Alcalino. Toros a muerte

En los carteles de mano de hace tiempo, cuando las empresas procuraban informar al cliente los pormenores del espectáculo al que buscaban atraerlo (incluyendo los nombres de cada integrante de las cuadrillas, del juez de plaza, de la banda de música y su director, de la ganadería anunciada, con su propietario, ubicación y divisa, incluso fotografías de los toros a correrse, con sus números, pesos y pelajes) podía leerse algo como lo siguiente: “… se lidiarán a muerte a la usanza española arrogantes toros de la famosa ganadería de…” A muerte, claro. Y nadie se daba por ofendido en nombre de la crueldad contra los animales. Se asumía la muerte con todas sus consecuencias. Y una de ellas, nunca mencionada pero siempre latente, era la improbable muerte del torero.
Con el perdón del aficionado curtido y leído, traigo a colación la conocida anécdota de Ramón del Valle Inclán, literato en auge y amigo cercano de Juan Belmonte, señalándole con tanta cordialidad como jiribilla aquello de “Juanillo, para hacerte inmortal ya sólo te faltaría morir en la plaza”, a lo que el trianero replica, sin pensarlo casi: “Se hará lo que se pu´ea, don Ramón”. A la crudeza de la aseveración valleinclaniana, la naturalidad de la respuesta belmontina. Tal para cual. Diálogo que pasó a la historia por ingenioso, no por inverosímil: que un torero, famoso o no, perdiera la vida en el ejercicio de su profesión no era sino el revés de la trama. Doloroso pero inevitable.
Reflexiones a raíz de la tragedia de Fandiño. Con motivo de la cogida y muerte de Iván Fandiño se han registrado diversas reacciones, previsibles unas y otra son tanto. Previsibles fueron los sentidos obituarios, el dolor de deudos y allegados, los pésames oficiales, los insultos de antitaurinos empeñados en delatar su verdadera calaña (incluida una sueca experta en golf); pero las hubo menos esperadas también: cierto mutismo en los medios –sobre todo mexicanos pero también iberos--, como si la muerte de Víctor Barrio, hace poco menos de un año, hubiera vaciado de interés, de cara al público, el tópico de la muerte del torero. Y conste que Fandiño tenía mucha mayor antigüedad y relevancia como matador que el infortunado muchacho de Segovia. Pero fue como si la abierta deserción mediática del tema taurino hubiese decidido ponerle sordina a la tragedia de ahora. Lo único bueno: que la sensiblería barata, a nivel vida privada, también bajó. Creo que Iván lo habría agradecido, reconcentradamente sobrio como era, en su arte y en su vida personal.
Hablando del deplorable sucedido del sábado 17 en Aire-sur-l´Dour con un aficionado amigo, en el extranjero por motivos académicos, me sorprendió no que lamentara el hecho con absoluta sinceridad, sino que agregara como para sí mismo… “pero la fiesta tiene que ser así”. Sin necesidad de más apalabras, él y yo entendimos perfectamente de qué hablaba. Porque, en efecto, la Fiesta tiene que ser así y no de otra manera. Así –dura, severa, auténtica, con el riesgo a flor de piel--, y no edulcorada, rebajada, adulterada, desnaturalizada.
Para sobrevivir en medio de los laberintos deshumanizantes del siglo XXI, muertes como la de Iván Fandiño, como la de El Pana, como la de Víctor Barrio, como la de cerca de 500 valientes, famosos o innominados, que cayeron en las astas de los toros en dos siglos y medio de tauromaquia, son para la Fiesta y su afición una paradójica inyección de vitalidad y certeza. Porque la sangre torera, incluso cuando conduce a un final trágico –indeseable pero presente, como un haz oscuro en el fondo de un cuadro animado y colorido--, certifican la actualidad del único sacrificio ritual que, sobre la marcha, puede elegir la víctima equivocada. Porque en ello reside el alto precio de su grandeza.
Vaivenes de la estadística. No estaría de más trazar una gráfica de los decesos que esporádicamente reivindican la de toros como una fiesta potencialmente letal. Mostraría, por ejemplo, que en la antigüedad –siglos XVII, XIX y principios del XX--, la suerte de matar era la más peligrosa, si bien los decesos de la época se debieron en numerosos casos al atraso de los recursos médicos. Como la lidia era sobre piernas y con mucho alivio, hasta el XIX no se registraron tantas tragedias en los ruedos como a partir de la segunda década del XX, que coincide con la paulatina evolución hacia un toreo de brazos, con las plantas más asentadas en la arena y la obligación dar mayor extensión, temple y exposición al toreo. En este sentido, la década más cargada de toreros muertos es la de los años 20, con nada menos que ¡66!, divididos de esta manera: 10 matadores, 32 novilleros y 24 subalternos, entre banderilleros (16) y picadores (8). Cifras terroríficas, que amainaron al concluir la guerra civil española (no antes, porque entre 1931 y 36 ocurren otros 34 decesos, con predominio siempre del elemento novilleril, forzosamente el menos experimentado para hacer frente a bureles cuya casta superaba a menudo su capacidad lidiadora). Como es bien sabido, el conflicto armado arrasó con muchas ganaderías y, al reanudarse las corridas, la afición se tuvo que conformar con ver lidiar muchos novillos por matadores de toros, y abundantes becerros por novilleros. Y como los males nunca vienen solos, fueron asimismo los años en que cobró auge el afeitado.

