Hace 20 años "naciò" como matador de toros en Nimes El Juli

Vio las primeras luces en Madrid pero se formò como novillero en Mejico. Hecho allì, y, con una experiencia de casi trescientos festejos entre becerradas y novilladas, tomó la alternativa, a los quince años y once meses, el 18 de septiembre de 1998, en Nimes, con José María Manzanares de padrino y Ortega Cano como testigo. Se convirtió así en el diestro en hacerlo a más temprana edad de toda la historia muy cerca del maestro Luis Miguel Dominguin que la tomò en Bogotà en La Santamarìa y luego la rescindiò.

Ese suceso que es un broche de oro en la vida de un artista ocurrió en la plaza de toros francesa de Nimes aquella tarde del 18 de septiembre de 1998. Logró salir a hombros después de cortar dos orejas un jovencísimo Julián, que se convirtió en matador de las manos de José María Manzanares y con José Ortega Cano como testigo. Este año lo celebra encerrándose con seis toros en solitario en Zaragoza el 13 de octubre próximo. Y de goyesco.

Seguramente lo tendremos en Manizales, Medellin y Bogotà donde ha sido " infaltable".

"Las muertes de Barrio y Fandiño me hicieron preguntarme por qué sigo toreando tanto tiempo después", ha expresado entristecido y como mirando a un futuro que no sabe donde esta escrito : no va mas...

En El Mundo contestò muchas cosas :

Dos décadas después de su alternativa, aquel fenómeno que con 15 años blandió el cetro del toreo sigue como máxima figura. Julián López repasa su historia

Ahora que las décadas han caído como dos losas, la perspectiva de la carrera de El Juli adquiere la verticalidad vertiginosa del acantilado infranqueable. Veinte años, 3.444 toros, 1.637 corridas, 865 salidas a hombros y 15 cornadas después, aquel crío que blandió el cetro no se ha bajado de su condición de máxima figura; 20 años de los 35 de Julián López Escobar, que empezó a los 10 a torear; 20 años y la Medalla de Bellas Artes -que recogió el pasado martes- más precoz de todas las concedidas. La precocidad y El Juli como sinónimos. El niño que nació reviejo a la tauromaquia luchó siempre contra el tiempo que le precipitó la vida. Y, aun en la plenitud que respira en su finca oliventina de El Freixo, hay cicatrices que palpitan golpeadas por esquirlas internas que entran en contradicción.

El orgullo de haber portado el bastón de mando del toreo y el lamento por la asunción del peso de la púrpura tan temprano; la satisfacción de haber extendido sin tregua su imperio por España, Francia y América y la punzada del inconformismo del artista que no siente el reconocimiento unánime de su arte: «Yo no elegí convertirme en figura el día de mi alternativa, ni torear tanto, ni condicionar mi concepto del toreo a las circunstancias que el triunfo diario imponían», dice Juli desde la madurez, ahora que es más niño que antes, cuando las cámaras de TVE catapultaron al mundo toda su fenomenología y su conversión en matador de toros. Aquella imborrable tarde en el coliseo romano de Nimes, bajo el sol de septiembre y a la sombra de Manzanares y Ortega Cano (18-9-1998). El meteoro julista arrasó con todo. Ahora, otra vez ahora, porque ahora es el tiempo que ya no se le escapa a El Juli, hay guerras a las que no volvería, victorias que jamás olvidará y derrotas que forjan el carácter. Ahora, El Juli trata al éxito y al fracaso como impostores. De la misma manera. Que es la manera de otear la vida de quien gobierna desde hace 20 años el toreo desde su cima.

ME SENTÍ SIEMPRE ESCLAVO DE MI NOMBRE. NO ELEGÍ EL PESO QUE RECAYÓ EN MÍ PARA TIRAR DEL CARRO DE LA FIESTA

¿Qué sobrevive de aquel chaval de 15 años?

La esencia. Entonces jugaba a ser mayor, me gustaba que me trataran con respeto, incluso con distancia. Hoy soy más infantil y lo disfruto.

Nos acostumbramos tan pronto a verle en figura que nos olvidamos de que su corta edad le empujó al exilio novilleril en México.

Fue dura la incertidumbre. Con 14 años, lejos de la familia y sin saber si iba a torear. Viajamos con sólo dos contratos y regresamos con 80. La ley protegía al menor pero no el talento.
Su precocidad desbordaba de tal modo que su padre le preguntó a Curro Vázquez qué hacer. «Congélalo», fue la respuesta del maestro.

Lo que yo hacía con esa edad era impresionante. Tenía un concepto del toreo, de la técnica y de la tauromaquia, que sólo se consigue con el paso de los años. Lo malo es que nunca marqué mis tiempos. Asumí la responsabilidad de mi posición sin una personalidad formada. Y me sentí siempre esclavo de mi nombre. No elegí el peso que recayó en mí para tirar del carro de la fiesta. Ojalá hubiera sabido lo que sé 20 años después.

Y ahora que lo sabe, ¿cambiaría algo?

La vida está hecha de tus propios fracasos y equivocaciones.

Históricamente existe un trato injusto con los toreros largos y poderosos.

A los toreros que mantenemos una regularidad la gente les da menos importancia que a los de espíritu más irregular. Se les tiene por especiales. Lo que es común deja de ser excepcional y, aunque sea excepcional, desde fuera se tiene más atracción hacia la irregularidad. La historia queda ahí. Es la que es y no hay quien la cambie.
Existe el rumor de una retirada inminente. ¿Siente más vértigo cuando mira hacia atrás o hacia delante?

Ni lo pienso. Antes me rondaba una fecha: torear 20 años como máxima figura del toreo y... La vida me ha marcado el ritmo y ahora se lo quiero marcar yo a ella. Decidir dónde, cuándo... El tiempo dirá.

¿Qué huella dejará?

Hay una trayectoria de la que me siento muy orgulloso. He conseguido todo lo que soñaba. He mandado en el toreo, toreado en todas las ferias, salido a hombros de todas las plazas, he hecho cosas históricas y eso es inamovible. Artísticamente me preocupa más la huella que deje. Quiero irme con la felicidad de haber toreado como a mí me gusta. Hay faenas que quisiera que se miraran con benevolencia [una tímida sonrisa irónica asoma en su gesto].

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