TAUROMAQUIA. Alcalino.- Recordando a Miguel Armilla

A los que ya no comparten con nosotros la montaña rusa de la vida es de bien nacidos rememorarlos en sus momentos felices. Que, en tauromaquia, suelen coincidir con los nuestros. Los que el difunto nos proporcionara cuando mejor hizo lo que mejor hacía. Rescatado de un tiempo irremediablemente perdido, el paso por los ruedos Miguel Espinosa Menéndez proyecta destellos luminosos en los que palpitamos desde cerca la fuerza de su arte. Pero, torero de claroscuros, esta remembranza está asimismo obligada a reflejarlos, en complicada convivencia la responsabilidad crítica del cronista y el respeto a la memoria del hombre tan lamentable y prematuramente desaparecido.

La revelación. Finalizaba la década del 70, bajo la imperturbable hegemonía de Manolo Martínez y sus satélites más o menos notorios. La esperanza de renovación de esa gastada baraja llevaba un tiempo ligada a descendientes de dinastías famosas. Y sí, los hijos del Calesero heredaron su clase, pero a la vez multiplicaron su inconsistencia. Y algo parecido venía sucediendo con Chuchito Solórzano, artista personalísimo, presa frecuente de la indecisión. Y si Manolo Arruza contaba con considerable bagaje taurino, carecía del temperamento y la vena genial del Ciclón. Así las cosas, todas las miradas se posaron en Miguelito Espinosa, hijo menor del Maestro de Saltillo. Ése sí que no podía fallarnos. Existía el antecedente de sus hermanos Manolo y Fermín –buenos toreros ambos, aunque de corto aliento--; y empezaban a hacer ruido los Capetillo y David Silveti. Pero el gallo de todos –su ilustre padre en primer término—era Miguel, de cuyo precoz talento el medio taurino se hacía lenguas.
Como su etapa novilleril la cumplió casi enteramente en España, hubo que esperar a su alternativa queretana (26.11.77), otorgada por Manolo Martínez, para conocer de primera mano sus atributos taurinos. Y aún tuvimos que armarnos de paciencia durante más de un año para verlo confirmar en la México (18.02.79): llovía a cántaros cuando llegamos al coso, pero esa tarde –en que Mariano Ramos le refrendó la borla con “Jarabe” de Jaral de Peñas, y El Capea bordó a “Fandango”--, ya pudimos advertir en aquel joven, vestido de blanco y oro con cabos negros, un sello de sobria elegancia y remarcable serenidad, pese a que no anduvo fino con los aceros. Sin triunfo, la esperanza estaba intacta.

La misma que explotó, finalmente, el inmediato 11 de marzo, cuando Torrecilla envió, para la alternativa de Ángel Majano, un saldo pobre de presentación y manso por añadidura. Martínez apaciguó la bronca con un sobrero de Reyes Huerta, reemplazante del impresentable cuarto, justo antes de que asomara “Arte Puro”, un cuatreño vareado y zancudo, de cornamenta veleta y muy mala chimenea. Llamó la atención que Miguel pidiera las banderillas. Pero más aún que, cambiado el tercio, se lo llevara hasta los medios con pases de tanteo y, una vez ahí, se plantara, firme, cruzado y desafiante, ante el probón y remiso animal. “Arte Puro” respondía con derrotes y hasta alguna coz lanzó, pero Miguelito no se inmutó, permaneció quieto, aguantó parones y lo fue obligando a tomar el engaño. Por ambos lados. Con valor espartano y mando magistral. Una de las faenas más emotivas que recuerdo. Tres pinchazos previos a la estocada, con el animal cortándole la salida, no impidieron la tumultuosa petición de oreja. Mientras Miguel paseaba en triunfo el trofeo, mucho tiene que haber cavilado Manolo Martínez. Porque allí, a pocos metros de su gesto cejijunto, un desafiante con cresta de gallo fino amenazaba su largo reinado. En esos momentos cruciales, el rostro de Miguel se encendía intensamente.

