Alcalino nos alerta : Hora de actuar

La taurofobia no descansa. Ahí tiene usted a los miembros de un grupúsculo denominado Movimiento Consciencia presentándole al futuro presidente de la república una petición por escrito de marcado cariz antitaurino. Ni siquiera dejaron que terminara el muy simbólico mes de julio: su texto está fechado el día 30. Y contiene una solicitud muy concreta: que se prohíba por ley la asistencia de menores de 14 años a las corridas de toros. Por algo se empieza. Barceloneses y bogotanos pueden dar fe.
¿Argumentos en apoyo a su petición? La Carta de los Derechos del Niño, nada menos, emitida por la ONU en 1959. Este documento se sustenta en diez principios generales, y su lectura –universalmente incumplida por lo demás-- nada dice acerca del daño psicológico que podría desatar la visión de actos de “tortura animal”, eterno argumento del antitaurinismo (que ofende la semántica y carece de todo fundamento: la tortura, por definición, se caracteriza por la indefensión absoluta de la víctima y la sevicia sádica del victimario: nada que ver con la tauromaquia). Pero si tal “argumento” ya es un disparate, el que sigue lo sobrepasa, pues opone “la defensa de la cultura de la vida de origen nativo a la cultura de la muerte de origen alógeno” (cursivas mías, con la advertencia de que eso de “alógeno” significa simplemente “extranjero”). De modo que, según ellos, las corridas de toros serían ajenas a la cultura mexicana. Tan “alógenas”, seguramente, como la lengua, la arquitectura, la religión, la codina, la música y todo eso que empezó a definir la vida de este país hace ya cinco siglos, importado de la “alógena” España simultáneamente a la fiesta de toros en cuanto se consumó la conquista de Tenochtitlan (1521).

Pero hay más. Como involuntaria muestra de su ánimo inquisitorial y escasa originalidad, los censores de la diversidad cultural que le hicieron llegar a AMLO el escrito de marras alegan que el toreo sobrevive gracias a que “el gobierno lo subvenciona” (!!!), para coronar su retahíla de despropósitos apelando a la consabida y fantasmal encuesta según la cual “una clara mayoría de ciudadanos está a favor del fin de espectáculos violentos como las corridas de toros” (ignoran que la tiranía de la mayoría es justamente lo opuesto a la defensa de grupos minoritarios que las democracias contemporáneas proclaman).
El caso Tlaxcala. Ya se trate de una campaña orquestada o una moda potenciada por las redes sociales, el activismo taurofóbico no cesa, y asimismo se declaró en pie de lucha otro colectivo llamado Tlaxcala Cambio Transforma (otra vez: pobre lengua española), que acaba de colgar de la plataforma de internet change.org –abocada a coleccionar firmas en apoyo a causas “buenas” sin que nadie se haga responsable de la autenticidad de las mismas--, la exhortación a que por ese conducto se vote la desaparición del Instituto Tlaxcalteca de Desarrollo Taurino –fundado por el gobierno estatal en 2010--, atribuyéndole, entre otras lindezas, que “promueve la capacitación de niños y adolescentes para que sean toreros o torturadores legales”, además de subvencionar la cría de ganado bravo cuya “lidia representa… una de las peores torturas a que puede ser sometido un animal”. Pero no para ahí la cosa, porque el texto respectivo informa además que 273 investigadores, criminólogos y científicos encabezados por el psicólogo Kenneth Shapiro, de la Universidad de Harvard, certificaron que “el maltrato animal… promueve la indiferencia ante el dolor ajeno, el abuso de poder, la insensibilidad, las conductas agresivas y la violencia”.

Habría que consultar con cuidado el reporte de marras, no porque se dude de su carácter científico –sí del uso de este término por parte, incluso, de académicos de renombre--, sino solamente para comprobar si es verdad que incluye, como el despacho de internet dice, la afirmación de que “la tauromaquia no es cultura, sino negocio de unos cuantos empresarios y políticos sin escrúpulos”; sospecho que el tal estudio, como tantos otros, se concentró en muestras de convictos peligrosos y otras personalidades enfermas, ninguna de ellas relacionada con las prácticas taurinas. Lo digo porque es de sobra conocida la sobreabundancia de traumas y compulsiones destructivas y autodestructivas en habitantes de EU sometidos a experiencias atroces en los numerosos frentes de guerra que el país del norte acostumbra abrir, y la frecuencia con que, en esa y otras naciones donde no hay toros de lidia ni se sabe lo que es y simboliza una corrida, la violencia social, el racismo abierto o encubierto y otras formas de odio han creado y normalizado condiciones de vida que inciden en valores y formas de pensar de sociedades enteras, y estallan en conductas individuales abiertamente agresivas contra todo lo que se mueve, sean animales o, sobre todo, seres humanos. Aunque con excepciones notorias: Adolf Hitler, por ejemplo, mimaba tiernamente a sus mascotas.

