TAUROMAQUIA. Alcalino.- Contra inercias asfixiantes, Talavante

La prueba fehaciente de que el abuso de presenciar corridas sucesivas embota la sensibilidad y el criterio del aficionado se llama Feria de San Isidro. Esto, que llevo décadas columbrando, lo deseché en un principio por considerarlo pura debilidad autocomplaciente: formado dentro del concepto “temporada”, de naturaleza opuesta al de “feria”, opté por reconocerles parecido valor a ambas, independientemente de los hábitos de cada plaza y afición. Para el torero, pensaba, no hay más diferencia que el coso donde ha de hacer el paseo: hay unos pocos que realmente comprometen su cartel y su prestigio personales, a cambio de la infinita variedad de aquellos que, sencillamente, permiten que una carrera –profesión, oficio, modus vivendi—fluya y prospere, sin dejar de lado, por supuesto, el amor propio, el pundonor del espada y su compromiso con todos los públicos. Es decir, los valores que se suponen inherentes a quienes ejercen este riesgoso y singular rito-arte-espectáculo.
Sólo que al chocar la ética con el negocio, la poética con la política, el terreno se torna particularmente resbaladizo. Tanto que podría desviarnos del tema de esta columnilla, dada la inevitable influencia del coctel tóxico integrado por exclusivas, empresarios-apoderados, intercambio de cromos y, en general, la deriva mercantilizante de una fiesta gobernada con mano férrea por las casas empresariales, lo que ha prohijado el acomodamiento de figuras y secundarios que las apuntalan, y con ello los toros-basura y los carteles-pacotilla que hoy todo mundo acepta como normales. Paradójicamente, la rebelión de las masas –parafraseando a Ortega y Gasset, que fue filósofo pero también taurófilo--, no se traduce, por lo menos en San Isidro, en unos tendidos cada vez más raleados, sino en ese malestar tan madrileño que suele arrasar con toros y toreros, sin dejar por ello de apaciguarse en las raras tardes de tregua en que cualquier cosa se permite y se celebra. Lo dicho: la sensibilidad y el saber al garete, y el exhibicionismo –o el cansancio-- como norma.
Más de lo mismo. Había justificada expectación por calibrar el talante de Las Ventas bajo la dirección de un taurino tan especial como Simón Casas, poseedor de atrayente retórica y dueño de interesante historial en sus muchos años de empresario. En Francia y en España, aunque no en Madrid. Además, sus pliegos para concursar por la primera plaza del mundo siempre contenían originales promesas, tanto sobre aspectos directamente taurinos como culturales, con la internacionalización de la tauromaquia –eternamente preterida—como punta de lanza de un cambio capaz de oxigenar una tradición amenazada desde todos los frentes por la mal llamada globalización. E incluso por cuanto, con pretensiones ya sea conservadoras o revolucionarias, la problematiza y confronta.
La verdad es que el ejercicio inicial a cargo del francés ha decepcionado por la sencilla razón de que, en este San Isidro 2017, su cartelería de toros y toreros desdice sus promesas de cambio. Tal como está, podía haberla elaborado la empresa anterior, o la anterior a la anterior, o cualesquiera de las que participaron en el último concurso. Y el efecto es el consabido: incluso antes de que sonara el clarín para abrir feria, triunfar o pasar de puntitas no hará diferencia alguna, fuera de pequeños ajustes salariales, cuyo balance nunca deja de favorecer al empresariado. Y los madrileños, residentes o postizos –paciente afición, isidros, turistas y jet set--, tendrán una serie más, trufada por el tedio y los malos humores, y salpicada eventualmente –muy eventualmente—por algunos éxitos puntuales, usualmente inferiores al esfuerzo desplegado por la generalidad de los diestros, dependientes siempre de las menguadas prestaciones del ganado –grandulonería nunca significó bravura--, y del talante de los tendidos a día determinado.
Tal cual. Por ahí, sin mayores variaciones, va deslizándose esta isidrada, la número 71 que Las Ventas aloja, sufre y goza. Ya vio como David Mora, uno de los pocos que disfrutaron de tres oportunidades en la cartelería, se hundía hasta la ignominia en su primer día, por más que en su segunda tarde la presidencia se haya apresurado a concederle pueblerina oreja. Algo impropio de una plaza seria, que al día siguiente premiaba con idéntico trofeo la faena de mayor entidad en ocho tardes –la alzó Talavante, firme en su sitio de figura--, mientras Morenito de Aranda rumia desde la inactividad la que cortó en la corrida del día 12, y Jiménez Fortes seguirá preguntándose por el origen y razón de las protestas que saludaron su vuelta al ruedo del 16, tras la muy meritoria faena a un agresivo toraco de Lagunajanda, con el que expuso lo indecible y del que extrajo un partido inverosímil. Fuera de eso, los segundones que hacen mayoría en los carteles de una feria consagrada a la cantidad en detrimento de la calidad anduvieron como era de esperar: entre animosos y desconcertados. Animosos por la sana idea de colocarse, y desconcertados por el público, el ganado y su propia urgencia de dar un más que improbable campanazo.
Este viernes 19, la corrida llamada de la Prensa –que ya no organizan los periodistas sino la empresa—reunía por primera vez dos de los ases del elenco, acompañados por el novel Javier Jiménez, que resultaría herido de cierta gravedad –no era el primero, porque al banderillero Lebrija, el 16, le pegó uno de Lagunajanda, lesionándole el ciático de cornada que le astilló al fémur--. Fue también la primera vez que se puso el cartel de “No hay billetes” en las taquillas, pero a Castella, de problemática relación con el 7, le pitaron colocaciones y enganchones sin atender a las dificultades de su lote. Y el joven Jiménez fue víctima de su novatez y del viento desatado a la altura del sexto morlaco del Puerto de San Lorenzo.

