Las manías y exigencia de la afición madrileña en la pluma de Pablo Gómez de Barbieri

La afición de Madrid siempre ha sido difícil e intransigente. Guerrita, la gran figura de fines del XIX, dijo “En Madrid que toree San Isidro”; que el santo patrón de la capital se enfrentase con ese público veleidoso. José Gómez ‘Joselito’ –rey de los toreros− y Juan Belmonte protagonizaron la llamada Edad de Oro del toreo, que hoy los madrileños añoran. Sin embargo, el 15 de mayo de 1920, día de San Isidro, víspera de la muerte de Joselito en Talavera (cogido por un toro), abroncaron a Belmonte y a él, llamándolos sinvergüenzas. José le dijo a Juan “Dejemos de torear un tiempo en Madrid; es inaguantable”. A los dos días, los mismos que le gritaron “estafador” a Joselito, lloraban tras el cortejo que llegó a la capital desde Talavera, antes de embarcar su féretro rumbo a Sevilla.

Por eso, no extraña que Madrid, hoy, siga castigando a las figuras que ella misma ha encumbrado, reacia a aplaudir a los que triunfan en otras plazas.

LA EXIGENCIA

Una de las manías recurrentes de un sector de Las Ventas, aquel que impone sus conceptos al resto, dictatorialmente, desde el tendido 7 −vociferando e increpando−, es la de exigir que el torero esté siempre cruzado hacia el pitón contrario; sea oportuno o no. El que no lo hace, si ellos lo juzgan indispensable, es pitado y censurado.

Exigen toros con trapío, pujanza y raza; correcto. Pero en eso también se equivocan a veces, confundiendo peso con trapío. El primero de Parladé, para David Mora, el jueves 18, los dejó en evidencia; pesaba 487 Kg pero su seriedad y pitones –siendo bajo y corto de cuerpo− era innegable. Lo protestaron de salida, influenciados por el peso; resultó bravo y satisfizo a todos, ellos incluidos.

Aciertan exigiendo que en Madrid no se regalen orejas por faenas sin rotundidad.

CRUZARSE AL PITÓN CONTRARIO

Si lo hicieran, comprobarían que el torero, ubicado en la prolongación de la línea que nace de la testuz del toro (al centro, entre los pitones), al ofrecerle la muleta al toro, lo hace por el ojo más alejado del diestro, el ojo externo. Estando cruzado, con −por ejemplo− la muleta en la mano derecha, le muestra la franela al astado por el ojo izquierdo del animal. Al citarlo, lo obliga a realizar un arco alrededor del cuerpo del torero, alejándolo y aliviando al hombre, que desplaza a la bestia hacia afuera y hacia adelante. Así, puede rotar y volver a citar al toro.

Pero al girar el astado, ya no se está cruzado, sino más bien alineado con el pitón más cercano y debe dejársele la muleta en la cara, para ligar el siguiente pase. En ese momento, el ojo que ve la muleta (y quizá al torero) es el más cercano. El siguiente pase debe ser muy templado –llevando la muleta a pocos centímetros de la cara del toro− para que el ojo cercano al diestro no vea al hombre detrás de la franela.

EL NO PODER LIGAR

Si el toro no repite, el torero queda al hilo del pitón más cercano; si permanece allí y porfía en el cite, ese sector de Las Ventas piensa que se está aliviando −siendo todo lo contrario, al poder ser visto por el ojo más cercano, el de dentro− y le exige que se recoloque, se vuelva a cruzar e inicie desde cero una nueva serie, impidiendo así la posibilidad de ligar los muletazos, forzando a dar los pases de uno en uno. Con ello, la faena pierde el gran atractivo de la ligazón.

Estando cruzado, hay menor probabilidad de que el toro coja al espada; lo contrario de lo que piensa la “cátedra” madrileña y al no poder ligarse los pases, las faenas pierden brillo. A ver quién se los explica.

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