TAUROMAQUIA. Alcalino.- Novilladas: en busca del tiempo y el método perdidos

Empezó por fin la temporada chica. Y lo hizo con buen pie, a despecho de que se tratara de una novillada sin picadores, contabilizada como parte de la cuota reglamentaria. Algo que, hasta el año pasado, no había visto la capital ni siquiera en los festejos matutinos de la placita de Pepe Arroyo.

Lo que supone, por parte de la empresa, toda una declaración de principios, seguramente ligada a razones comerciales muy concretas, pero que el aficionado es libre de interpretar para sí, en un recorrido mental que puede ir desde el mito de la incosteabilidad de los festejos chicos hasta la realidad de la parálisis actual de la fiesta, en un país que siempre fue pródigo en aspirantes a la gloria taurina.

Acerca de lo primero, es válido preguntar cómo puede esperarse interesar a la gente si se empieza por minimizar la importancia del espectáculo ofertado; lo segundo es resultado de un proceso innegable, excepto para quien prefiera seguir la táctica del avestruz.

Revisión crítica

La verdad es que la empresa que durante 23 años dirigió los destinos del coso metropolitano (1993-2016) fue incapaz de dar seguimiento y desarrollo a un solo novillero mexicano para impulsarlo a figurar digna y duraderamente en el escalafón mayor. Bien sabemos que conceder importancia y oportunidades al novato prometedor no significa que vaya a convertirse en figura, pero cuando había empresarios dispuestos a aplicar un método de trabajo claro y probado, con veedores de campo y buena promoción mediática, la probabilidad de descubrir prospectos interesantes se mantuvo latente.

A diferencia de lo ocurrido en los últimos tiempos, dominados por la desidia organizativa, torpes diatribas a aspirantes y aficionados, y el abandono del método de toda la vida para desarrollar el talento incipiente, y conducir a través de una o más temporadas a quien revelara personalidad y hechuras, única forma de garantizar el relevo generacional.

Éste, precisamente, fue el pecado mayor de la empresa aludida: ignorar el método y operar de mala gana, poniendo recomendados en sus escasos carteles y despreciando la necesidad de veedores que garantizaran lo elemental: que la plaza grande mantuviese su condición de eslabón final en la cadena de formación de toreros. La Plaza México debiera ser una universidad de la tauromaquia, no el kindergarten que tenemos ahora.

A las pruebas me remito

Un repaso a los 71 años de vida que tiene el coso de Mixcoac puede demostrar ambos asertos: que hacer toreros no es empresa fácil, y que sin un método preciso para la temporada chica, esa dificultad crece exponencialmente. No diré que las empresas que manejaron la México a lo largo del siglo XX fueran impecables, en el sentido de aplicarse exclusiva y concienzudamente al descubrimiento y cultivo cuidadoso de muchachos con posibilidades; pero sí que se apartaron muy poco del sistema de repetir al que triunfa, ponerlo con ganado de garantías, y promover la fiesta de múltiples maneras como el negocio que también es.

Lo que supone la persistencia de ese método básico de eficacia comprobada. Les interesaba seguirlo porque en ello les iba el bolsillo. Y, seguramente, porque –con alguna excepción notoria-- latía en ellos la llama de la afición.

Ese método, ligado al sentido común, dio tempranos frutos desde el primer verano de vida de la Monumental, el de 1946, en que surgieron llenaplazas como Joselillo y Fernando López. Miguel Simón puso al hispanomexicano en 11 carteles, igualado con Félix Briones, mientras Fernando –que se presentó tarde en la temporada—sumaba “solamente” ocho fechas, una menos que Jorge Medina. Por diversas causas, ninguno llegó a matador preponderante. Pero lograron lo imposible: que en temporada chica, la enorme plaza se llenara. Cuando se abandonó esa ruta, dictada, como digo, por la experiencia y el sentido común, los buenos hallazgos escasearon, como sucedería al año siguiente, con empresa nueva.

Pero la buena inercia se reanudó en cuanto Alfonso Gaona se hizo cargo de la gerencia del coso. Y tuvo la suerte de toparse sin mucho buscar con la eclosión de los Tres Mosqueteros y el afortunado añadido de un D´Artagnan como Paco Ortiz, que en aquel 1948 fue líder por novilladas toreadas (9), por delante de Capetillo y Jesús Córdoba (ambos con 8); curiosamente, el responsable de las mayores entradas y acaparador máximos de trofeos, Rafael Rodríguez, sólo asomó seis veces por la puerta de cuadrillas. Lo explica, de nuevo, lo tardío de su presentación (05-09-48).

