Un recuerdo. Ignacio Sánchez Mejias

""""A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde....."

Federico García Lorca

11 de agosto de 1934. Plaza de toros de Manzanares, Ciudad Real. Ignacio Sánchez Mejías viaja hasta la localidad manchega para sustituir a Domingo Ortega, convaleciente de un accidente automovilístico. En el cartel le acompañan, a pie, Armillita y Corrochano, y, a caballo, el rejoneador portugués Simao da Veiga. Ignoraba Mejías que esa tarde, “Granadino”, de Ayala, le abriría las puertas de la inmortalidad.

Lo cierto es que Sánchez Mejías fallecería dos días después de la fatal cogida. Comenzaba a partir de ese momento el luto por un hombre polifacético que protagonizaría el llanto más torero y sentido que escribiera su íntimo amigo el poeta Federico García Lorca.

Del diario Heraldo de Madrid rescatamos algunos fragmentos de la crónica del festejo, publicada el día 13, fecha en la que el torero dejaría de existir. “Primero. Lidia ordinaria. Es negro y dobla muy bien. Sánchez Mejías lo torea por verónicas, muy valiente y es ovacionado al rematar con media muy ceñida. El toro acude con codicia a los caballos y en quites lucen los tres espadas”. Al comenzar la faena “Sánchez Mejías desafía al bicho, sentado en el estribo, dando un pase escalofriante; al repetir, es enganchado por la ingle y volteado horriblemente, saliendo suspendido y dando la impresión de una grave cornada. Armillita aliña al bicho y, de media estocada, lo termina. En un principio, el aparato de la cogida hizo temer algo fatal”.

El parte facultativo rezaba: “Herida penetrante en la región antero-interna del muslo derecho, de dirección ascendente y de unos 12 centímetros de profundidad. Pronóstico grave”. Además, en la crónica se agrega: “Practicada la cura al diestro, operación que fue larga y dolorosa, y para la que hubo necesidad de aplicar varias inyecciones al herido para reanimarle, ya que la pérdida de sangre había sido grandísima, se logró que cobrase la pulsación normal. Los médicos dicen que, aun cuando la herida es muy profunda, no es de la gravedad que se creyó en los primeros momentos, confiando en que, de no sobrevenir complicaciones, la curación no será laboriosa”. Pero se declaró la gangrena

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