Tauromaquia. Alcalino.- Sobre Patrimonio Cultual Inmaterial

Como la ofensiva taurofóbica no concede tregua, la estrategia urgente del taurinismo nacional debe apuntar a lo más alto: conseguir que la Fiesta sea reconocida como parte de nuestro Patrimonio Cultural Inmaterial. No se trata de una temeridad ni de una utopía: Francia ya lo ha logrado y México tiene razones de sobra para justificar una certificación semejante. El Capítulo II de la legislación de la UNESCO señala las pautas y requisitos a seguir. También la clasificación en categorías de los hechos culturales que pueden aspirar a dicha certificación oficial. Las corridas de toros caben perfectamente en cualquiera de estas dos: Artes del espectáculo o bien Usos sociales y rituales y actos festivos.

Marco normativo. Se crea a partir de la Convención de 2003 convocada por la UNESCO, e incluye criterios de identificación, metodologías e inventarios, además de precisar la jurisprudencia procesal correspondiente. En los documentos oficiales se enfatiza la conveniencia de incluir en los programas de educación formal el conocimiento y transmisión del patrimonio cultural, de preferencia articulada con los temas de derechos humanos y protección del medio ambiente. No se hace mención alguna a unos presuntos derechos animales, circunstancia que ha permitido el registro de tradiciones como la cetrería (caza de aves al vuelo por halcones adiestrados) y el Sanquemón (antiguo ritual italiano que incluye el sacrificio de cabras, arrojadas al mar para propiciar la buena pesca).

La Convención de 2007 agregó a la anterior instrumentos de emergencia, utilizables para el registro expeditivo de manifestaciones que se considere que están en riesgo y son de salvaguarda urgente.

Definiciones y obligaciones. Para la UNESCO, el patrimonio cultural inmaterial debe ser una manifestación viva, vinculada a la identidad de una comunidad bien definida, que en el caso taurino estaría constituida tanto por toreros, ganaderos y empresarios como por aficionados, comunicadores, creadores artísticos, etcétera. Un elemento que se considera esencial es la transmisión intergeneracional a través de un tiempo prolongado (nada menos que cinco siglos en el caso nuestro). Y como toda tradición es dinámica, el inventario de su composición –prácticas, lenguaje, conocimientos, destrezas, seguimiento, actualizaciones y demás—tiene que acotar claramente sus tiempos y espacios de realización, así como sus aportaciones al enriquecimiento de la cultura nacional.

Además, hablar de un patrimonio inmaterial es referirse necesariamente a su desarrollo económico y social. Y será obligación del gobierno asumir la defensa legal de los derechos de la comunidad que lo sostiene, además de elevar a rango de política pública la vigilancia y verificación permanentes de la totalidad, sin excepciones, del patrimonio cultural.

Requisitos. Los requisitos básicos parten de que sea un bien cultural reconocido como tal en función de los valores que representa; que exista una comunidad activa dedicada a la construcción, práctica, evaluación y continuidad intergeneracional del mismo; que cuente con simbología, lenguaje y objetos propios; que quede claramente especificada la noción de sus “buenas prácticas”, en oposición a aquellas que no lo sean; y que se encuadre en alguna de los cinco categorías que la institución multinacional señala.

De manera que el éxito del registro de la Fiesta como Patrimonio Cultural Inmaterial está relacionado con comprobar fehacientemente su apropiación por parte de una comunidad y con sus perspectivas a futuro, de ahí la obligación de incluir en la solicitud a la UNESCO estrategias de seguimiento, evaluación y actualización. Como las comunidades involucradas usualmente no son homogéneas –hay proveedores, emisores, receptores e intérpretes--, se precisa una clara delimitación del papel de cada actor en la trama de la tradición aspirante. Y, en previsión de que pudieran sobrevenir contradicciones y conflictos internos, hay que añadir mecanismos para resolución de los mismos, que velen por la autenticidad del bien cultural en conflicto.

Es importante destacar el concepto de “buenas prácticas” –y en el caso nuestro, el de las desviaciones más comunes de las mismas, con el reglamento taurino como marco de referencia--, a fin de alentar procesos que garanticen el respeto a la autenticidad, dentro de una necesaria evolución, del patrimonio inmaterial de que se trate.