Talavante, de nuevo. Por alguna extraña razón, este torero no disfruta del trato reverencial que se tiene hacia otros ases de la vigente baraja, a la que lleva casi diez años de pertenecer. Un caso en que la libertad creativa, esa que elude clasificaciones y señala al artista genuino, mantiene velado el verdadero valor de un torero al que no se puede catalogar específicamente de artista, o de maestro, o de clásico o de temerario o espectacular, aunque sea todo eso y más. Y ésta, que es su cualidad principal, pues encierra y al mismo tiempo cuestiona todas las mencionadas, lo margina no del reconocimiento pero sí del fervor de la crítica y del taurófilo habituados a las etiquetas, para quienes resulta harto incómodo alguien que transita con tanta imaginación y lucidez todos los registros consagrados por la costumbre.

Digamos, en honor del público venteño, que Madrid sí le tiene por uno de sus favoritos. Motivos ha dado suficientes, pero hay uno que por sí solo bastaría: su histórica faena a “Cervato”, de El Ventorrillo, el 17 de mayo de hace seis años. Una obra de arte. No llegó a tanto la que cuajó en la corrida de la Prensa con el sobrero de Mayalde que hacía de 5º tris –cojeras, invalideces y devoluciones mediante--, pero tuvo, desde luego, el rango estético y magistral esperable de la primera plaza y la primera feria del orbe. El rango que San Isidro tuvo cuando reunía a los mejores –más algún valor recién surgido, y a tal o cual clásico de sabor local con los tamaños de, digamos, un Antonio Bienvenida--. Además, Alejandro, bien apoyado por el resto del cónclave, derrotó la inquina del 7 en determinado momento de su faena a un “Butanero” bravo y encastado, pero cuyo pitón zurdo carecía de la dulzura que tuvo el otro: por ahí, por donde punteaba el retinto del Conde, fincó Talavante, cruzándose, templando y mandando, lo mejor de su notable faena. Una faena de figura para ésta o cualquier época del toreo.

Con todo, la feria sigue. Para bien o para mal. Y ojalá más para lo primero que para lo otro, aunque de deseos improbables esté asfaltado el camino de la nada.

Atlzayanca. Al ladito de la capital de Tlaxcala está un bonito pueblo cuyos artesanos, desde tiempo inmemorial, se especializaron en elaborar bastones de madera a cual más coloridos, originales y bellos. Dado que Santiago Apóstol funge como patrono del lugar, su pintoresca placita será escenario, el sábado 22 de julio, vísperas de la celebración del santo, de una corrida para la cual ya están anunciados –por el matador Raúl Ponce de León, infatigable gestor y promotor de la fiesta-- tres toreros de los artistas favoritos de la región: Jerónimo, José Luis Angelino y Sergio Flores, triunfador máximo de la última temporada grande, con toros de Vicencio. Cartel redondo por dondequiera que se le mire.

Mucha suerte para los tres –cuatro, porque hay que incluir al empresario--, y para los aficionados tlaxcaltecas, poblanos y capitalinos que ese día se den cita en Atlzayanca, con ánimo de disfrutar de su fiesta brava y del pueblo en fiesta.

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