TAUROMAQUIA. Alcalino.- San Isidro: la nave va

Simultánea en parte al festival de Cannes, la feria isidril discurre tan interesante como la famosa muestra cinematográfica, con material para todos los gustos pero, en este 2017, con muy buen aire, a pesar de los pesares. Han podido verse toros y faenas de gran nivel, siempre en minoría, claro está, pero con la fuerza suficiente para proporcionarnos ese aliento e ilusión que impiden que la fiesta languidezca, porque sobre ese inevitable fondo de grisura de cada cita madrileña refulge el brillo de ciertas gemas, dignas de pasar con nombre propio a los anales de una feria que está cumpliendo ya 71 años de vida muy viva.

Dan ganas de avisarle de todo esto al Congreso de la hermana república de Colombia, decidido como está a borrar a la tauromaquia del mapa del país de Pepe Cáceres y César Rincón. Que sería como pretender borrar la literatura del país de Gabriel García Márquez.

Leo, sin suerte. El buen tono que tuvo la actuación del novillero de Aguascalientes –el martes 30, con un lote flojito de Montealto--, no le alcanzó para puntuar. Sí, en cambio, para exhibir el sitio que ha adquirido, y la madurez de sus buenas maneras. Pero como estuvo inseguro matando, ha pasado de puntitas por la feria. Esa tarde, lo emotivo corrió a cargo del novel Diego Carretero, muy entregado ante un colorado quinto que no le puso las cosas fáciles. Porque al francés Andy Younes le pasó un poco lo que a Leo Valadez: tiene planta de torero, pero le faltaron toros para redondear algo digno de recuerdo.
Perera y Roca Rey, dos señores. La corrida de Victoriano del Río, sin ser nada del otro mundo, tuvo miga, intriga y posibilidades. Y, ni tardos ni perezosos, Miguel Ángel Perera y Andrés Roca Rey se alzaron cada quien con una legítima oreja. Excelente toro el segundo del extremeño –“Cantapájaros” de nombre, como aquél del Juli en 2007—, y redonda, templada, perfectamente construida y sobriamente torera la gran faena de Miguel Ángel. Público frío, eso sí, y, tras la buena estocada, apenas una oreja. Pero tan valiosa como aquellas de Talavante, o la Castella, o la que acababa de pasear Roca Rey.
El peruano merece capítulo aparte. Se enfrentó de primeras a un manso declarado, que rehuyó la pelea en varas y tuvo que ser castigado –aunque muy poco— en la querencia. Donde acabaría por refugiarse, luego de pasarse la lidia huyendo y de ponérselas canutas a los banderilleros. Allí, en tablas, frente a toriles, planteó el peruano su faena. Porque, increíblemente, hubo faena. De las de bajar mucho la mano y conducir templadamente una renuente embestida. Y ligando y rematando, además, por ambos pitones. Y cambiándose en la cara cuando el cambiante comportamiento del bicharraco lo demandaba. Faena de torero con la cabeza y con el corazón bien puestos. De poder y valor. Y marcada expresión personal. Y una estética fluidamente natural. Mató a volapié neto, entregándose. Tardó la res en doblar, lo que hizo cuando Andrés preparaba ya el descabello. Oreja que supo a poco, dadas las dificultades que ofrecía este “Beato”, en nada parecido al de la triunfal despedida de Esplá.

Lo revelador es que, con el cierraplaza –el de peor estilo del sexteto--, cuando Roca Rey le buscaba las cosquillas y el animal se defendía a cabezadas, acortando cada vez más sus inciertas acometidas, salieron del tendido voces orquestadas acusando al torero de “petardo”, y confirmando una hostilidad que, larvadamente, había aparecido ya en cierta prensa. La misma que, por ejemplo, aclamaría la puerta grande Ponce, dos días después. Amedrentada, el resto de la plaza se limitó a unas cuantas palmadas de reconocimiento. Pero ni duda cabe que el vertiginoso ascenso del peruano ha molestado a mucha gente.

A López Simón le están cobrando factura por algo de lo que no es responsable: él continúa siendo exactamente el mismo torero de aquellas orejas y salidas en hombros por la puerta de Madrid, que le abrieron tantas más, en carteles y ferias de tronío. Lo que varió fue la respuesta de arriba, que bien pronto ha pasado de una entrega ruidosa e incondicional a la indiferencia y el hastío, como corresponde a un toreo acelerado y huérfano de sello, y a faenas sin claridad ni estructura. Son esos cambios tan de Madrid cuyas motivaciones, por mucho que se argumente y diga, permanecen para mí en el misterio. Le tocaron dos colorados de triunfo –el lote de más calidad de la tarde, aunque el quinto se descoordinó a media faena--, pero el triunfo, por los motivos apuntados, no llegó.