Metodología. La solicitud se debe elaborar holísticamente: describir la corrida en todas sus vertientes como un sistema de interrelaciones, desglosado a profundidad y de manera integral. Esto hace indispensable la participación de equipos de expertos en sus distintos campos, con capacidad para articular dicha descripción detallada en un argumentario global, ajustado a los requerimientos jurídicos de la UNESCO. En el caso francés cobraron especial importancia el Comité Ético y el Científico. Hay que aclarar que el documento final llevaba la firma de absolutamente todos los involucrados en la marcha de la fiesta de toros en el país galo: toreros, ganaderos, empresarios, periodistas, asociaciones federadas de aficionados, así como los alcaldes de todos los ayuntamientos donde hay cosos, sin importar sus diferencias políticas e ideológicas.

Este esfuerzo común del taurinismo francés, y su exitosa culminación en 2011, debiera servir de ejemplo a las aficiones de países donde la fiesta de toros está amenazada. No estaría de más solicitarles copia de la documentación que elaboraron.

Puntos fundamentales. En México, la posible inscripción de la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial cuenta, de inicio, con bases argumentales muy sólidas, que lógicamente habría que trabajar a fondo. Son las siguientes:

1) Se trata de una tradición regularmente transmitida de generación en generación desde 1526 (V Carta de Relación de Hernán Cortés); en cuanto a la corrida moderna en sí, su implantación en el país data de 1887.

2) El relato mítico de la tauromaquia encierra una ética fundamentada en valores como verdad, destreza, sabiduría, creatividad, valentía, responsabilidad, respeto, solidaridad y otros afines. En cuanto a su proyección en el aficionado, a cada uno nos consta que toda gran faena inspira y reconforta al espíritu a nivel de cualquier arte mayor, y por lo tanto contribuye a humanizarnos; además, sus diversos avatares constituyen escuela de vida al mostrarnos el valor del estoicismo, la emulación, la abnegación, la dignidad y el pundonor. Sin omitir el peso de los antivalores contrarios e indeseables –según es propio en todo intercambio humano--, poniéndolos de relieve de manera sintética y aleccionadora.

3) Existe una simbología riquísima en el toro y el torero, en las plazas y en la historia de la Fiesta, así como en las diversas manifestaciones de las bellas artes que la reflejan. Y es un hecho comprobable la penetración del lenguaje taurino en la lengua española, tanto coloquial como culta. E incluso en otros idiomas aparentemente ajenos al hecho taurino.

4) El toro bravo debe ser el animal en cautiverio mejor tratado de la historia, y su crianza supone la conservación de un hábitat ecológico privilegiado, que sin duda desaparecería si las corridas de toros se suprimieran.

5) A propósito de lo anterior, estudios a profundidad del genoma del toro de lidia mexicano (La Jornada de Oriente, números 5475 y 5885) demostraron que se trata de una especie única, y por lo tanto sujeta a protección oficial –como toda la biodioversidad nacional, especialmente especies en riesgo-- de acuerdo con los tratados internacionales signados con la FAO por el gobierno federal de la República.

6) En cuanto al presunto daño psicológico que asistir a una corrida tendría para los menores de edad, se trata de un bulo esparcido por la taurofobia anglosajona –y sus puntuales cipayos locales-- que pueden desbaratar sin ningún problema testimonios tan autorizados como los de científicos de la talla del exrector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente y otros profesionales de máxima competencia, pero también y sobre todo, la experiencia personal de quienes hemos sido aficionados desde pequeños.

7) En cuanto a importancia económica, a pesar de su precaria situación actual la tauromaquia sigue siendo el segundo espectáculo de masas del país, imprescindible para la economía familiar de millares de mexicanos.

Aclaración. Conviene aclarar que, en caso de reconocimiento por la UNESCO, la certificación oficial, con las fichas y formatos que integraron la solicitud, no impide la flexibilización evolutiva de la tradición de que se trate. Y que el objetivo de que se haya abierto la posibilidad de registro para el Patrimonio Cultural Inmaterial de la humanidad fue precisamente salvaguardar prácticas tradicionales minoritarias, que difícilmente sobrevivirían si su continuidad se sometiese a caprichos personales de políticos, o a plebiscitos u otros procedimientos de pseudodemocracia aritmética.

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