Así cuando ligó aquellos naturales naturalísimos a “Dulce Nieve” (23.03.80) o a “Suertero” (26.04.81). A éste, además, le cuajó las verónicas más cadenciosas de la temporada. Lo señalo para enfatizar la pérdida de ese primer Armilla, que mecía a ritmo lento el toreo con capa y muleta, y sabía someter embestidas con la imperiosa fuerza de un temple suave y persuasivo. Erguida la figura y seguro el corazón. También cubría el segundo tercio –banderillero simplemente fácil--. Y era un matador seguro, más que de estilo. Pero a principios de los ochenta como que decayó su ánimo, al tiempo que asentaba su estilo.
Mucho Madrid, magros resultados. La confirmación en Madrid –postergada en 1978 por una cornada en Nimes—tardó cinco años en llegar (25.05.83, padrino Manolo Vázquez, testigo Manzanares padre, toro “Piconero” de Gabriel Rojas); y aunque partió plaza en Las Ventas hasta en doce ocasiones, la última en 2001, solamente una vuelta al ruedo consiguió dar allí (24.07.83); más se le recuerda por su faena a un novillo de Juan Pedro Domecq en festival en homenaje a Julio Robles que le valió salir en hombros (octubre de 1992: he visto varias veces el video y, más que una faena redonda, deduzco que sedujo a los madrileños el ritmo inusualmente lento de su toreo). También se produciría en el ruedo de Las Ventas una extraña lesión –la más grave de su vida de diestro al que los toros en general respetaron—producida por una banderilla que le perforó el esófago (25.05.95).

En la feria de Lima del año 83 bordó e indultó en Acho a un toro de Torrestrella. Álvaro Domecq y Díez, su criador, detalla, en libro de su autoría, hasta el último pormenor sobre la lidia del bravísimo ejemplar… pero teniendo buen cuidado en omitir el nombre del artista que supo lucirlo. Más tarde, su única actuación de matador en Sevilla pasó sin pena ni gloria. Sucedió ya en la etapa declinante de Miguel, a mediados de los 90. De hecho, España se quedó sin conocerlo de verdad, tras presenciar con ilusión su auspicioso estreno novilleril de 1977.
La plenitud. En la México, la temporada más completa de Miguel fue la de 1986, cuando, a la salida de aquel bache, tomó de nuevo impulso, dispuesto a ofrecernos lo mejor de su ya madura tauromaquia. Fue entonces que le cortó el rabo a “Tenorio”, de Begoña, sexto de una corrida inolvidable, en que El Capea indultó a “Samurai” y Arruza rayó también a gran altura (04.05.86). Entonces, la terna de moda la integraban él, Pedro Moya y Jorge Gutiérrez, cartel repetido el 20 de abril y el 11 de mayo de ese año, triunfalmente en ambos casos. Con tres comparecencias en dicha campaña, Miguel cosechó cinco orejas y un rabo. Había alcanzado su cenit, como hombre y como torero.

Balance capitalino. Contabilizando sus 77 tardes en la México (1979-2009) cortó 47 orejas, y en nueve ocasiones las dos a un mismo toro, la última el 26.03.95, cuando le tumbó también al berrendo “Vidriero”, de De Santiago, su segundo y último rabo en la capital, si bien se lo discutió la grada. Su despedida, al lado de Ponce y El Zotoluco, resultó especialmente tormentosa (12.12.04), porque cuatro de los “toros” de Julio Delgado tuvieron que ser devueltos entre la indignación popular, y la clásica oreja simbólica de su último toro no encontró buena acogida. Excepcionalmente volvería, ya sin ilusiones, movilidad ni sitio, para confirmarle la alternativa a Cayetano. Fue otra tarde aciaga (06.12.09).

Sumario balance. De la anterior descripción se desprende que lo de “Arte Puro”, cuando buscaba un sitio y su estilo estaba aún en agraz, no representó en absoluto lo que Miguel sería en el toreo. Como hemos visto, dio lo mejor de sí entre mediados de la década del ochenta y principios de los noventa, instalado ya en artista desigual, aunque con acento y calidad indiscutibles. El decenio final del siglo XX fue para Miguel de puro vegetar, ni siquiera acompañado por sus tan pregonadas pinceladas de arte, pues dio en el vicio de doblarse exageradamente sobre la cintura –su tan criticado toreo “en escuadra”—, y con gran frecuencia dejaba sin remate los muletazos por irse del toro anticipadamente. Canguelo, que dicen los gitanos.

Colofón. En pocas palabras, que me quedo con el Miguel Espinosa que, aun con sus inconsistencias, supo hacer frente con torerismo y gallardía a Capea, David y Jorge. Y prefiero silenciar a ese otro, ya decadente, que en tantas tardes le hizo el caldo gordo a Enrique Ponce como un cómodo y abúlico primer espada.

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