Tarde en blanco. Fue la del jueves primero de junio, y debe achacarse a la blandura y mansedumbre de los de Juan Pedro Domecq. Manzanares confirmaba la alternativa de Joaquín Galdós, peruano como Roca Rey y buen torero también, aunque de más discreta contextura. Quizá de haber sabido que el de la ceremonia sería el más potable del encierro –repetía pastueño, dentro de una insipidez ovejuna—habría estado con él menos académico y más arrebatado. En todo caso digna, limpia faena, aplaudida con tibieza para hacer honor a esa otra modalidad absurda que disculpa a los públicos actuales por estar desconcentrados y dispersos durante la lidia del toro que abre plaza.

Fuera del padrinazgo de Galdós –que pechó luego con un sexto sin embestida, al que despachó tras muchas fatigas--, el alicantino no tuvo ocasión de casi nada, unos cuantos apuntes apenas, a tono con la sosería y debilidad del peor lote del raquítico encierro. Cayetano, en cambio, se encontró con dos toros que iban y venían, obedientes y a su aire, y que le permitieron practicar un toreo de salón, de buen gusto y clásico corte, que acaso consiga emocionar cuando se lo haga a un animal dotado de los atributos indispensables. Suya fue la única salida al tercio, tras estoquear a un sobrero de Juan Manuel Criado que les puso la muestra, aunque sin exageraciones, a los decepcionantes juanpedros.

Reivindicación de Enrique Ponce. El encierro más cuajado y voluminoso del ciclo ha sido el de Garcigrande con el que Enrique Ponce, luego de quince años, abrió su cuarta puerta grande madrileña. Imponente encierro y en general propicio, aunque les pasara de noche al novel Varea –confirmaba doctorado—y al irresoluto David Mora, que prácticamente le hicieron valla al divo de Chiva, tan seguro y sagaz como siempre, y dueño desde un primer momento del fervor del graderío, arrastrado por los bajos de sombra mientras el 7 acataba sumiso. Sólo se alebrestaron cuando el presidente, con notoria parcialidad, sacó el pañuelo para autorizar la oreja del cuarto, contraseña para la salida en hombros.

¿Estuvo Las Ventas tan poncista como la Plaza México? Se puede decir que sí. Y los motivos fueron casi los mismos: un Enrique Ponce confiado y dueño de sí, que atacó desde el principio –verónicas y chicuelinas buenas al excelente “Libertino”, primero suyo--, encandiló con un suave y genuflexo inicio de faena, y aprovechó la boyantía alegre del de Garcigrande en ampulosas series derechistas—su único intento al natural terminó con la muleta hecha un churro--, y cerró faena con una tanda en redondo rodilla en tierra que enloqueció al gentío. Feo metisaca, estocada y oreja, mientras todo mundo miraba al de junto con cara de conocedor convencido. Algunos protestaron.

Más mérito tuvo, por inesperada, la segunda faena de Enrique. No es que “Rumbero” fuese un marrajo –ni de lejos se parecía a aquel “Lironcito” de Valdefresno--, pero era un berrendo alunarado con mucha plaza, 555 kilos sobre las pezuñas y una imponente percha veleta; incierto de inicio, tardó en definirse. Mas no para Ponce, que sabe de sobra qué hacer con estos toros sin calidad pero sin malicia: ponerse la muleta en la derecha y buscarles pacientemente las vueltas hasta que, a las quinientas, surge una ligada tanda en redondo –el ceñimiento siempre es a cabeza pasada--, y quizá otra más, rematadas ambas cambiándose repetidamente de mano la muleta, caderazo al canto, para adornarse finalmente con un abaniqueo –algo deslucido en este caso—, algunos suaves doblones y la estocada final. O su intento, porque pinchó de primeras y luego atizó media tendida, que la fatigosa faena y el revoloteo de los peones hizo efectiva, no sin que sonara antes un aviso. Hubo una leve petición de oreja, a la que accedió presuroso el presidente, y entre palmas y pitos, Enrique paseó jarifo el apéndice, sabedor de que esa puerta grande ya nada ni nadie se la quitaría.
Por lo demás, la única diferencia con la México fue la que pueda existir entre novillos adelantados –excepto de las cornamentas--, y toros con edad, cuajo y pitones. Casi nada.
Joselito Adame. El hidrocálido, ganador ya de una oreja indiscutible con aquel boyancón de El Torero, hará este jueves 8 su segundo y último paseíllo en la isidrada. El encierro de Alcurrucén promete. Y la terna la integran El Cid, José y Juan del Álamo. Que haya mucha suerte.

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