Sospechoso silencio. Ya puesta a mencionar salvajadas, nada dice la citada plataforma antitaurina y antitlaxcalteca de un caso recurrente, muy contemporáneo y nada imaginario: el de las algaradas y enfrentamientos entre porras y barras de “animación” cuya ferocidad a menudo convierte en campos de batalla los estadios deportivos y sus alrededores, con pérdidas cuantiosas, múltiples lesionados y lamentables decesos, lo mismo en la culta Europa que en la empobrecida Iberoamérica; mucho menos iban a señalar la incidencia de delitos de sangre denunciados por centenares que empata la violencia doméstica y social de jugadores y exjugadores de futbol americano con la de numerosos veteranos de las guerras colonialistas que promueve el gran país de la NFL, asimismo campeón mundial en la producción de grupos supremacistas y asesinos seriales.

Lo menciono porque, precisamente, la campaña para suprimir las corridas de toros tiene sus orígenes en el gran capital promotor de la globalización anglosajona, y de su propósito –ingenuamente abrazado por mentes colonizadas-- de suprimir la diversidad cultural e imponer una escala de valores centrados en la codicia, el individualismo y el pensamiento único. De suerte que dar la cara por la supervivencia de la tauromaquia supone también hacer una defensa consciente y responsable de nuestra cultura y nuestra biodiversidad.

Hora de actuar. Así las cosas, nos corresponde a taurinos, taurófilos y profesionales del mundo del toro organizarnos y hacernos oír, de las autoridades y del público en general, con toda claridad y sin ambages. Y cargados, además, de buenas razones. Veamos:

1) Las corridas de toros pertenecen al patrimonio cultural de México y, por lo tanto, su supervivencia es la de un filón especialísimo de nuestro ser cultural. Puede y debe demostrarse que las primeras fiestas de toros habidas en el país datan de 1526, y que la primera ganadería de bravo quedó formalmente constituida de 1542.

2) La corrida no es un espectáculo más sino una compleja forma de arte. El carácter particular e irrepetible de sus obras, los hitos de su historia, su evolución técnica y estética así lo demuestran. Existen al respecto innumerables muestras y testimonios, lo mismo por parte de los propios artistas, protagonistas, comentaristas e investigadores que en el vasto universo de creadores de las bellas artes que han dedicado sus obras al tema taurino. Pasar por alto tal cúmulo de evidencias denota, cuando menos, ignorancia.

3) Debe promoverse urgentemente el registro de la Tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de acuerdo con las normas oficiales de la UNESCO, las cuales cumple punto por punto. Sin menospreciar a nadie, cuenta con fundamentos mucho más sólidos que espectáculos que gozan ya del reconocimiento, como la charrería o la lucha libre mexicana. El caso de Francia, único país donde la tauromaquia cuenta con ese registro a nivel federal, debiera servirnos de guía práctica y ejemplo a seguir.

4) Es indispensable desmontar la patraña del daño psicológico que provocaría en los menores su asistencia a festejos taurinos. Para contrarrestar supuestas evidencias científicas en ese sentido conviene que consigamos análisis psicológicos efectuados a toreros y aficionados –que sin duda empezarían a serlo desde niños—emitidos por profesionales de la psiquiatría. Como testigo de calidad contamos con un psiquiatra notable que es además gran aficionado, el doctor Juan Ramón de la Fuente, que no sólo fue un rector modélico de la UNAM, sino al parecer será el próximo embajador de nuestro país ante la Organización de las Naciones Unidas. No es por cierto, el único miembro del futuro gobierno federal afín a la fiesta de toros.

5) A mayor abundamiento, una profunda investigación llevado a cabo en 2016 por la doctora Paulina García Eusebi, a solicitud de la SAGARPA y la ANCTL, reveló que el toro de lidia mexicano posee un genoma propio y no igual al de ninguna otra familia de la especie bóvido, lo que automáticamente lo debió convertir en especie protegida de acuerdo con tratados internacionales firmados por el Estado mexicano con la FAO. Y ya se sabe: sin corridas de toros, la especie toro de lidia sería rigurosamente insostenible y quedaría abocada a la desaparición. Dicho sea para conocimiento de ecologistas despistados.

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