TAUROMAQUIA. Alcalino.- ¿Fiesta solidaria?

A los redistas sociales tal vez les parezca cuento de marcianos, pero lo cierto es que el espectáculo de paga fuente más recurrente y generoso para recaudar fondos con qué paliar los efectos de desastres de todo tipo, o de socorrer a grupos vulnerables o vulnerados por alguna calamidad era, hasta hace no tanto, la corrida de toros benéfica. Corridas, novilladas o festivales, que de todo hay y había, organizadas con toda urgencia para atender tales casos. Y ahí está la historia para confirmarlo.

Costumbre antigua. Para empezar, la así llamada Corrida de Beneficencia pasa por ser la más rumbosa del calendario español. Habitualmente se celebra en Madrid, y antes de que lo devorara todo el afán monetarista, quienes en ella actuaban lo hacían gratuitamente. Las utilidades se destinan a la beneficencia pública. Por otro lado, una de las ferias más populosas y populares del verano –la de San Fermín en Pamplona—tiene por beneficiario directo al hospital de la Misericordia de la capital navarra, propietaria de la plaza de toros que reúne cada año a las ruidosas peñas de mozos y afición de todo el mundo. Y un botón de muestra más, entre una abundante serie de ejemplos, sería la anual y asimismo lujosa Corrida de Asprona, organizada en Albacete al margen de su feria para socorrer a una organización de niños con cáncer.
El hecho es que, conforme una tradición más que centenaria, en España se organizan festejos taurinos a beneficio de hospitales, asilos, escuelas y montepíos. También para asistir a los damnificados por desastres diversos. En los meses de invierno suelen ser festivales de corto, con el concurso de matadores en activo, figuras retiradas y algún chaval prometedor de la región. Habitualmente, todos actúan sin cobrar y los ganaderos donan los utreros que han de lidiarse.

Y en México? Nuestro país recogió tal cual la sana tradición de recurrir a la fiesta de toros para reunir fondos de emergencia y asistir a personas y áreas siniestradas, grupos vulnerables u otros destinos similares.
Instituciones altruistas como la Cruz Roja, pero también universidades, asociaciones de prensa, clubes deportivos, la colonia española, hospitales públicos y privados e incluso asilos o templos católicos como la basílica de Guadalupe, entre muchos otros, recurrían eventual o habitualmente a la tauromaquia como satisfactor ad hoc de sus necesidades. De ahí las numerosas corridas extraordinarias, culminación normal de cada temporada grande. Y, entre éstas, la infaltable por la Oreja o el Estoque de Oro –de Plata en temporada chica--, en que las seis figuras del año actuaban gratuitamente en beneficio de su propia unión o asociación de toreros. En la época, claro, en que tales entidades más o menos funcionaban.

Similares festejos se organizaban cuando algún diestro quedaba imposibilitado para ejercer la profesión –los beneficios de Cañitas y Curro Ortega han quedado como paradigmáticos en ese sentido— o había que acudir en auxilio de los deudos de aquellos desaparecidos trágicamente: no sólo se recuerda la que, al domingo siguiente de la muerte de Alberto Balderas, protagonizaron sus compañeros Armillita, Solórzano, Carnicerito, Silverio, Arruza y Andrés Blando, con Conchita Cintrón a la cabeza y toros de La Laguna (05.01.41), sino incluso el festival que, ya en la México y a plaza llena, torearon de balde los seis novilleros estelares del verano del 78 para socorrer a la familia del monosabio Rafael Domínguez “Gamusita”, herido mortalmente por el novillo “Minuto”, de Haro (08.10.78); en ese festival, un boyancón de Almeya le partió a El Pana la femoral derecha (22.10.78).

Sismos. En un país como el nuestro, asolado por huracanes y terremotos de todos los calibres, el Toreo de la Condesa fue varias veces escenario de festejos organizados con fines asistenciales pro damnificados y zonas devastadas. Pero en la Plaza México, la primera corrida de esta índole que recuerdo se celebró el 15 de septiembre de 1973. El mes anterior, un sismo había sacudido una amplia zona de Guerrero, Oaxaca y Puebla –fue cuando colapsó la iglesia del Perpetuo Socorro, en la colonia Chula Vista--, y el cartel, integrado por las seis mayores figuras de entonces, puso el graderío a reventar. Al final, un Mariano Ramos imponente –desorejó a “Don Guille”, de José Julián-- pondría a cavilar a sus alternantes, que lo fueron Alfredo Leal, Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Antonio Lomelín y Curro Rivera. Tanto los matadores como los ganaderos –a toro por hierro—aportaron gratuitamente su concurso.

