Curro Romero y Paula : Torerias y diabluras..El toreo es gloria, así que Dios bendiga al toreo :De Paula

La cita despertaba un morbo indudable. Los precedentes –más que conocidos y aireados en las redes sociales– convertían la cita convocada en la Caja Rural en una apuesta de riesgo. Pero el indudable señorío de Curro Romero –sin entrar en precedentes– otorgaba una nota de tranquilidad a un ambiente cargado de electricidad. Se trataba de presentar el libro Torerías y Diabluras, última obra del escritor Jesús Soto que, además, es hijo del propio Rafael de Paula que acabó convirtiendo el evento en su propio e inconexo púlpito.

Alberto García Reyes, inminente pregonero de la Semana Santa de Sevilla, ofició de maestro de ceremonias. La lectura del prólogo del libro sirvió para regar la plaza. El texto, firmado por el mismísimo Curro Romero, hablaba de «lances, muletazos templados, lamentos gitanos...» El texto condensaba el propio concepto artístico y taurino del faraón de Camas que quiso situar el toreo «en su sitio justo: con las demás artes». A partir de ahí se enredó el asunto. Rafael de Paula se saltó el tradicional orden de antigüedad que es piedra sagrada entre la gente de coleta para iniciar su alegato en el que se quiso atisbar cierta voluntad de reconciliación con su hijo después de la catastrófica presentación de un libro anterior en el Parador de Turismo de Ronda. Ya conocen el lance: «Ya estoy en Jerez de la Frontera, donde se comen las papas enteras...»

La larguísima intervención de Rafael de Paula es de difícil transcripción y no resiste la prueba de la grabadora. Las frases, inconexas, se encadenaban sin hilo. Preferimos quedarnos con el colofón de esa extraña pieza surrealista que hizo las delicias de muchos de los admiradores que llenaban el salón de actos de la Fundación Caja Rural. Pero la pregunta es obligada: ¿se hizo un favor a sí mismo el artista del jerezano barrio de Santiago? Dentro de su perorata hubo algún chispazo que nos reconcilió con el genio que fue. Habló del farol que le alumbraba en la casa y la calle donde nació. «Aquí me parió mi madre, la Tomasa», exclamó Rafael señalando una de las ilustraciones de la obra de su hijo pero antes había perdido el sentido de la medida ridiculizando a algún compañero entre las risas cómplices del personal que se lo pasó en grande con sus deseos de conocer a Obama, al que prometió ir a ver a su casa; al papa Francisco y hasta a la mediática monja Sor Lucía Caram, a la que llegó a elevar a los altares.

Curro no perdió la compostura pero se le veía impaciente por coger su turno y poner la guinda a un acto que empezaba a caminar hacia ninguna parte. «¿Quieres seguir hablando?», le espetó a su compañero de tantas y tantas tardes. Rafael le pidió la venia y el Faraón tiró de sus galones de director de lidia espetándole: «Tú, remata». Cuando al fin tuvo al toro en suerte, el diestro camero se centró en el cariño antiguo que le une a Jesús Soto, al que conoce desde su niñez. «Recuerdo que hace muchos años me dijiste todo lo que habías sufrido escribiendo y guardando esas notas que no enseñabas a nadie.». Curro habló de «lances de lamento, amorosos y acariciadores» para definir la obra de Soto, del que destacó su bondad. «He estado presente en todos los libros que has hecho y voy a estar por que te lo mereces», aseguró.

Ése fue el colofón más sereno y elegante a un acto de difícil definición que había quedado atrapado en la red de Rafael. Pero Jesús Soto había avanzado algunas de las líneas argumentales de su obra. El autor habló del duende, como «la palabra desnuda, temblorosa, muerta de frío, desprovista de todo vestido o atavío». Soto recalcó que «el duende viene sólo cuando quiere y no cuando uno lo requiere; por eso entiendo que no es el creador el dueño de su duende sino que el duende el que se adueña de su creador de una manera burlesca».

En su extensa intervención, cargada de lirismo, Soto de Paula también tuvo tiempo para diferenciar el toreo de la lidia evocando la figura precursora de Lagartijo, primer Califa del toreo. «Aunque existe lidia sin toreo, no existe toreo sin lidia», reflexionó Jesús antes de detenerse en dos figuras colosales y complementarias: las de Joselito y Belmonte. «Sin su implementación sería imposible entender los entresijos de la Tauromaquia», explicó el escritor antes de definir a Juan como «un hombre que toreaba con la fantasía de un niño» y a José como «un niño que siempre toreó con la destreza de un hombre». Mejor nos quedamos con eso.

( La nota es de Alvaro R del Moral )

 
 

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