TAUROMAQUIA. Alcalino.- Luis David entra en Bilbao, reino de Roca Rey y Urdiales

Este año, Luis David Adame fue anunciado en tres cosos del País Vasco. En Azpeitia no se entendió con un correoso lote de Ana Romero, en San Sebastián malogró con la espada una buena faena y para su debut en Bilbao se le incluyó, el lunes 20, en una terna flojita que llevó poca gente a la plaza.

Con el mexicano, Román Collado y Gonzalo Caballero, valerosos ambos pero torpones con las telas y rígidos de expresión. Torrestrella envió un lote de excelente crianza y juego discreto, aunque en medio del desastre ganadero que vendría resultó de lo más rescatable. Sobre todo por “Pelolargo”, el de la presentación de Luis David, recibido con una ovación –berrendo en negro alunarado, ojalado, botinero y cornialto, 545 kilos—y también cuando lo arrastraron sin una oreja. El de Aguascalientes, sin probaturas, trazó la verónica clásica, ganando terreno lance a lance del tercio a los medios para abrochar allí tan insólito saludo con ajustada media, enroscándose a la cintura la encastada embestida.

Y no conforme con haber roto la monotonía de la parquedad capotera en boga, lo llevó al caballo por chicuelinas andantes, cuyo remate, una elegante larga, dejó en suerte al bicho delante de Juan José Bernal. En quites, Román retó al hidrocálido combinando chicuelinas y tafalleras, y Adame replicó por vistosas y ajustadas zapopinas. Y no dudó, para iniciar faena tras el brindis general, en hacer la estatua en los medios: fueron dos péndulos con costadillo interpuesto, desdén y de pecho izquierdista, dechado de precisión, exposición y torería. ¿Toro fácil “Pelolargo”? Toro bravo, mejor por el pitón derecho, al que había que mandar, templar y, hacia el final obligar, tal como lo hizo Adame, en faena de tandas generosas y gran limpieza. Para la estocada citó a recibir y envainó completo el acero, un poco delantero, lo que lo obligaría a descabellar. Aun así, petición clamorosa y merecida oreja.

Quería Luis David asegundar con el precioso sexto –colorado lucero, calcetero y girón--. Y tras el emotivo quite por caleserinas pareció que “Tocón” lo permitiría, pero empezó a distraerse nada más iniciada, con estatuarios, la faena, y ya fue imposible ligar. Como se le vio decidido y torero, lo ovacionaron.

Roca, “El Rey”

La feria, la temporada y la marcha de toreo contemporáneo tienen un antes y un después, marcado por la irrupción de Andrés Roca Rey. Y para confirmarlo, el peruano se sobrepuso a otra mansada –la de Victoriano del Río, el viernes 24—para invertir a pura grandeza el signo adverso de las Corridas Generales de este año y salir en hombros de Vista Alegre, con medio aforo cubierto nada más, lo que es otro reflejo de la compleja situación por la que atraviesa de la Fiesta. Seguro, sin embargo, que todo quedaría arreglado si el toreo fuera eso que surge en cuanto toca turno a este joven limeño de 21 años, cuyo desparpajo en la plaza está basado en una seguridad apabullante, fundamentada en su perfecta comprensión del carácter de cada toro y la inalterable decisión de domeñar sus resabios y magnificar sus cualidades con el mando de sus muñecas, la entrega de cuerpo entero y la quietud de plantas por bandera.

Así volvió a ocurrir con los dos de su segunda y última comparecencia. Y si a “Entonado” pareció que lo cuajaría desde el inicio de faena con doble péndulo en los medios y la longitud de tres mandonas tandas derechistas allí mismo, domeñando con temple imperturbable y mano bajísima una embestida enclasada y fiera, tanto fue su dominio del astifino burel que éste se marchó enseguida a tablas, completamente rajado. Allí donde Andrés lo encaró, exprimiéndole hasta el última resto de embestida con tanta decisión como recursos –dosantinas, capetillinas, desdenes y los soberanos de pecho izquierdistas de su marca--; pero el pinchazo hondo amorcilló, y entre esa demora y el descabello se llevaron la presentida oreja, quedando el homenaje en salida al tercio, muy ovacionada.

El sexto, “Despreciado”, fue saludado con protestas, porque el berrendo, salpicado de medio cuerpo abajo, tenía poca cara y portaba mal sus 557 kilos. Para acallar el descontento, Andrés apeló de recibo a las chicuelinas. Y, tras el simulado puyazo –sigue pasando a sus toros sin castigo--, a esas saltilleras de cite largo en que obliga a los astados a trazar una trayectoria ondulante con increíble sangre fría. Ajuste máximo y efecto contundente. Pero el berrendo carecía de la fijeza inicial del anterior y, tras la enervante quietud de los ayudados por alto en los medios, nada más insinuada la primera serie derechista, volvió grupas en busca de los tableros.

