TAUROMAQUIA. Alcalino.- Las cornadas de la NFL

Escribo esto antes de que suene el clarín para que al fin se inaugure la temporada grande. Por lo tanto, las líneas siguientes están basadas en suposiciones, con perdón del lector. Imagino, después de todo, que la entrada convocada por el mano a mano Juli-Joselito habrá sido buena… a secas. Es decir, que los numerados se habrán poblado casi por completo, en tanto la lejana audiencia que se animó a sacar boleto para localidades generales sería más bien escasa, a tono con lo que ya es habitual en el gigantesco embudo. Nada que ver con la época en que esa primera corrida, la que rompía con un ayuno de meses y movía multitudes, aseguraba el lleno y alborotaba de manera incontenible el ambiente y la expectación desde varias horas antes, en las calles y restaurantes del entorno, y en las conversaciones y cábalas de los aficionados.

Ya tuve ocasión, hace muy poco, de expresar mis dudas de que sea acertado echar tan temprano la carne maciza al asador; que eso, nada menos, representaba poner frente a frente a las dos principales figuras de México y España, cuando la lógica de toda la vida aconseja dejar las confrontaciones decisivas para más adelante, cuando estén perfilados unos triunfadores netos y su confrontación directa sirva para dirimir superioridades dictadas por el curso natural de la temporada. Entiendo, también, que, contra este argumento de aficionado viejo, las empresas actuales tendrán buenas razones que oponer, seguramente relacionadas con las exigencias de los apoderados, sustentadas en el pretexto de sus recargadas agendas, pero que en el fondo reflejan los remilgos de sus poderdantes a la inquietante perspectiva de tener que disputar primacías como consecuencia de una sucesión de triunfos que de ninguna manera están dispuestos a anticipar o, si acaso llegasen, a exponer en un duelo a cara de perro.

Pero en fin: con doña Administración hemos topado.

Para colmo, fast fest de la NFL. No se sabe si fue descuido o desdén, pero el caso es que la inauguración ha coincidido con el encuentro de futbol americano entre los Raiders de Oakland y los Patriots de New England, que hará que el estadio Azteca se colme a su máxima capacidad. Y no sólo eso, ya que, adicionalmente, va a acaparar la masiva atención del teleauditorio, pues no en balde se le viene publicitando desde hace meses por todos los medios al alcance –los gobiernos federal y de la ciudad, sus primeros promotores--. Y ante esa avalancha de dólares, potenciada con dinero de los contribuyentes, poco puede oponer la Fiesta desde el modesto espacio que actualmente ocupa en México, de cuya escena pública lleva varias décadas ausente.

¿Significa esto que el rugby blindado a la gringa desplazó ya al toreo, ese arte tan singularmente nuestro, de las preferencias populares de los mexicanos? Interesante sería aplicar encuestas al respecto, aunque mucho me temo que sus resultados no nos favorecerían. No en estos tiempos de adicción incontrolable a las redes sociales –otra forma de nombrar al autismo social que todo lo devora--, que son el medio perfecto para vehicular la zafiedad y el insulto, y que, por mor de diversos intereses y variados factores, tienen hoy en su mira la abolición de las corridas de toros. Paradójicamente, ya tiene carta de naturalización entre nosotros un ejercicio que desprecia cualquier asomo de sutileza y privilegia abiertamente la fuerza bruta, para solaz de las mismas masas que denuncian a la fiesta brava como, justamente, una práctica inhumana, primitiva y brutal. Que de ese tamaño es la deformidad de las mentalidades en este siglo proceloso.

Ya veremos si los prominentes dirigentes políticos de la capital y la federación, que se han llenado la boca en estos días alabando las bondades de la NFL y su generosa derrama económica, son capaces de promover la “Corrida por México” del 12 de diciembre con el mismo ímpetu con que se han esforzado por hacerle el caldo gordo al millonario deporte del país vecino –se supone que Trump y seguidores no pueden ni vernos--. O si optan por hacerle ascos a la Fiesta y prefieren taparse, en congruencia con el mensaje neo liberal que tan desembozadamente profesan.