¿Sucedió lo mismo cuando la ciudad de México sufrió la peor devastación de su historia, el 19 de septiembre de 1985? Si recordamos que la Fiesta, en mitad de la década del 80, atravesaba por su etapa más austera en la capital, tal vez tenga explicación la lenta respuesta habida por parte del estamento taurino. El caso es que pasarían dos meses hasta que, el 20 de noviembre, la gran cazuela se llenó por completo para presenciar un festival de difícil olvido. Desde España viajaron gustosos dos artistas insignes, –Manolo Vázquez y Antoñete—para actuar la lado, entre otros, de los mexicanos Joselito Huerta y Eloy Cavazos, todos ellos retirados de los ruedos en ese momento. Huerta estuvo inconmensurable con un novillo castaño de Garfias, “Piconero”, indultado por aclamación popular. Tanto Chenel como Eloy cortaron orejas. Y fue bastante más tarde, el 4 de enero de 1986, cuando al fin se dio, en Querétaro, una corrida cuyo producto se destinó a apoyar la reconstrucción. La torearon –a plaza llena y hasta donde sé sin cobrar—Curro Rivera, Mariano Ramos y El Niño de la Capea; el encierro de Xajay tenía edad y pitones.

Conmovedor resultó que un espada extranjero –Christian Montcouquiol “Nimeño” II--, organizara de su coleto un festejo especial pro México en el hermoso coliseo de su Nimes natal. Se trató, a dos meses del siniestro, de una corrida mixta en que las usanzas landesa y española alternaron de manera novedosa; de luces, actuó él mismo como único espada, y con ganado criollo cuadrillas francesas de la modalidad local. La idea del generoso lidiador –de trágico fin-- era atraer la mayor cantidad posible de público, en vista de que no consiguió convencer a otros colegas a los que se había acercado con el propósito de organizar una corrida normal. De ese tamaño era el altruismo y el cariño por México del inolvidable espada galo, cuyo gesto nunca agradeceremos suficientemente.

Suspenso. Ignoramos si la fiesta de toros, sus actores y promotores de hoy, estarán en condiciones de emular la generosa tradición de sus antecesores. Hacerlo supondría un mentís y un indirecto correctivo a los numerosos taurófobos abrazados a la moda abolicionista. Me consta que ya existe en México una organización debidamente estructurada –Tauromaquia Mexicana AC--, con un plan de trabajo concreto y la voluntad y los apoyos indispensables para llevarlo a cabo. Sé que la generación actual de jóvenes matadores tiene la mejor disposición para colaborar, tal como lo hicieron, desinteresadamente, los seis participantes en la corrida del 17 de este mes en Zacatecas –Nacho Garibay, Fermín Rivera, Arturo Macías, Juan Pablo Sánchez, Arturo Saldívar y Diego Sánchez, ante toros donados por los ganaderos de Los Encinos, Boquilla del Carmen, Campo Real, Pozo Hondo, Santa Fe del Campo y Santa María de Xalpa. Tengo entendido que empresas como Casa Toreros ha destinado una partida especial para asistir a los damnificados y contribuir a las complejas tareas de reconstrucción, y que tanto la Plaza México como otras han abierto sus puertas para convertirse en centros de acopio, clasificación y distribución de bienes de primera necesidad, donados por la ciudadanía anónima y solidaria…

Pero siempre creeré que, ante una adversidad tan enorme como la que viven tanto la capital como numerosas ciudades grandes y pequeñas de Puebla, Oaxaca, Morelos, Guerrero y el Estado de México, sería imperdonable que el México taurino no fuese capaz de organizar cuando menos una corrida de beneficio en la Monumental México, con un cartel internacional de primer rango, compuesto por matadores dispuestos a ofrecer sus emolumentos íntegros a tan noble causa.

En un país donde el ciudadano común ha dado muestras ejemplares de abnegación y altruismo, correspondería a las fuerzas vivas del toreo actuar en consonancia. Nuestros toreros, ganaderos, empresarios y taurinos en general tienen la palabra.

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