiva el amor por ese arte y su marco natural, que es la corrida de toros? Aquí, en este mandato constitucional, está otro argumento firme para la defensa de la fiesta. Se suma a la exclusividad del genoma del toro de lidia criado en México, un caso de biodiversidad, probada científicamente, que obliga por ley al Estado.          
 

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