Sobreviene un impasse en que, sin dejar de registrarse puntuales tragedias, la muerte del torero aparece como una posibilidad más bien lejana. A los factores de contención señalados hay que sumar el descubrimiento de la penicilina –no es casualidad que el doctor Fleming tenga una estatua en las afueras de la plaza de Las Ventas, donde una tarde de corrida se le homenajeo en persona--, de modo que entre la muerte de Carnicerito de México en Vilavicosa (1947) y la del modesto José Mata en Villanueva de los Infantes (1971), transcurren 24 años sin decesos de matadores en cosos europeos (aunque en ese lapso, la parca trasladó actividades a la América del Sur, donde sucumbieron el peruano El Sargento en Cuzco (1951) y Morenito de Valencia en Guayaquil (1953); como siempre, hubo más víctimas, aunque no tantas como antes, en las filas novilleriles y entre los subalternos.

A partir de 1970, se vuelve a imponer el toro con edad y pitones –hablo, por supuesto, de España y Francia--, y crece el número de percances; la medicina taurina ha alcanzado la especialización, y eso contribuye a reducir los decesos, que, sin embargo, se siguen presentando. En una entrevista para mí inolvidable, Paco Camino me señalaba que él presencio tres percances mortales en corridas donde participaba: el del banderillero Antonio Rizo (Bilbao, 1966), el del rejoneador portugués Joaquim Correia (Lisboa, 1967), y el de su propio hermano y peón de confianza Joaquín Camino (Barcelona, 1973). Hablando de matadores muertos por cornada, un decenio separa la muerte del lusitano José Falcón (Barcelona, 1974) de la de Francisco Rivera “Paquirri” (Pozoblanco, 1984), cuando parecía que la última figura grande en sucumbir habría sido Manolete, casi cuatro décadas atrás. Y al año siguiente caía en Colmenar Viejo José Cubero “Yiyo”, que once meses antes había estoqueado a “Avispado”, el toro de Sayalero y Bandrés que mató a Paquirri. 1987 es el año del deceso, en Bogotá, del gran torero colombiano Pepe Cáceres, gravísimamente herido un mes antes en la plaza de Sogamoso.

Se abre un paréntesis, durante el cual sucumben varios subalternos españoles, como Manolo Montoliú (Sevilla, 1992). Y el siglo XXI, cuya primera víctima fue, en Vic Fezenzac –otra plaza del país galo—el picador Manuel Muñoz, parece curado de espanto, hasy¿ta el año pasado, en que la parca estuvo muy activa, llevándose a nuestro Rodolfo Rodríguez El Pana (cogido en Ciudad Lerdo el 1 de mayo de 2016, fallecía en un hospital de Guadalajara el 2 de junio siguiente), poco antes de que Víctor Barrio tuviera una muerte casi instantánea en el coso aragonés de Teruel, el 9 de julio.
Madrid y México. La ciudad que registra el mayor número de víctimas mortales es, sin disputa, Madrid, con 41 (una lista que empezó en 1793 e incluye a 11 matadores, de Pepe-Hillo (1801) a Pascual Márquez (1941). Pero la segunda no es ni Sevilla ni Barcelona ni Valencia ni Bilbao sino la ciudad de México, que, conurbaciones incluidas, ha visto caer a 20 toreros, entre ellos tres matadores (Antonio Montes, 1907; Carmelo Pérez, 1929 y Alberto Balderas, 1940), nueve novilleros (entre ellos Félix Guzmán, Joselillo y Pancho Pavón), cinco subalternos y hasta un torero cómico y un becerrista, éstos en la placita de Vista Alegre, de corta y trágica vida allá por los años 30 del siglo pasado. El último de la fúnebre lista fue el malogrado rejoneador Eduardo Funtanet (1997, en la Plaza México).

En total, la república mexicana registra 63 víctimas mortales, a contar de Bernardo Gaviño (Texcoco, 31.01.1886), al forcado Eduardo del Villar (Seybaplaya, Campeche, 18.05.2014).

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