TAUROMAQUIA. Alcalino.- Madrid, Sevilla y la México

Luego del alboroto despertado por el sorteo de los puestos para la madrileña Feria de Otoño llegó el momento de la verdad. Fue el viernes, ante tendidos repletos, con una terna encabezada por Alejandro Talavante donde Fortes sería testigo de la confirmación del sevillano Pablo Aguado, reemplazante del infortunado Paco Ureña. Victoriano del Río envió un encierro pasado de peso, lo que gravitó en el rendimiento de los bien encornados bureles, dos de ellos protestados por su debilidad y el quinto echado atrás por esa causa. Talavante, la única figura que aceptó entrar en los bombos, fue saludado con una gran ovación, que tuvo que agradecer desde el tercio no bien se deshizo el paseíllo.

Torería sin premio. Alejandro no desorejó a su primero porque lo mató mal –atingente, lo había cuidado de salida antes de imponer la autoridad de su muleta hasta cuajarlo con la zurda a base de temple y maestría, todo ello con el sello de su personalidad reconocida--; pero vería limitadas sus oportunidades a ese toro, pues la lidia del cuarto transcurrió entre protestas al juez por mantenerlo en el ruedo pese a su manifiesta invalidez. Y bajo ese clima de nada valieron las buenas intenciones del extremeño, que optó por abreviar.

Espantable escena. Con el sobrero de Mayalde que salió en reemplazo del quinto de Vistoriano llegaría el momento dramático de la tarde. Fue “Estafador” un castaño de ancha cuna y destartalado de tipo, incierto y probón ante la firmeza de Fortes. El malagueño ya había estado en torero con su primero, cuya sosería no ayudó a romper la adustez de Las Ventas cuando una embestida dice poco, aunque el torero esté bien o incluso muy bien, como Fortes con tan desabrido ejemplar. Menos opciones daba el de Mayalde y la faena de Saúl, serena y responsable, transcurrió entre la indiferencia de los… ¿aficionados? De pronto, a la salida de una estocada entera y en lo alto, precedida por un pinchazo, a Fortes pareció atorársele la mano en la empuñadura, no deshizo a tiempo el embroque y “Estafador” tiró la cabezada y lo empaló por un muslo, derribándolo. Lo que siguió fue el horror: el animal derrotando con fuerza contra el cuerpo inerme, arrastrándolo largo trecho –entre revuelo de capotes-- y volviéndolo a empitonar, hasta que lo levantó por el cuello para ponerlo casi en pie y dejarlo caer como un muñeco roto. Cómo fue que Fortes libró la cornada –el nudo del corbatín deshecho, el cuello de la camisa destrozado, la taleguilla ensangrentada y la casaquilla fuera de su lugar--, misterio inexplicable. O milagro providencial. La paliza, claro, nadie se la quita. Y así, hecho un fardo, entre la consternación general, se lo llevaron a la enfermería.

El parte médico habla de fractura de peroné y rotura de ligamentos del tobillo. Un gran torero Fortes digno de mejor suerte… aunque, en algún sentido, el sábado la tuvo.

Sevillanía de la buena. Pablo Aguado llegó a Las Ventas tras una campaña de apenas seis corridas en 2018 y cayó de pie. Su toreo de capa al de la confirmación –un “Bolero” con el peso ideal (523) y bastante transmisión—tuvo suavidad, pinturería y sabor en sendos quites por chicuelinas y mandiles. Y con la muleta, sin acomodarse del todo, se le vio suelto y resuelto en todo momento. Pero con el sexto se descaró y consiguió una oreja fundamental. Tiene este joven un estilo deslizado, dulce y natural que recuerda a ciertos toreros sevillanos –bajitos y garbosos—de los años 50. Y no le importó en absoluto el peso ni la leña de “Corchero” (604 kilos) ni su embestida fuerte y rebrincada, que condujo con pulso seguro, cintura flexible y positivo aguante, antes de entregarse en el volapié para cobrar el valioso apéndice. Lo cual no significa que vayan a hacerle justicia las empresas.

Justísima puerta grande. El segundo cartel salido del bombo no desmereció en absoluto. Torotes de Fraile, mejores los dos de la Ventana –primero y tercero—que los cuatro de Puerto de San Lorenzo. Y doble lección estoqueadora de Emilio de Justo, otro torero empeñado en rebelarse contra el olvido. Por eso, y por su permanente entrega, sustentada por un toreo de corte clásico, desorejó a los dos suyos y abrió la puerta de Madrid. Román, por el contrario, luchó en vano contra dos astados sin clase ni bravura –el primero le dio un palizón terrible, sin consecuencias—y salió a aviso por toro, pero ileso.

