TAUROMAQUIA. Alcalino.- Toreo con mayúsculas

Se trata de conocer al toro: su morfología, su acometividad, su estilo, su fuerza, sus querencias, sus pautas de carácter y comportamiento. Se trata de ir al astado sin titubeos, de desafiarlo en el terreno adecuado y en rectitud a la cuna, ni más acá ni más allá, ni al hilo del pitón –que es precaución admisible solamente con los “pregonaos”—ni demasiado cruzado –excepto, tal vez, para provocar la primera arrancada. Se trata de aguantar la acometida, de irla ordenando, homogenizando con tiento y firmeza, sin castigar de más ni abandonar el mando. Se trata de hacer desde la primera puntada un bordado sin pausa, de convertir la reunión de los dos cuerpos en belleza plástica, de frasear muy clara y templadamente cada verso de cada estrofa dando a cada palabra-pase la entonación precisa. Se trata de separar pausadamente las estrofas sin abandonar el hilo del discurso, armonizando el ritmo y la medida, el fondo y la forma, el significado y el significante. Y se trata de darle conjunción, unidad y sentido al conjunto de lo toreado, otorgarle rango y sonoridades de poema.

Se trata, en suma, de torear de verdad y con mayúsculas. Cuando se torea así, el toreo es poesía y el toro instrumento del arte. Eso a lo que el torero auténtico –y el ganadero responsable, y el aficionado cabal-- debieran aspirar permanentemente.

JOSE TOMAS

En la corrida guadalupana, el de Galapagar persiguió con denuedo ese ideal sin ceder a efectismos, amaneramientos ni toreografías. No la tuvo fácil, porque “Brigadista”, de Jaral de Peñas –precioso retinto aldinegro y bociblanco, engatillado de cuerna, que tuvo fijeza y humillación y provocó un tumbo espectacular, propiciando el elegante saludo patijunto de JT y un ceñidísimo quite por gaoneras asombrosamente estáticas y estéticas--, llegó muy quedado y hasta probón al último tercio, sin malicia visible pero con cierta tendencia a vencerse y puntear por el pitón zurdo, algo bizco.

Luego de brindar al público y siempre en los medios, donde se mantendría durante toda la faena, José Tomás la inició con hieráticos ayudados por alto, y la fue desarrollada en redondo por ambos pitones, en estrofas separadas por las pausas que pedía el agotado y remiso animal. Dicho así, pareciera una faena de tantas. Contemplada in situ, se trató de una estupenda aproximación al poema descrito líneas atrás. Por la exactitud de los cites, centrado el diestro en la propia cuna y perfectamente cuadrada la muleta; por la manera suave y persuasivamente imperiosa de embarcar la embestida; por la despaciosidad para conducirla y vaciarla y ligarla a la siguiente y a las demás de cada tanda, prácticamente sin pasos entre los pases y sin romper el hilo unitario de las series, llevando al toro más lentamente cada vez, y separando cada estrofa con remates de torera sobriedad. Gracias a una sabia administración de tiempos y movimientos, la faena fue adquiriendo cadencia, ritmo y estructura hasta que media docena de ayudados por alto solemnizaron su cierre, antes de que se produjeran el desalentador pinchazo y un defectuoso espadazo trasero que tardó en surtir efecto, acusando los quince meses que llevaba JT sin vestirse de torero...

EL REGLAMENTO, LETRA MUERTA.

Pero la corrida guadalupana tuvo también un aspecto negativo en la reiterada violación del reglamento en algo tan inmutable como es el respeto a la antigüedad de alternativa, que saltó en pedazos a ciencia y paciencia de la autoridad y de los propios diestros, que siguiendo quién sabe que ocultos propósitos se confabularon para volverle la espalda a la norma universalmente consagrada. Para la publicrónica más abyecta, el responsable único sería José Tomás, en una más de sus “absurdas exigencias” (¡). Lo cierto es que la responsabilidad les atañe a todos por igual --espadas y autoridades--, y que con hechos como éste, lo único que se consigue es acelerar la caída libre del ya escaso prestigio de la México, convertida por fin en esa plaza que Luis Francisco Esplá calificó alguna vez de festivalera y de poca monta.

FABIAN RUIZ

Aunque su debut en la capital ocurrió a finales de la temporada anterior (24.09.67), pertenece a la camada del 68, cuya cabeza más visible fue Curro Rivera, pero que incluía novilleros tan interesantes como Mario Sevilla hijo, Arturo Ruiz Loredo, Daniel Vilchis o el portugués Oscar Rosmano. Aquella temporada chica, en un verano salpicado por los Juegos Olímpicos y la masacre de Tlatelolco, resultó memorable. Era Fabián de pequeña talla pero corazón bien puesto, que crió pronta fama de valiente pero además sabía torear. Y su nombre dio mucho juego al lado de los arriba mencionados, antes de que Jaime Bravo lo alternativara en Tijuana al cederle a “Camaleón” de Zotoluca en presencia de Eloy Cavazos (07.07.69); confirmó en la México ante “Tiburón” de La Laguna de manos del madrileño Dámaso Gómez, alternando con Mauro Liceaga y el rejoneador Pedro Luceiro padre (02.02.69). Una cornada gravísima, penetrante de tórax, en Las Playas de Tijuana, por un astifino ejemplar de Reyes Huerta –en tarde arrolladora de, precisamente, Curro Rivera (julio de 1971)-- influyó notoriamente en su prematura decadencia. No obstante, aún formaría parte del cartel en que se lidió la última corrida del histórico hierro de La Punta en la vieja plaza de San Marcos de su ciudad natal (05.05.72), encierro que pesó en promedio 648 kilos, y al más pesado de cuyos ejemplares, “Candilejo” (de 737) le cortó la oreja. Encabezaba la terna de esa tarde el catalán Joaquín Bernadó con Chuchito Solórzano como segundo espada.

Fabián --que se llamaba en realidad Noé Ruiz Narváez, llegó a actuar en España y hasta radicó por un tiempo en Sevilla--, falleció el miércoles anterior, día 13, en Aguascalientes. Era hermano del cantautor José María “Napoleón” y sus exequias congregaron a un crecido número de toreros, taurinos y aficionados, pues era persona muy estimada.

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