Garrido, el gallo de " Tocayito" en Bogotá, cumbre en Cuenca

La carta de presentación de José Garrido en Cuenca fue un buen ramillete de verónicas culminadas con una media de rodillas. Y todo cuando la lluvia, intermitente durante toda la tarde, comenzó a descargar con más fuerza. La muestra del buen capote que tiene fue un ajustado quite por chicuelinas. Tras brindar al público, se lo sacó con ayudados por alto para alternar ambos lados con gusto y muchísima personalidad. Bajó la mano a derechas y a izquierdas, de uno en uno, a un animal que no tenía apenas nada dentro. Un falto de fortaleza y casta que no generó más emoción que la de su propio matador cuando decidió que había que dar ese paso el frente y hacerse dueño de la situación. Las bernadinas como prólogo a la estocada hasta la bola fue el broche perfecto para el doble trofeo. El saludo capotero al Rebelde que cerró festejo fue cualquier cosa... De nuevo por verónicas y de nuevo con una suavidad templada al máximo para generar olés rotundos. Qué toreo de capa, Dios mío, emulando al que venía a sustituir. Tras el brindis al cielo, alternó los dos pitones del zalduendo en busca de algo positivo, pero lo que encontró no le iba ni a llegar a la altura de las zapatillas. Garrido, dispuesto a más no poder, buscando la colocación sobre todo al natural y a pies juntos, expuso y ofreció todo. El toro, sin embargo, fue un pan sin sal que transmitió entre cero y nada, con el descaste y la sosería como principal arma mortífera. El joven se echó encima de él, literalmente, entre los pitones, para acabar de llegar a un tendido que acabo rendido. Un buen golpe sobre la mesa. A seguir.

No se confió El Juli con el vareado primero, que desarmó al madrileño, que entró algo frío en la tarde, contagiándose del ambiente nublado y lluvioso. Recibió buen castigo el tal Guasón en la jurisdicción del pica antes del aseado quite por chicuelinas. A la remanguillé y cuando el caballo abandonaba la plaza, el toro hizo por él y recibió otro picotacito. Sin apenas probaturas, se lo llevó al centro del platillo para hilvanar un trasteo en ambas manos basado en los toques fuertes y la muleta siempre en la cara como antídoto a la condición huidiza del burel, más pendiente de buscar la salida que de enfrentarse de verdad a su matador. Con semejante material, bastante hizo. Su segundo, el inválido Amonteño, hizo el camino de regreso a los corrales, y en su lugar salió Ilusionista, un sobrero de José Vázquez, más serio de testa. No se le picó poco…, sino lo siguiente. Ni para un análisis dio la animal. Tras el emotivo brindis al cielo en el que ya descansa Dámaso González, se afanó por encontrar los terrenos propicios para hacer faena. Y los encontró tras alguna indecisión. El problema es que enfrente tenía un oponente que apenas pudo mantenerse en pie. Siempre que bajó la mano se iba a la arena, por eso lo muleteó a media altura y llevado entre algodones. Así todo, la obra no terminó de llegar a buen puerto y todo quedó en el intento.

Se estiró con gusto a la verónica Miguel Ángel Perera con el zapato Descarado que hizo segundo, que movió el estribo en las dos varas que se le suministraron. Le costó al extremeño encelar en la muleta la condición huidiza del animal, que amagó con rajarse tras cada muletazo. Cuando lo supo entender, muleteó sin ajuste y con infinidad de precauciones, además de forzar demasiado la figura, dejando de lado la pureza y la ortodoxia para apostar por lo práctico. La faena se fue calentando gradualmente conforme él ganó en templanza y acortó las distancias. Además, el zalduendo, un bendito en el último tercio, se siguió moviendo para comerse la muleta por abajo. La estocada, en no muy buen sitio, frenó la intensidad de la petición. Al segundo de su lote, Tracalero, se le pegó muy poquito antes de que su matador quitara por Chicuelo. Bien el presidente haciendo caso omiso a la petición de Perera de cambiar el tercio de rehiletes, y es que el usía, como el resto del público, quería un par más de Ambel, que parea como pocos y por eso se tuvo que desmonterar. Citó en el núcleo del redondel con un cambiado al que el toro se arrancó como un obús. Más allá de ese efectismo, nada se pudo rescatar de una faena amontonada y sin pulcritud, con continuos punteos de la pañosa y una falta de comunión tremenda entre el torero y el deslucido y descastado pupilo del hierro de la Z. La estocada, efectiva, fue suficiente para que el público pidiese nuevo la oreja… y así todos contentos.

FICHA DEL FESTEJO
El Juli (azul celeste y oro): oreja y oreja.
Miguel Ángel Perera (verde botella y oro): oreja y oreja.
José Garrido (mercurio y plata): dos orejas y dos orejas.

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