Reivindicación con sangre. No así Ginés Marín, herido por el cierraplaza “Cartuchero”, un torazo (571) sin estilo y de sentido al que se arrimaba como si fuera bueno: el del Puerto lo volteó cuando intentaba el natural, lo buscó en el piso y le introdujo el pitón en la mandíbula, cornada dolorosa que, por fortuna, no causó destrozos mayores. Antes, había cuajado con el tercero la faena más fina y reunida del ciclo, sorprendiendo a los que le habíamos visto flojear durante una temporada que abordó como uno de los favoritos del sistema. Un pinchazo hondo y el descabello dejaron el premio en ovacionada vuelta al ruedo. A la postre, ese toro fue el mejorcito del hato.

Sin televisión. Morante reapareció en la Maestranza participando en las dos corridas de la Feria de San Miguel. Y el sábado agotó el boletaje pero dejó en suspenso a los sevillanos, que apenas pudieron entibiarse las palmas cuando veroniqueó con solera a su segundo y en los esporádicos destellos de arte de su faena a ese quinto burel de una mansada de García Jiménez que casi se carga la corrida. Lo evitó la gente, arropando con cariño la despedida del siempre valeroso Juan José Padilla hasta permitirle alzarse con la oreja de su postrer toro en la coso del Baratillo, y la salvó Roca Rey inventándose la faena de oreja a un cierraplaza que en otras manos habría sido de puro trámite. Naturalmente sin televisión, porque el de la Puebla no permite que se transmitan sus actuaciones. El misterio y la magia del toreo no caben en una pantallita ni en la verborrea excesiva que la acompaña, es más o menos lo que ha dicho para justificar tal decisión.

Manzanares. Ayer se confirmó que Sevilla es suya. Se encontró con el mejor lote de Juan Pedro y anduvo como por casa de confiado y torero. Tras desorejar al buen tercero se emborrachó de torear al magnífico quinto, pero cuando tenía entornada la Puerta del Príncipe lo pinchó (dos avisos y vuelta). Morante reincidió en los detalles sueltos, que apenas alcanzaron para una salida al tercio en el cuarto, y el sevillano Alejandro Cadaval tomó la alternativa con “Piripí” (570 kilos) sin conseguir acoplarse, y estuvo mejor con el sexto aunque sin ponerse a la altura de otro gran toro, a cuya muerte le hicieron dar la vuelta al ruedo.
Novilleros. El sábado, Las Ventas y su feria otoñal se abrieron a un festejo chico con novillos de Fuente Ymbro cuyo peso promedio, de poco más de media tonelada, es el que deberían tener los cuatreños, pues, a poco que ayude la casta, se aseguraría así mayor movilidad y embestidas más ligadas. Sobresalió un “Jurista” –precioso negro girón, lucero, axilado y calcetero: no hay quinto malo—cuya enorme clase le vino grande a un poco placeado Pablo Mora, que nunca le encontró la distancia. En cambio, qué bien se vieron el portugués Juanito Silva y Francisco de Manuel; para éste se pidió la oreja del tercero y dio aclamada vuelta al ruedo porque estuvo valiente y torero en los tres tercios evidenciando sazón, temple y gusto. Y todo eso, más un estilo depurado, un estoico sentido de la quietud y mucho temple y mando el lusitano, con quien la gente se mostró fría, y aun así le hizo saludar dos ovaciones desde el tercio una vez liquidados sus adversarios, que no valían gran cosa.

La diferencia entre Las Ventas y la México pareció más notoria que nunca no sólo por el volumen de asistencia –17 mil 133 entradas vendidas el sábado en Madrid y menos de tres mil en la reanudación en Insurgentes del serial Soñadores de Gloria, el domingo anterior--, sino por el trapío y empuje del ganado. En cambio, no hay gran diferencia entre la calidad de los dos novilleros mencionados –Juanito y Paco de Manuel—y el hidrocálido Héctor Gutiérrez, que en materia de estilo y clase no les va a la zaga, aunque haya toreado bastante menos en lo que va del año. Incluso, como buen mexicano, gusta recrearse imprimiendo mayor lentitud a sus largos y sentidos muletazos, y a la oreja cobrada en el embudo capitalino –donde en marzo pasado había indultado un utrero de Guadiana-- sumó una salida en hombros en España tras rápido viaje para participar, el sábado, en el festejo de apertura de la feria de Guadarrama, provincia de Madrid. Había cortado una oreja a cada uno de sus astados y Manuel Diosleguarde se alzó con las dos del sexto, pero mientras éste fue un novillo ideal, el mejor del encierro de Juan Pedro Domecq, el de Aguascalientes cuajó su mejor faena con el quinto, un remiendo de Baltasar Ibán áspero e incierto. Y de ahí nuevamente al avión, para repetir actuación ayer en el coso de Mixcoac. Y la seguridad de que, por más que nuestra fiesta languidezca, México sigue siendo cantera de toreros buenos.

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