Lo habían hecho antes varios de los de Victoriano y el desaliento cundió en la plaza. Pero no en la mente del torero, que sacó a “Despreciado” a terreno abierto, y se las arregló para retenerlo en su muleta-imán en una monumental tanda de naturales enroscándoselo a la cintura con la mano tan baja, el mando tan acentuado y el temple tan absoluto que el manso se tornó en bravucón y ya no se desprendería de aquel mágico lienzo rojo que, siempre en los medios, siguió trazando elipses de impresionante belleza por ambos pitones, y liberando el ímpetu del morlaco en escultóricos, larguísimos pases de pecho. Allí no hubo alardes sino toreo puro en su expresión más emotiva. Fue una faena presenciada de pie por los enardecidos espectadores. Y, pese al pinchazo previo a fulminante volapié, premiada por aclamación con las dos orejas: el “duro” Matías González sacó simultáneamente ambos pañuelos y eso despertó algunos pitos, acallados por la fuerza de la salida en hombros del peruano.

Lección de clasicismo

Lo del sábado fue todo un mentís al manipuleo y la ceguera empresarial, que habían reducido la campaña de Diego Urdiales a una única corrida en 2018. Favorecido por el lote mejor de Alcurrucén, el riojano dictó una cátedra de toreo eterno –el arte, la naturalidad en estado puro—, cortó tres orejas y bordó auténticamente al cierraplaza “Gaiterito”, magnífico de fijeza, clase y nobleza encastada, no edulcorada. A todo esto, Ponce y El Juli que se fueron de vacío.

La primera oreja puede considerarse benévola, pues “Tonadillo”, siendo bueno, tenía bastante que torear, y Urdiales, sin abandonar su línea de naturalidad clásica, algo acusó la inactividad de tantos meses. Pero con “Gaitero”, cuyos dos primeros tercios transcurrieron sin nada de particular, la faena del logroñés alcanzó niveles de excelsitud; mejoró, a fuerza de exquisito temple, las prestaciones del de Alcurrucén y promovió en el público un alboroto monumental.

Primero con la diestra, más tarde al natural, vimos una sinfonía de toreo puro, de toreo eterno. El ensueño lo rompió a medias el pinchazo previo a al estoconazo fulminante, pero la petición fue la más clamorosa de la semana y las dos orejas estaban cantadas de antemano. Como la salida en jubilosa hombros de un torero tan injustamente postergado, que, favorecido por el sorteo, en materia de arte dejó muy atrás a las figuras con las que alternaba.

Fiasco ganadero

Este año, las Corridas Generales ofrecieron un penoso espectáculo ganadero, con encierros extrañamente desiguales –hubo toros directamente impresentables--, como extraño fue ver tantos claros en el graderío. Los cuvillos del día 21, gordos en exceso, aparatosos de cuerna y tullidos casi todos. Y el cierraplaza manso perdido. Imposible para Roca Rey, que ya había hecho demasiado con el debilucho tercero, mantenido en pie por la prodigiosa muleta del peruano y obligado al mismo tiempo a tragar una treintena de trazos lentos, largos y templados.

Pinchó una vez, tuvo que descabellar y lo llamaron al tercio. Aunque sin tanto ruido como a Enrique Ponce a la muerte del cuarto luego de dos fallidos golpes de verduguillo. “Billetera” fue el más potable del encierro y en la faena brillaron los recursos del valenciano, no la profundidad ni el temple. Mucha pasarela, mucho pico, la cuclillina. Y lo mejor, el entregado volapié.

El 22 el Pirata Padilla le cortó al cuarto –único que embistió de la bueyada de Garcigrande-Domingo Hernández—una oreja facilona, a tono con el ambiente de despedida que le dispensó Bilbao, y que incluyó el tradicional ausrresku cuando asomó por cuadrillas. Anduvo valentón pero vulgar y como mató bien le entregaron la oreja de un “Poderoso” más bien cansino y noblón. Lo mejor lo hizo El Juli con el quinto, sin celo pero dócil al mando templado del madrileño, que falló con la espada. Manzanares redondeó una feria de querer y no poder, aunque saludó en ambos, como Julián a la muerte de “Rizado”.

Todo puede empeorar y El Parralejo se presentó con sonoro petardo: torotes cornalones sin nada dentro, auténtica moruchada. El imposible quinto le buscó a Perera una bronca tan ruidosa como injusta, porque el marrajo no tenía un pase: al menos lo cazó pronto. Anduvo mustio Ginés Marín y resuelto y listo Ferrera para al menos taparse (doble salida al tercio) con lo menos malo de aquella mansada infernal.

Orejas de mérito

Ayer, con miuras, Octavio Chacón y el francés Juan Leal cortaron orejas porque derrocharon valentía y torerismo con dos durísimos astados andaluces, Leal a cambio de una cornada no grave al entrar a matar. Oreja que cambió por vuelta al ruedo Pepe Moral al fallar con el estoque luego de la faena más lograda de la tarde, con un buen sobrero de Salvador Domecq.

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