Avante Guadalajara. Aunque impresionó vivamente el principio de convulsión experimentado por José Luis Angelino cuando el cuarto toro de La Soledad, en la segunda corrida de la feria tlaxcalteca, lo conmocionó de violento pezuñazo al intentar una larga a portagayola –incidente agravado por la inepcia de quienes de mala manera cargaron con el apizaquense--, y aunque algo entibió el severo enfriamiento que sufre la casi desaparecida afición regiomontana la “triunfal” corrida del 80 aniversario del coso de la capital neoleonesa, no cabe duda que, mientras no se demuestre lo contrario, es el Nuevo Progreso de Guadalajara el escenario taurino más respetable y serio del país. Domingo a domingo se viene constatando, y de nuevo ocurrió en la corrida número tres de la temporada tapatía, el pasado día 12. Nuevamente, los toros tuvieran apariencia de tales, y los toreros supieran asumir con entereza sus responsabilidades ante un público enterado y cabal. Que, para mejor, hizo tres cuartos de entrada, que en estos tiempos suenan como agua de mayo. En este festejo se homenajeó a Miguel Espinosa y poco logró Hermoso de Mendoza ante un par de mansurrones de procedencia Marrón.
Lo más destacado fue el indulto de “Maestro”, de Villa Carmela, un hermoso y bien armado salpicado bragao de duradera nobleza, muy bien entendido y aprovechado por Luis David Adame, que con la muleta en la zurda materialmente lo bordó. Pero no era toro de indulto, y la afición se dividió manifiestamente ante el perdón concedido a un bicho humillador y franco, al que el temple del torero hizo durar y, finalmente, le salvó la vida. Alternaba el hidrocálido con Ginés Marín, sobrado pero eléctrico ante su primero, a cuya muerte dio una vuelta al ruedo mucho más discreta que la apoteósica de su alternante. Recordemos que en Guadalajara no se otorgan apéndices de animales indultados.

El otro toro “Maestro”. Al ejemplar de Villa Carmela se le puso ese nombre en homenaje a Miguel Espinosa, pero hubo otro “Maestro”, éste de Pastejé, con el que cuajó Carlos Arruza una de las faenas más recordadas de su última etapa como matador. Sucedió al presentarse el Ciclón en la temporada grande 1951-52 (03.02.52), décimo tercera corrida de la serie en la Plaza México, y sobra decir que borró a sus alternantes, que eran los francamente modestos Anselmo Liceaga y Antonio Caro, el madrileño hermano de Curro Caro, en trance de confirmar alternativa.

Fue la de Arruza una lidia completísima, iniciada con faroles de hinojos perfectamente medidos, erguidas verónicas de trazo suave y mandón y un quite por gaoneras de arrebato. Alegró con galleos la bravura de “Maestro” en un gran segundo tercio, y terminó por hacerle lo que quiso muleta en mano, desde sus elegantes estatuarios y varias tandas de naturales serenos y de gran ceñimiento hasta los torerísimos adornos de hinojos de los que hizo una especialidad. Matador certero, infalible casi, se alzaría Carlos con las orejas y el rabo de “Maestro”, que paseó en triunfo entre delirantes ovaciones.

Broche novilleril. En el cierre de la menguada temporada chica en la México, los asistentes tuvieron ocasión de aplaudir una faena entregada y sincera de José María Hermosillo, ahogando un poco al quinto utrero de Las Huertas pero muy dispuesto siempre, aunque fuera a base de medios pases que denotan tanto la declinante embestida del bicho como las novatez del muchacho. Su estoconazo bien acreditaba el premio de la oreja, sin embargo la autoridad, empeñada en confundir el otrora severo coso en plaza de trancas y barracas, se apresuró a duplicar el trofeo. De los alternantes de José María hay que decir que mientras Héctor Gutiérrez se esforzó y, aunque poco toreado y sin suerte en el lote, confirmó su buena planta torera, el primer espada tuvo una tarde aciaga y no exhibió mérito alguno que justificara su presencia en el presunto cartel de triunfadores.

No se puede decir que haya sido una temporada chica muy promisoria, pero tal como están las cosas hasta podemos darnos por satisfechos. Con cuidado, eso sí, de no volver la vista muy atrás, so pena de caer en indeseables cuadros depresivos, como los que causa el actual nivel de la feria de Tlaxcala, que nos hace añorar sin remedio aquellos concursos de ganaderías en que jugosos manos a mano de cuatro toros bastaban y sobraban para dejar la huella de tardes y faenas realmente memorables. ¿Te acuerdas, Flavio Aguilar querido, donde quiera que tu ánima buena repose?

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