De Gaona nunca dejaron de contarse historias desagradables, relacionadas con la explotación desmesurada y posterior abandono de muchos valores jóvenes. Pero al menos en aquel verano del 48, la programación de su temporada fue acertadísima. Prevaleció el respeto del método –elegir con tino, repetir al que triunfa, mover a los medios—y los dividendos fueron altos. En dinero y en figuras. En 1949 surgió Juanito Silveti, y al año siguiente, entorpecida la temporada por una huelga de subalternos, el optometrista empresario se las arregló para favorecer el encumbramiento del Ranchero Aguilar (5 tardes) y Humberto Moro (7). En el 52 les tocó turno a Alfredo Leal (7) y el infortunado Miguel Ángel (ídem).

En 1953 surgiría Antonio del Olivar, y en el 54 ocurrió la trepidante campaña del “Loco” Amado Ramírez (13), que algo tapó con sus excentricidades, salpicadas de toreo personalísimo, la consistencia torera de Joselito Huerta (11) y la finura de Del Olivar (7), que sin embargo llegarían más lejos que él en la profesión, sobre todo José, auténtica figura y el mayor hallazgo de esa generación.

Vinieron luego cosechas más bien magras, pero ninguno de los punteros de esos veranos –José Ramón Tirado en el 55, El Callao y Luciano Contreras en el 56, Emilio Rodríguez en el 58— pudo quejarse de falta de oportunidades. El método seguía en pie. Y la gente estaba metida en su plaza. Esa invariable buena respuesta en taquilla sería mejor retribuida por Jaime Rangel (11), Fernando De la Peña (9) y El Imposible (5), en 1960.

Un cubano traspapela la partitura

Paradójicamente, tres figurones se saltaron el método: Manolo Martínez sólo toreó cuatro novilladas en 1965, Eloy Cavazos una sola en 66 y Curro Rivera dos, previas a su alternativa, en 1968. La responsabilidad recae en Ángel Vázquez, cuyo propósito no era descubrir toreros sino incorporar empleados a su nómina, por lo que bloqueaba a todo el que amagara con destacar. Pero aun con semejante “criterio”, no tuvo más remedio que darle un sitio a Mariano Ramos (9) y a otros animadores del verano de 1971 como Rafaelillo, Curro Leal, José Antonio Gaona y Luis Niño de Rivera. Cuando el cubano dejó el timón, lo retomaría Alfonso Gaona.

Vicios acentuados

Si bien Gaona exprimió a tope la revolución de El Pana (10 tardes en 1978), ya matador optó por aliarse a la troika formada por Martínez, Cavazos y Rivera y hacerle la vida imposible a Rodolfo. De paso, desatendió a otros noveles interesantes de aquellas camadas, como César Pastor, los hermanos Capetillo y El Capitán. Se le escapó, rumbo ése sí al estrellato, Jorge Gutiérrez (9 tardes en 1977), pero no el malogrado Valente Arellano, al que desperdició miserablemente pese a los entradones que ofreció a sus irregulares temporadas de 1981 y 82. Para Gaona, ése sería ya el signo de sus temporadas –chicas y grandes--, para desgracia de varias generaciones novilleriles con notables cualidades (los sucesivos hijos de Garza, Calesero, David Liceaga, y otros como Ondarza, Ferriño y Manolo Sánchez). Aún se daban bastantes novilladas pero el método se estaba nublando. Y las plazas de provincia, vivero de principiantes y espacio ideal para que los punteros de la novillería se consolidaran, empezaron también a flaquear.

Del patronato a la debacle. Con la dupla Alemán-Herrerías desaparecería cualquier intento serio de seguimiento y promoción efectiva de los novilleros que animaron las últimas temporadas chicas dignas de tomarse en cuenta: los Gilio, Del Olmo, Pizarro, Ochoa, Luévano, Jerónimo y demás. Tampoco hubo una guía adecuada para que los citados y otros introyectaran la sed de gloria y la hondura ética que debe albergar el alma del torero genuino. Y si José Tomás y El Juli, que también pasaron por la México en temporada chica, tienen ya un sitio de honor en la galería selecta de la tauromaquia contemporánea, se debe –además de su genio personal-- a que, por su pertenencia al medio hispano, no estuvieron más bajo la tutela del enrevesado sistema taurino nuestro.

Desafío. El reto, no sólo para la actual empresa capitalina sino para el desgajado entramado taurino nacional, es reencontrar el camino que permita encontrar toreros capaces de hacer que el público regrese a las plazas. No es novedad repetir que para lograrlo se requiere del medio taurino en su conjunto mucha afición, unión e inteligencia creativa. Y apelar a la experiencia y el sentido común, adecuándolos al mundo de hoy. SE requiere, por encima de todo, un amor desinteresado por la Fiesta